"Vivo solo en una cala que Franco no expropió porque murió dos días antes"

Miquel Carós vive en s'Alguer desde hace doce años y solo ve a su mujer los domingos

Miquel Carós haciendo un barco en su barraca de s'Alguer
16/08/2026 - 20:01 h.
4 min

BarcelonaEn s’Alguer, la cala donde se ha rodado el nuevo anuncio de Estrella Damm, vive una persona todo el año. Se trata de Miquel Carós (Palamós, 1948), que reside desde hace doce años en una de las casas de pescadores con puertas de colores que hay en este paraje de aguas cristalinas de la Costa Brava. Ahora ya no es el único habitante. Hace seis años se instaló allí otro hombre con su hijo. Ninguno de los tres viviría allí si Franco no se hubiera muerto el 20 de noviembre de 1975. “Fue cuestión de dos días, las máquinas ya estaban preparadas para derribar las barracas, pero como murió se paró todo”, explica.

La cala de s’Alguer formaba parte del mas Juny, propiedad del artista Josep Maria Sert, que dejó construir allí nuevas barracas y reformar las más antiguas, algunas del siglo XV. En los años cuarenta del siglo pasado, sin embargo, Sert se la vendió a los hermanos Puig Palau, afines al régimen franquista. Esta familia burguesa, que fabricó paracaídas para el ejército fascista, consiguió que el régimen declarara ilegales las barracas y ordenara su derribo. “Siempre nos habían querido echar y tenían mucha amistad con Franco, que había venido aquí al mas”, señala Miquel, que revela que el objetivo era hacer un puerto exclusivo. “Lo mejor que hizo Franco fue morirse en ese momento porque la gente de Palamós se volcó para salvarla y se recogieron firmas, pero en aquel tiempo se habría hecho sí o sí”, deja claro.

La barraca era de sus abuelos, que la compraron por unas 300 pesetas en 1912, y él ya pasaba allí los veranos de pequeño. Su abuelo se instaló allí más tiempo cuando murió su abuela y él se preguntaba qué hacía allí. “Ahora soy un nieto del abuelo”, afirma sin ocultar una sonrisa. Su mujer no le ha acompañado. Lo intentó, pero duró siete meses: “La gente se piensa que estamos separados, pero ella aquí se aburre y tiene a los nietos en casa”, remarca. “Nos echamos de menos, sí, pero hemos estado cincuenta años juntos en la tienda y esta fase la hemos superado y los dos estamos hartos el uno del otro”, añade riendo, antes de asegurar que “es muy buena mujer y lo entiende”. Los domingos, eso sí, él baja a Palamós y comen juntos: “Hago lo contrario que todo el mundo”.

Don Miquel regentaba una mercería familiar en Palamós, que ahora llevan tres de sus cinco hijos (“no había tele, se nota”, dice) y al día siguiente de jubilarse, decidió venir a vivir a s’Alguer sin pensárselo. “Lo dejé todo, no quería ocuparme de nada, los negocios entre padres e hijos no suelen funcionar y quería dar un paso atrás”, expone mientras destaca que no sabe ni qué jubilación cobra porque se la llevan sus hijos.

“Cada día hago lo que me da la gana”

No echa de menos nada de su anterior vida: “No me preocupa nada, cada día hago lo que me pasa por las narices y eso no se paga con dinero”. Escribe sus vivencias y hace faros y barcos con trozos de madera que el mar lleva a la orilla y que vende a treinta euros. “No puedo estar mirando el mar 24 horas y hacer todo esto me distrae mucho”. También charlar con la gente. “Con el móvil se ha perdido el hábito de charlar”, lamenta.

Solo en tiempos de la Guerra Civil vivía más gente porque Palamós fue bombardeada en diferentes ocasiones. De hecho, sus padres vivían en diferentes barracas durante aquella época. Ninguno de los propietarios eran pescadores. “Es una leyenda urbana, la mayoría eran campesinos de pueblos de los alrededores que venían los domingos a hacer un arroz y pescaban por afición, para cambiar de ambiente”. Él tampoco es un lobo de mar: ni le gusta pescar ni nadar. Tenía un bote, pero ya no sale porque para pescar, explica, hay que tener paciencia y él no la tiene. Tampoco encontraría gran cosa: “Antes había gambas y mejillones, ahora ya no hay ni algas que era lo que dio el nombre a esta cala”. Y las olas de calor tampoco le han hecho meterse en el agua, que siempre encuentra fría, y se moja con un cubo que llena de agua y calienta al sol. “Hay mucha piedra y un día patiné y me caí y si me rompo algo se me ha acabado la buena vida”, razona.

En la casita tiene aire acondicionado y eso hace que el calor pase mejor. También tiene calefacción y chimenea para el invierno, cuando el frío te cala los huesos. No vive desconectado de lo que pasa en el mundo: cuenta con un televisor y acceso a internet. Y de gente siempre pasa por la cala, incluso en invierno. “No me siento solo, ahora los jubilados caminan mucho y todo el mundo sabe que estoy aquí y vienen a saludarme para charlar un rato”. Admite que con el nuevo anuncio de Estrella Damm se acerca más gente, a la cala. “Viene más, pero ya es el tercero de la cervecera y ahora con internet ya no se puede descubrir nada”, dice sentado delante de su ventana, donde se ha grabado la última escena del spot. “Es mejor que la de la casa de Portlligat de Dalí”, concluye orgulloso de vivir en un lugar que no cambiaría por ningún otro.

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