La aventura de mi vida

Carles Gel: enamorarse del paisaje infinito de Groenlandia

El explorador nacido en Vilassar de Mar cruzó esquiando Groenlandia, viaje que lo marcó para siempre

13/07/2026

BarcelonaCuando tenía 7 años, Carles Gel salió de la masía cerca de Vilassar de Mar donde vivía y, sin decir nada, decidió que subiría solo a la Creu de Montcabrer. Entre subir y bajar, estuvo allí todo el día. Había nacido para explorar. Carles (Vilassar de Mar, 1963) todavía recuerda aquel primer cima y las escapadas con los padres al Montseny. O los viajes a los Pirineos con los Salesianos de Mataró, donde fue forjando su personalidad y las ganas de dar la vuelta al mundo. Este maresmenc que ya hace años que vive lejos del mar haría raíces en los Pirineos, y actualmente vive en Andorra, en Pal. Aunque estudió para ser delineante, acabó haciendo de guía de montaña, ya que no es una persona destinada a vivir encerrada en un despacho. “Habría podido ser un buen arquitecto, pero llegó un momento en que me dije a mí mismo que tenía que perseguir mis sueños. No podemos vivir sin sueños”, explica. Ahora ya lleva 40 años haciendo este trabajo, que le ha permitido hacer cimas en todos los continentes y cruzar Groenlandia, un viaje que le cambió. Cuando recuerda aquella inmensidad blanca, se emociona. Habla con la misma pasión que tenía aquel niño que con 7 años subió a la Creu de Montcabrer.

Carles habla con el ARA cuando todavía tiene heridas en la pierna de su última aventura, una travesía sobre las aguas heladas del lago Peipus, en la frontera entre Rusia y Estonia. Los últimos años, las travesías sobre nieve y hielo le han ido seduciendo. Ya piensa en cruzar el lago Baikal, en Siberia. Y también en volver a Groenlandia. Pero antes de enamorarse del norte, se hartó de subir cimas. De hecho, todavía se harta bastante, porque sigue haciendo de guía de montaña. “Cuando empecé con este trabajo éramos pocos guías. Abrí camino rápido. Solo había subido al Aneto cuando fui al Pamir para subir el pico Lenin, de más de 7.000 metros. Tenía ganas de vivir y era un poco inconsciente. Con 26 años fui a hacer el primer 8.000, el Manaslu, pero fue un baño de realidad. Es una de las montañas más complicadas. Allí murieron Pere Aymerich y Enric Font en 1982. Yo fui allí en 1986, y no fue hasta los años 90 que lo coronaron los primeros catalanes, Josep Nogueras y Antonio Montalban, de Sabadell. Allí entendí que me faltaba experiencia, así que me centré en los Andes, donde empecé a ir en 1993. Allí hice de guía y subí más de 125 cimas desde la Patagonia hasta Ecuador. Después volví al Himalaya, porque ya me sentía preparado”, explica, mientras va recordando compañeros de cordada, cimas y anécdotas, sea en el Cho Oyu o en el Everest. Cuando habla de sus expediciones, los ojos le brillan.

Cargando
No hay anuncios

26 días rodeado de un blanco infinito

Pero nada como su travesía con esquís por Groenlandia, una aventura que, como suele pasar, nació un poco por casualidad. “Fui a Alaska para hacer una expedición con mi hermano. Y allí conocimos a José Mijares, un guía de montaña de Palencia que trabajaba con unos noruegos. Mi hermano decía que era un chulo, pero a mí me cayó bien. Y mi intuición no falló. Fue él quien me propuso, cuando estábamos allí, si quería acompañarle a cruzar Groenlandia esquiando. Le dije que no. Estaba harto de pasar frío. Pero al cabo de unos meses le llamé y le pregunté si todavía estaba a tiempo de apuntarme. Entonces, la travesía más larga sobre nieve que había hecho esquiando era en el Pirineo, así que me iba al Balandrau para entrenarme”, dice. Valiente como es, inició aquella aventura en mayo de 2002. Había que avisar a las autoridades danesas, conseguir el permiso y tener coraje. “Los días previos tenía un nudo en el estómago. Veía los glaciares y me acobardaba. Pero una vez empezamos a esquiar, el miedo se marchó. Hicimos el recorrido en un tiempo récord, en apenas 26 días. Y eso a pesar de que estuvimos tres días sin poder salir de la tienda por culpa de una tormenta. Fuimos de oeste a este, saliendo de la parte más cercana a Canadá. Los dos primeros días cuesta esquiar, ya que te encuentras grietas. Entonces todavía ves las montañas, pero después ya no ves nada más que el blanco infinito. Es fascinante, ya que acabas subiendo hasta los 2.500 metros y cuando sube, cuesta mucho. Tú solo ves un horizonte blanco. Te pasas días sin ver nada, excepto cuando tienes visiones, que las tienes. Nosotros todavía no sabemos si vimos un grupo de pájaros, porque uno lo veía y el otro no”, recuerda. Durante aquellos días, casi no encontraron gente. Se cruzaron con unos islandeses que esquiaban en dirección contraria y usando cometas, que te permiten esquiar con el viento a favor más rápido, técnica que Gel y Mijares habían descartado. “Había un grupo de noruegos y poca cosa más. Y después encontramos una de las bases de los Estados Unidos, allí en medio de la nada, donde unos militares nos dejaron dormir con ellos. Al día siguiente aterrizó un avión Hércules gigante que llevaba soldados. Vete a saber a dónde los debían enviar a luchar después”, rememora.

Cargando
No hay anuncios

Carlos perdió 15 kilos en aquella travesía, en la que acabaron en un punto de la costa tan aislado que tuvieron que activar la baliza de seguridad para que un helicóptero los rescatara. “Cuando por fin vimos hierba verde y el mar con los icebergs, fue emocionante, lo habíamos conseguido”, dice un hombre que ha vuelto a la zona varias veces, para conocer la cultura inuit y seguir persiguiendo sueños. Nunca se acaban. De hecho, quiere volver para llegar al Polo Norte esquiando solo.

Cargando
No hay anuncios
Reinhold Messner, una inspiración y un vecino

“Cuando era joven, me llegaban las noticias de los hitos que conseguía Reinhold Messner. Y sus libros, donde explicaba las expediciones y también su manera de entender la montaña. Me marcó mucho”, explica Carles cuando le preguntas si existe alguna figura que le haya inspirado. El escalador del Tirol del Sur fue el primer hombre que coronó las 14 cumbres de más de 8.000 metros, y se convirtió en una leyenda. Años más tarde, Carles vivió en Italia, no muy lejos de la casa de Messner, en los Alpes, y pudo conocerlo personalmente. “Él tampoco dejó nunca de soñar, cuando parecía que ya lo había hecho todo”, concluye Carles.