Los afganos evacuados: su vida, cinco años después
El ARA Diumenge sigue la trayectoria de cuatro familias afganas que ya entrevistó en 2021, cuando llegaron a Cataluña huyendo de los talibanes
Barcelona“Cada día que Asra va a la escuela, estoy muy contenta…”, dice Anita con la voz quebrada, y ya no puede continuar la frase porque rompe a llorar. Asra es la hija de 13 años que este año ha cursado segundo de la ESO. Si se hubieran quedado en Afganistán, si no les hubiera sido posible huir, ahora Asra estaría encerrada en casa y no podría haber comenzado la educación secundaria, porque los talibanes han prohibido estudiar a las chicas a partir de los 12 años. “En Afganistán tengo a mi hermana, a mis sobrinas, a mi cuñada… Están allí, sin poder hacer nada”, lamenta Anita, que intenta recomponerse mientras se seca las lágrimas. “Aquí nosotras somos unas afortunadas”. Por eso ella no pierde ninguna ocasión para trabajar, estudiar, conocer lugares nuevos o incluso para jugar al fútbol. Quiere disfrutar cada momento de su libertad. Porque eso es lo que valora más de aquí: la libertad.
Anita Rafat es una de los muchos afganos que llegaron a Cataluña en 2021, cuando decenas de miles de personas fueron evacuadas de Afganistán a toda prisa por las tropas internacionales, después de que los talibanes entraran en Kabul sin apenas disparar un solo tiro y tomaran el poder del país. Han pasado casi cinco años desde entonces y los talibanes, en lugar de debilitarse, cada vez tienen más fuerza.
España acogió un total de 2.475 afganos, 2.206 de los cuales llegaron en vuelos de evacuación y 269 obtuvieron el visado en los meses posteriores, según datos facilitados entonces por el ministerio de Asuntos Exteriores español. Doscientos fueron a parar a Cataluña. Después han llegado más afganos, pero a cuentagotas. ¿Qué ha pasado con todas estas personas?
L'ARA Diumenge ha hablado con cuatro familias afganas que ya entrevistó en 2021 para saber qué ha pasado con sus vidas cinco años después. Curiosamente, durante todo este tiempo, para todas su pilar de apoyo han sido personas anónimas que les han ayudado de forma desinteresada. ¿Qué pasará si Vox gana las elecciones? ¿O si finalmente la Unión Europea llega a un acuerdo con los talibanes para la deportación de afganos?, se preguntan también. Por eso su principal objetivo ahora es conseguir la nacionalidad española cuanto antes mejor.
Familia Rafat-Shirzay
Anita, de 42 años, llegó a Barcelona con su marido, su hija, que entonces tenía 9 años, su hijo de 17 meses y su hermana. “Fue un impacto emocional dejar atrás a mi familia, mi trabajo y mis amigos, y llegar a un lugar donde tienes que empezar de cero y no conoces absolutamente nada”, recuerda. No sabía ni una sola palabra de catalán ni de castellano, y se puede decir que aterrizó en Barcelona con lo puesto. En Afganistán se licenció en bioquímica, trabajó como profesora, pero también para la Agencia Española de Cooperación en la pequeña localidad de Qala-e-Naw, en el noroeste del país, donde todo el mundo se conoce y era fácil que los talibanes la identificaran.
Inicialmente, Anita y su familia vivieron en un centro de acogida en el distrito de Nou Barris de la capital catalana, gestionado por la Fundación Apip-Acam y donde compartían el espacio con otras familias refugiadas. Tener un piso de alquiler les parecía entonces una quimera, pero tuvieron la gran suerte de que una familia de la asociación de madres y padres del colegio donde su hija Asra fue escolarizada en el barrio de Horta les ofreció alquilarles parte de su casa a un precio más económico del que podían encontrar en el mercado. Es una casa antigua de dos plantas, de esas de toda la vida del barrio. La familia vive en la segunda planta, y a ellos les han cedido la primera.
Ya han aprendido castellano y también empiezan a soltarse con el catalán, pero lo que más les está costando es encontrar trabajo. Durante algunos meses Anita ha sido monitora de comedor para niños con necesidades especiales en una escuela, y hasta se ha atrevido a hacer alguna demostración a los alumnos en el laboratorio, aprovechando sus conocimientos como bioquímica.
A finales de 2022, sin embargo, se quedó embarazada, y el 10 de septiembre de 2023 dio a luz a su tercer hijo, Arsh, en el Hospital Vall d'Hebron. "En Afganistán tuve a mis hijos en una ciudad pequeña, donde trabajaba como profesora y todo el mundo me conocía. Por eso la comadrona y las enfermeras del hospital me trataron bien", explica. Aquí le ha sorprendido que, a pesar de que en el hospital no la conocía nadie, también recibió un trato exquisito. Pero lo que más le ha chocado es que su marido pudiera estar con ella durante el parto, algo impensable en Afganistán. "Desde entonces me respeta más. El parto lo impresionó tanto que incluso se mareó y lloró", afirma.
El marido, Abdul Wasi Shirzay, de también 42 años, pone cara de circunstancias mientras la escucha. Actualmente, trabaja como ayudante forestal de Parques y Jardines, dentro de un plan ocupacional de Barcelona Activa. Poda, desbroza, riega… “Estoy contento porque en cierta manera es un trabajo que tiene relación con lo que estudié en Afganistán”, dice. Allí se licenció en ingeniería agrónoma. Su contrato dura hasta diciembre y confía en que le renueven.
“¡Ha sido falta, es tarjeta roja!”, exclama en persa Ahmad, intercalando palabras en catalán y castellano, mientras mira un partido de fútbol en la televisión. Es uno de los hijos de Anita y Abdul, tiene casi 6 años, y habla indistintamente los tres idiomas. Su hermana, Asra, de 13 años, también habla los tres a la perfección. Dice que de mayor quiere ser médica, aunque también le encanta dibujar. Tiene cuadernos enteros de dibujos hechos a lápiz por ella. Su preferido es un retrato de su abuela, que continúa en Afganistán, y a quien, asegura, echa de menos tanto.
Familia Rafat-Toukhi
Fereshteh Rafat, de 32 años, también añora muchísimo a su familia, dice sin poder evitar emocionarse. "En Afganistán trabajaba y no tenía problemas económicos. Estaba mucho mejor que ahora. Es el precio que he tenido que pagar por mi libertad aquí", afirma mientras también se seca las lágrimas.
Fereshteh es hermana de Anita. En Afganistán se licenció en periodismo y se significó en la defensa de los derechos de las mujeres afganas. Trabajaba en una casa de acogida para mujeres maltratadas. En Barcelona, vivió inicialmente con su hermana en el centro de acogida, pero después buscó una habitación de alquiler, y tuvo la fortuna de ir a parar a casa de Magdalena Martínez Sacristán y José Antonio Ramos Romero, un matrimonio de jubilados de la Ametlla del Vallès que la adoptaron como si fuera una hija. De hecho, ella los llama ahora "papá y mamá". "Son mi familia en España", asegura.
Vivir con ellos la ayudó a aprender castellano rápidamente y hablarlo a la perfección, pero también a saber cómo es la cultura, la comida, la vida aquí. Fue una inmersión total. Su novio, Khalid Toukhi, también se unió a ellos al cabo de unos meses. De hecho, fueron evacuados juntos de Afganistán, pero, como allí está mal visto socialmente tener novio, ocultaron inicialmente que eran pareja y, una vez en España, los separaron: a ella la enviaron a Barcelona, y a él a Córdoba, hasta que consiguieron reencontrarse medio año después.
El matrimonio de l'Ametlla del Vallès también ayudó muchísimo a Khalid. Magdalena le ofreció dormir en casa de su hermana Herminia, en Santa Coloma de Gramenet, para que pudiera encontrar un trabajo en Barcelona. "A todos los trabajos que me ofrecían, tenía que empezar a las siete u ocho de la mañana y, viviendo en l'Ametlla del Vallès, me resultaba imposible llegar a esa hora en transporte público. El primer autobús que une l'Ametlla con Granollers Centre sale a las siete de la mañana. Y desde allí, tenía que coger después un tren hasta Barcelona", argumenta él.
El joven, que en Afganistán se licenció en económicas, estudió un máster en relaciones internacionales y trabajaba en un organismo institucional que fomentaba la resolución de conflictos, ahora es recepcionista en el Hotel Ilunion Barcelona. Empezó en marzo de 2023 con horario rotativo. Solo cuando trabajaba de noche podía ir a dormir a l'Ametlla del Vallès. Hasta que en julio de aquel año, él y Fereshteh se trasladaron a vivir a Ciutat Meridiana, también gracias al matrimonio de l'Ametlla, que allí tenía un piso alquilado a otros inquilinos y decidió arrendárselo a ellos por un precio módico. Están superagradecidos.
Jalid ahora tiene contrato indefinido. Fereshteh, en cambio, continúa buscando trabajo. "Cada semana envío al menos treinta currículums. Me hacen entrevistas, pero después no me contratan", comenta frustrada. Ha hecho un curso de auxiliar sociosanitario, otro de ingeniero de pruebas de aplicaciones, de impresión 3D, blockchain… Y continúa formándose. También es voluntaria en la organización TechFems, de mujeres especializadas en tecnología, y ha trabajado como dependienta en una tienda de ropa. El año pasado la tuvieron que operar por problemas de salud y eso tampoco la ha ayudado en la búsqueda de trabajo.
Familia Hossaini
"Olot es un pueblo pequeño donde es difícil avanzar. Yo tenía claro que la única manera de no depender de las ayudas sociales era salir de allí y encontrar un trabajo", afirma Javad Hossaini, de 36 años, que fue a parar a la capital de la Garrotxa en agosto de 2021 con su mujer, Fatemah Mohammadi, y su hijo Amir Mohammad, que entonces tenía 5 años. Inicialmente, vivían en un piso compartido que gestionaba la Fundació Cepaim.
Originarios de Herat, la segunda ciudad más grande de Afganistán y el motor económico del país, se dieron cuenta desde el principio de que Olot no era para ellos. Así que, tan pronto como tuvieron permiso de trabajo, buscaron una alternativa: Madrid.
Tuvieron la fortuna de que la secretaria del patronato de la Fundación Lo que de Verdad Importa, Carmen Gredilla, conoció a Javad por casualidad en una conferencia y le ofreció trabajar en su fábrica de cosméticos ubicada en Tres Cantos, un municipio al norte de la capital española. Javad no se lo pensó dos veces. Dejó a su mujer y a su hijo en Olot, y se fue a Madrid para buscar un lugar donde vivir con la familia. Estuvo diez días alojado en un Airbnb. “Por la noche lloraba, porque no encontraba nada”, confiesa.
Pero Carmen Gredilla volvió a ser su tabla de salvación: no solo lo orientó en cómo buscar un piso, sino que también negoció con el propietario y actuó como su avalista. Así Javad consiguió alquilar un estudio de 35 metros cuadrados en Colmenar Viejo, a unos 40 kilómetros al norte de Madrid, y trasladar allí a la familia a principios de marzo de 2022. Al cabo de pocas semanas, el 17 de abril, su mujer, que llegó embarazada a España, daba a luz a su segundo hijo, Alisan.
"En el piso no teníamos nada, ni un plato, y Cáritas Castrense nos dio dinero para comprar lo que necesitábamos. También me ayudaron a sacarme el carnet de conducir para que pudiera buscar un segundo trabajo como chófer", explica Javad, porque con lo que ganaba en la fábrica de cosméticos, no llegaban a fin de mes.
Su mujer, que en Afganistán era médica, se puso a trabajar como limpiadora. Y él, que era fisioterapeuta, empezó a enviar currículums para intentar encontrar un trabajo de su profesión, pero en todas partes le exigían tener el título homologado. “Fui a un centro de pilates a probar suerte y, para mi sorpresa, me contrataron como entrenador”, dice el joven, que admite que tuvo que buscar en YouTube cómo se hace un entrenamiento de pilates porque no había hecho en su vida.
A partir de julio de 2023 Javad trabajaba en la fábrica de cosméticos de 7:30 h a 15 h en Tres Cantos, y de 17 h a 22 h en el centro de pilates en Madrid. Cuando llegaba de vuelta a casa ya eran las once y media de la noche. “No veía a mis hijos, excepto el fin de semana”, lamenta. Por su parte, su mujer se matriculó en un curso de auxiliar sanitaria e hizo prácticas en un centro de personas con autismo durante todo un año. A las 7:30 h dejaba a su hijo pequeño, todavía bebé, en la guardería, y se marchaba corriendo a trabajar mientras iba controlando a través del móvil que su otro hijo, que ahora tiene 10 años y que había dejado solo en casa, se levantara, desayunara y fuera a la escuela. Así, con mucho esfuerzo, fueron saliendo adelante.
Ahora viven en un piso más grande, de tres habitaciones, también en Colmenar Viejo, y se han comprado un coche. Javad ha dejado la fábrica de cosméticos y ahora trabaja como entrenador en dos centros diferentes de pilates. También ha conseguido homologar el título de fisioterapeuta, pero le exigen hacer 600 horas de prácticas suplementarias. "He contactado con las universidades públicas y me dicen que no me puedo matricular para hacer solo las prácticas. Y las privadas son demasiado caras, no me las puedo permitir". Lamenta que le pongan tantas trabas.
Fatemah, de 33 años, ha dejado de trabajar para estar más tiempo con su hijo pequeño. El niño tiene problemas para socializar y apenas habla, aunque ya tiene más de 4 años. Lo han llevado al médico, al logopeda... Eso es lo que más les preocupa ahora. "Quiero dar las gracias a todas las personas que nos han ayudado. Su apoyo y su afecto han significado mucho para nosotros", afirma ella. También dice que su “recompensa más grande” es que sus hijos “están felices e integrados en la escuela”. Asegura que tiene esperanza en el futuro.
Familia Aryan
En cambio, Feridoon Aryan asegura que no está nada seguro del futuro. “No puedo considerar que sea mi casa un país donde tengo que renovar mi permiso de residencia cada tres años y no tengo una situación legal permanente”, argumenta.
Feridoon, de 40 años, llegó con su mujer y sus dos hijos a Barcelona en octubre de 2021, en uno de los dos únicos vuelos de evacuación que el ministerio de Defensa español organizó desde Pakistán para trasladar a los afganos cuya vida corría peligro y no habían logrado subir a los vuelos que salieron desde Kabul. Él era portavoz de Unicef en Afganistán, no podía quedarse en el país.
En Barcelona, vivieron inicialmente en un centro de acogida, donde les ofrecieron una habitación con tres camas y tenían que compartir el lavabo, la cocina y el comedor con más de una veintena de refugiados, cada uno de un país diferente. Después los trasladaron a un piso en Sant Cugat del Vallès, que estaba mucho mejor, pero donde no había ni muebles, ni colchones, ni nada, y ellos no tenían dinero para comprarlo todo. Así que, cuando en junio de 2022, les surgió la oportunidad de pedir asilo en Alemania porque Feridoon había trabajado en Afganistán para la ONG alemana Media in Cooperation and Transition, se marcharon sin pensárselo.
En Alemania se instalaron en Hamburgo, donde el gobierno les facilitó una casa que sí estaba amueblada y no le faltaba de nada, explica Feridoon a el ARA a través de una videollamada. "Alemania no dedica una habitación a las mujeres afganas, pero realmente ayuda a los refugiados de forma práctica", añade con sarcasmo, en referencia a la sala con una placa conmemorativa que el ministerio de Asuntos Exteriores español inauguró el pasado enero para mostrar su apoyo institucional a las mujeres afganas.
Durante los últimos años, Feridoon ha continuado trabajando de forma remota para Unicef Afganistán, y también ha sido contratado por una empresa estadounidense que ayuda a los refugiados afganos a conseguir un visado. La empresa tenía la oficina en una localidad a diez horas de viaje de Hamburgo, cosa que le obligaba a estar poco en casa con su familia, y acabó dejando el trabajo. Ahora busca otra, aunque de momento está bastante ocupado en casa. Su mujer, Nooria, de 33 años, dio a luz a su tercer hijo el pasado 10 de julio. Sus otros dos hijos, Anosh y Heraab, tienen ahora 7 y 12 años.
"Alemania es un buen lugar donde vivir", asegura Feridoon. Pero se pregunta lo mismo que la mayoría de los refugiados afganos: "¿Qué pasará con el ascenso de la extrema derecha?