Dentro de un centro de estética clandestino en Afganistán
Los talibanes ordenaron el cierre de todos los salones de belleza hace tres años y ahora han prohibido que las mujeres se maquillen cuando van a una boda
Enviada especial a Kabul“¿A qué piso va?”, pregunta una chica a una mujer que va con un niño cogido de la mano, lleva una bolsa grande de viaje y está esperando el ascensor en el portal del edificio. “Al sexto”, contesta la mujer. Casualmente, las dos van al mismo piso, y también ambas van vestidas de forma rigurosamente islámica: túnica y pañuelo negros, y una mascarilla que les tapa parte de la cara. En el interior del ascensor tampoco intercambian muchas palabras: como todo el mundo, comentan que estos días en Kabul hace demasiado calor. Cuando llegan al sexto, se dan cuenta de que no solo van al mismo piso, sino también al mismo lugar.
Desde fuera parece un apartamento normal y corriente. Dentro, la distribución también es la de un piso convencional –tres habitaciones, lavabo y cocina–, pero en dos de las estancias hay grandes espejos en las paredes y sillones de peluquería. Desde que en agosto de 2023 los talibanes ordenaron el cierre de todas las peluquerías y centros de estética para mujeres en Afganistán, muchos de estos establecimientos se han trasladado a casas particulares. Las clientas continúan yendo, pero de forma clandestina.
En julio los talibanes remacharon aún más el clavo de su larga lista de restricciones y prohibieron que las mujeres se maquillen, se perfumen o se pongan extensiones en el pelo cuando van a una boda, algo que es muy habitual en Afganistán. En las bodas es cuando las mujeres intentan mostrar su mejor versión, en un país donde tienen pocas posibilidades de salir y casi no hay lugares donde puedan divertirse. Ni siquiera se les permite pasear por los parques.
A pesar de la prohibición, en el apartamento de la sexta planta hay una decena de mujeres que hacen cola para maquillarse, perfumarse y peinarse. Y algunas también quieren que les pongan extensiones. Todas van a una boda ese día. Son familia del novio o de la novia, que también espera pacientemente a que la arreglen. A ninguna de ellas parece preocuparle la nueva norma de los talibanes.
De hecho, en el apartamento hay bastante jaleo. Las mujeres hablan animadamente y los hijos pequeños de algunas corretean de un lado a otro. En el balcón, un generador hace un ruido ensordecedor, pero es la única manera de tener electricidad para que funcione la secadora. También hay grandes ventanales por donde entra la luz natural, y desde donde se pueden ver las montañas que rodean Kabul. O sea, no es un apartamento lúgubre, cerrado y claustrofóbico, como se podría imaginar por el hecho de que se trata de un lugar clandestino. Las mujeres parecen estar completamente relajadas: se han quitado los velos y las túnicas, y lucen largas melenas y ropa occidental. Algunas incluso van vestidas con mallas ajustadas que les marcan todas las formas del cuerpo.
"El portero del edificio nos avisará si vienen los talibanes. Por eso elegí un apartamento en la sexta planta, para tener tiempo de esconderlo todo antes de que lleguen", explica la esteticista, la Yalda, mientras maquilla a una de las clientas. Según explica, antes tenía un bonito centro de estética con una decena de trabajadoras en el barrio de Kabul de Khair Khana, hasta que los talibanes la obligaron a cerrarlo, aunque intentó por todos los medios que continuara abierto: participó en las reuniones de negociación que se mantuvieron entonces con los radicales, y en las cuales incluso se implicó la que era asesora de género de la misión de las Naciones Unidas en Afganistán, la sudafricana Mmabatlharo Nono Dihemo. Durante aquellos días, maquillarse y peinarse se convirtió casi en un asunto de estado. Y con razón. Los centros de estética eran el último reducto donde las mujeres afganas podían continuar reuniéndose y sintiéndose un poco libres.
"Los talibanes nos pusieron condiciones surrealistas para que los salones de belleza continuaran abiertos. Querían que las clientas rezaran cinco veces antes de que las arregláramos, que les aplicáramos un maquillaje con el que se pudieran lavar la cara antes de la oración y que no les perfiláramos las cejas ni les pusiéramos extensiones en las pestañas”, explica la Yalda. Al final, acabaron decretando el cierre de todos los centros.
Yalda explica que los talibanes solo han irrumpido una vez en su centro de estética clandestino. Y fue, según dice, porque alguien la delató después de que una de sus clientas saliera del edificio y se metiera en un coche de boda que había aparcado justo delante. “Cuando vinieron los talibanes, me puse a llorar y dije que la chica a la que había maquillado era mi prima”, recuerda. Se la creyeron.
En esta ocasión, las clientas que esperan para maquillarse y peinarse han traído dentro de bolsas de basura los vestidos que lucirán en la boda. Se los pondrán allí mismo, en el salón de belleza, pero se taparán con las túnicas para salir de allí. La cara también se la taparán con un pañuelo negro. En Afganistán es tradición que las mujeres se maquillen en exceso en las bodas, hasta el punto de que parecen casi figuras de cera. Es difícil que pasen desapercibidas.
En otra habitación, la mujer que esperaba el ascensor con un niño de la mano está atendiendo a otras clientas. También es esteticista y, en la bolsa de viaje que llevaba, guarda todo el material que necesita para trabajar: se dedica a hacer tatuajes y a inyectar bótox en los labios. Las clientas son una madre, una hija y una cuñada. Las tres quieren que les tatúe un lunar justo en el mismo lugar de la cara: debajo del labio. La hija, que es una chica de 22 años que está embarazada de siete meses y que ya tiene un hijo de poco más de un año, también pide que le inyecte bótox. Y si le pudiera pedir algo más, también lo haría. Cualquier cosa, antes de volver a estar encerrada en casa.