Cinco años del régimen de los talibanes

En un centro de estética clandestino en Afganistán

Los talibanes ordenaron el cierre de todos los salones de belleza hace tres años y ahora han prohibido que las mujeres se maquillen cuando van a una boda

Yalda maquilla a una clienta en su centro de estética clandestino, la semana pasada.
17/08/2026 - 11:14 h.
4 min

Enviada especial a Kabul“¿A qué piso va?”, pregunta una joven a una mujer que va con un niño de la mano, carga con una bolsa grande de viaje, y está esperando el ascensor en el portal del edificio. “Al sexto”, contesta de forma parca. Casualmente las dos mujeres van al mismo piso, y también las dos van vestidas de forma rigurosamente islámica: túnica y pañuelo negros, y una mascarilla que les tapa parte de la cara. En el interior del ascensor tampoco intercambian muchas palabras: lo típico, que estos días en Kabul hace demasiado calor. Cuando llegan al sexto, se dan cuenta de que no sólo van al mismo piso, sino también al mismo sitio.

Desde fuera parece un apartamento normal y corriente. Dentro, la distribución también es la de un piso convencional -tres habitaciones, lavabo y cocina-, pero en dos de las estancias hay grandes espejos en las paredes y sillones de peluquería. Desde que en agosto de 2023 los talibanes ordenaron el cierre en Afganistán de todas las peluquerías y centros de estética para mujeres, muchos de esos establecimientos se han trasladado a casas particulares. Las clientas continúan yendo allí, pero de forma clandestina.

El pasado julio los talibanes dieron una vuelta de tuerca más a su larga lista de restricciones, y prohibieron que las mujeres se maquillen, se perfumen o se pongan extensiones de cabello cuando van a una boda, algo que es muy habitual en Afganistán. En las bodas es cuando las mujeres intentan mostrar su mejor versión de ellas mismas, en un país donde tienen pocas posibilidades de salir y apenas hay lugares donde puedan divertirse. Ni tan siquiera se les permite pasear por un parque.

A pesar de la prohibición, en el apartamento de la sexta planta hay una decena de mujeres que hacen cola para maquillarse, perfumarse y peinarse. Y algunas también quieren que les pongan extensiones. Todas van a una boda ese día. Son familia del novio o de la novia, que también espera pacientemente para que la acicalen. A ninguna parece preocuparle la nueva norma de los talibanes.

De hecho, en el apartamento hay bastante jaleo. Las mujeres hablan animadamente y los hijos pequeños de algunas de ellas corretean por allí. En el balcón, un generador hace un ruido ensordecedor, pero que es la única manera de tener electricidad para que funcione el secador. También hay grandes ventanales por los que entra la luz natural, y desde donde se pueden ver las montañas que rodean Kabul. O sea, no se trata de un apartamento lúgubre, cerrado y claustrofóbico, como podría imaginarse por tratarse de un lugar clandestino. Las mujeres parecen allí completamente relajadas: se han quitado los velos y las túnicas, y lucen largas cabelleras y ropa occidental. Algunas incluso visten mallas ajustadas que les marcan todas las formas del cuerpo.

“El portero del edificio nos avisará si vienen los talibanes. Por eso escogí un apartamento en la sexta planta, para tener tiempo para esconderlo todo antes de que lleguen”, explica la esteticista, Yalda, mientras maquilla a una de las clientas. Según explica, antes tenía un bonito centro de estética con una decena de trabajadoras en el barrio kabulí de Khair Khana, hasta que los talibanes le obligaron a cerrarlo, aunque intentó evitarlo por todos los medios: participó en las reuniones de negociación que se mantuvieron entonces con los radicales, y en las que incluso se implicó la quien era asesora de género de la misión de las Naciones Unidas en Afganistán, la sudafricana Mmabatlharo Nono Dihemo. Durante esos días, maquillarse y peinarse se convirtió casi en un asunto de Estado. No era para menos. Los centros de estética eran el último reducto donde las mujeres afganas podían continuar reuniéndose y sintiéndose un poquito libres.

“Los talibanes nos pusieron condiciones surrealistas para que los centros de estética continuaran abiertos. Querían que las clientas rezaran cinco veces antes de que las arreglásemos, que les aplicáramos un maquillaje con el que se pudieran lavar la cara antes de la oración, y que no les perfiláramos las cejas, ni les pusiéramos extensiones en las pestañas”, enumera Yalda. Al final, el resultado fue que decretaron el cierre de todos los centros.

Yalda explica que los talibanes solo han irrumpido una única vez en su centro de estética clandestino. Y fue, según dice, porque alguien la delató después de que una de sus clientas saliera del edificio y se metiera en un coche boda que había aparcado justo delante. “Cuando vinieron los talibanes, me puse a llorar y justifiqué que la joven a quien había maquillado era mi prima”, recuerda. Por aquella vez la creyeron.

En esta ocasión, las clientas que esperan para maquillarse y peinarse han traído los vestidos que lucirán en la boda metidos dentro de bolsas de basura. Se los pondrán allí mismo, en el centro de estética, pero se cubrirán con las túnicas para salir. La cara también se la taparán con un pañuelo negro. En Afganistán es tradición que las mujeres se maquillen en exceso en las bodas, hasta el punto de que parecen casi figuras de cera. Es difícil de que pasen desapercibidas.

La esteticista enseñando las jeringuillas que utiliza para inyectar bótox en los labios.

En otra habitación, la mujer que esperaba el ascensor con un niño de la mano está atendiendo a otras clientas. También es esteticista y, en la bolsa de viaje que cargaba, llevaba todo el material que necesita: se dedica a hacer tatuajes y a inyectar bótox en los labios. Las clientas son una madre, una hija y una cuñada. Las tres quieren que les tatúe una peca justo en el mismo sitio de la cara: debajo del labio. La hija, que es una joven de 22 años que está embarazada de siete meses y ya tiene un niño de poco más de un año, también pide que le inyecte bótox. Y si pudiera pedirle algo más, también lo haría. Cualquier cosa, antes de volver a estar encerrada en casa.

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