Cuando le preguntas a Jaume Bartrolí qué viajes del pasado le inspiraron a cruzar fronteras, no duda: los de Marco Polo. “Hice la Ruta de la Seda intentando seguir su ruta. Fue una lectura que me marcó cuando era pequeño, leía su crónica y me imaginaba visitando los mismos lugares”, dice el periodista, que celebra la reedición de El libro de las maravillas traducido al catalán por Manuel Forcano. “Había la edición del original en catalán de la edad media que se ha conservado, que no era entera, no empezaba desde el principio. Es un gran libro que nos demuestra que el mundo siempre ha estado mucho más conectado de lo que la gente cree”, defiende.
Jaume Bartrolí: añorar la isla polinesia donde fuiste un vecino más
El periodista barcelonés pasó tres temporadas en Rapa Iti, una isla polinesia muy aislada
BarcelonaRapa Iti. Una isla volcánica preciosa, a la que solo se puede llegar de vez en cuando cruzando el mar Pacífico desde Tahití. Un punto en el mapa que a Jaume Bartrolí le apeteció pisar. Quería ponerle cara y conocer a su gente. Y acabó viviendo allí unos meses, convirtiéndola en un lugar al que cada día, con los recuerdos, vuelve mentalmente. “Buscaba la Polinesia más original, la más bien preservada. Era un anhelo que tenía. Las islas siempre me han atraído y buscaba un lugar donde se mantuviera la cultura local. Miré una isla cerca de Fiji, unas en las Islas Salomón... al final Rapa Iti parecía la mejor opción. No era una isla plana, aquí el paisaje invitaba a descubrirlo. Un lugar con la temperatura más fría porque está más al sur, a medio camino entre la isla de Pascua y Tahití. Tenía que ir”. Dicho y hecho.
Don Jaume Bartrolí, periodista y viajero, ha cruzado todo el mundo. De punta a punta, ya sea en un barco de la Antártida a Europa o en tren por Siberia. De niño leía Los viajes de Gulliver o las crónicas de Thor Heyerdahl, el noruego que había navegado por los mares del Sur con embarcaciones inspiradas en las de los indios del Perú. Su padre, magnífico jugador de tenis que llegaría a dirigir el equipo español en dos finales de la Copa Davis, le enviaba postales desde Australia o la India. Y el hijo, con un atlas, seguía el periplo del padre. Y se fijaba en puntos en los mapas preguntándose cómo debía ser vivir allí. Con el paso de los años, visitaría casi todas aquellas islas que de pequeño investigaba usando enciclopedias. Después de estudiar historia y cuando parecía que sería profesor en la Autònoma, Bartrolí iniciaría su carrera de periodista en el diario Teleexpress y después en Televisió de Catalunya. “Estaba destinado a este trabajo, de niño compraba los periódicos para leer sobre los conflictos que pasaban en el mundo. Quería explicar historias” recuerda. Y precisamente por este motivo, acabaría pidiendo excedencias para hacer largos viajes, siempre que podía en transporte público. Atravesaba Afganistán o Rusia y llegaba a lugares tan remotos como la frontera entre Pakistán y China donde la gente no entendía qué hacía allí un europeo. “En algunos pueblos los niños pequeños se asustaban al ver un demonio blanco” explica un hombre que se disfrazó para poder visitar el Tíbet y cogió viejos barcos que se caían a pedazos en las Islas Cook y llegó a las Islas Kuriles. Viajes que explicaría en los libros De Siberia al Trópico (La Magrana, 2000) y Un millón de islas (Ara Llibres, 2025).
El doctor de toda una isla
Pero el viaje que lo marcaría sería el que hizo a Rapa Iti. “Para llegar tienes un solo barco cada mes que sale medio vacío de Papeete. Cuando coges el barco sabes que será para pasar una buena temporada allí. De hecho, te hace falta el permiso del alcalde, ya que a veces les llega un loco sin dinero ni ganas de trabajar. Y lo tienen que aguantar semanas. Yo gestioné el permiso y me encontraron una familia para dormir con ellos”, dice Jaume, que acabaría adoptado por la comunidad local, que no pasa de los 500 habitantes. “Hacía pocos días que estaba allí cuando me ofrecieron participar en los ensayos de danza que hacían. En la Polinesia existe un festival de cultura local, el Heiva, en el que participan todas las islas. Y ellos iban para competir. Y de paso, aprovechaban para ganar dinero actuando en hoteles de zonas turísticas. Aquel año recogían dinero para construir una iglesia. Y yo acabé formando parte del grupo. En el viaje hacia el festival, muchos se marearon y yo les daba Biodramina. Después algunos se pusieron enfermos, porque cuando salen de la isla ya les pasa, porque suelen vivir aislados, sin bacterias. Y como llevaba medicinas, ellos decidieron que yo sería su médico, recuerda, pero puntualiza que cuando hay un caso grave los pacientes son enviados hasta París, si es necesario, para ser atendidos. Bartrolí documentaría su forma de vivir y participaría en las cacerías de cabras salvajes, intentaría aprender a pescar y se ganaría la complicidad de la población.
Aparte de hacer de médico improvisado, en Jaume hizo de fotógrafo. “Cuando fui allí por primera vez, la gente tenía pocas fotografías. Los móviles no existían. Yo hice muchas y años más tarde, subiéndolas a Facebook, pude mantener el contacto con ellos. Y les emocionó poder ver imágenes de gente que ya no está y seres queridos” razona Bartrolí, que en total ha pasado tres temporadas diferentes en la isla. “Allí he sido muy feliz. Nunca lo he sido tanto. Llegué a pensar en quedarme allí. Pero supongo que me habría acabado aburriendo. Yo lo veía como el paraíso, pero ellos quieren marcharse de allí. Puede parecer una locura querer marcharse de una isla preciosa para acabar en un suburbio de París, ¿verdad? Pero pasa. Si te quedas a vivir allí tienes que acabar trabajando para ganarte la vida. El paraíso no existe. El paraíso, como el infierno, lo llevamos nosotros dentro” defiende.
De hecho, la tercera vez que volvió ya entendió que el mundo cambia y no se puede detener. Los árboles plantados por las autoridades francesas ganan espacio a las variedades locales. Y la gente habla más tahitiano o francés que la lengua local, que retrocede, “aunque intentan recuperar las palabras y expresiones en su lengua. Los misioneros protestantes aprendieron tahitiano y evangelizaron en esta lengua cuando llegaron” explica en Jaume. Su paraíso estaba cambiando. Pero el recuerdo de sus días allí sigue igual.