La afgana que juega a baloncesto a pesar de la prohibición de los talibanes
El régimen radical solo permite hacer deporte a las mujeres con una enfermedad o una discapacidad
Enviada especial a KabulSu casa está en una calle sin asfaltar de Kabul, donde los coches tienen dificultades para transitar y donde, lógicamente, es imposible ir en silla de ruedas. Por eso, Fauzia Emadi se desplaza con dos muletas de madera. Apenas mide 1,40 metros de altura, porque sus piernas están como encogidas, arqueadas. No las puede mover. También tiene los brazos más delgados de lo normal e impresiona ver sus manos: tiene los dedos deformados como si fuera una mujer mayor con artrosis, aunque solo tiene 31 años. Según dice, le duelen todas las articulaciones.
De hecho, sorprende que, en estas condiciones, esta mujer se pueda mover sola. También llama la atención que salga a la calle sin una mascarilla que le tape la cara, un pañuelo que no deje ver ninguno de sus cabellos, o una túnica larga y negra que le disimule las formas del cuerpo, como hacen la mayoría de afganas en Kabul desde que los talibanes recuperaron el poder hace cinco años, y ordenaron que las mujeres se taparan de pies a cabeza. Todo ello dice mucho de ella: parece una mujer con coraje.
"Desde los nueve años tengo reumatismo crónico –explica–. Cuando mi madre murió, empecé a encontrarme mal, pero, como éramos pobres, no me pudieron llevar al médico". Así, sus huesos se fueron deformando poco a poco y volviéndose cada vez más rígidos, hasta que llegó un momento en que no pudo caminar más. Su familia vivía entonces en una zona rural y remota de la provincia de Badajshán, en el norte de Afganistán, donde era difícil conseguir ayuda. Después se trasladaron a Kabul, con la esperanza de encontrar allí un remedio.
En el centro ortopédico del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) de la capital afgana, le ofrecieron fisioterapia, una silla de ruedas, una pequeña ayuda económica mensual y clases a domicilio para que pudiera completar la educación secundaria. Pero lo que más la llena es que cada lunes juega allí a baloncesto en silla de ruedas, a pesar de la prohibición impuesta por los talibanes de que las mujeres en Afganistán hagan deporte. De hecho, los pocos gimnasios femeninos que había en la ciudad fueron clausurados, y las deportistas que formaban parte de la selección nacional, expulsadas. Las que pudieron, huyeron del país buscando una alternativa.
“Los hombres sí que pueden participar en competiciones internacionales”, se queja la Fauzia, en referencia a los equipos masculinos de baloncesto en silla de ruedas que también entrenan en las instalaciones del CICR, y a los cuales los talibanes no ponen ningún problema para viajar al extranjero para competir. Ellas, en cambio, lo tienen prohibido. Se puede decir que los talibanes ya les hacen un favor dejándolas hacer deporte. Lo consienten porque el CICR presenta los entrenamientos como sesiones de “baloncesto terapéutico”. O sea, como si fueran parte del tratamiento. El régimen radical solo deja hacer deporte a las mujeres por prescripción médica.
"En una ocasión, la policía de la moral de los talibanes me recriminó que no llevara la cara tapada, ni el hiyab bien puesto. Les repliqué: va, dejadme en paz", asegura la Fauzia que los despidió sin pensarlo dos veces, porque estaba tan sumamente agotada de caminar con las muletas, que es lo primero que le vino a la cabeza. Los talibanes se dieron cuenta entonces de que tenía una discapacidad y no la molestaron más.
Críticas y burlas
En cambio, Fauzia asegura que la gente normal y corriente sí que la molesta cada vez que sale a la calle: se burlan de ella, la critican o cuchichean cuando la ven. "Consideran que, como tengo una discapacidad, debo quedarme encerrada en casa. Pero yo quiero estudiar y tener un trabajo", afirma.
Fauzia vive actualmente con su hermana, una joven de 28 años que está embarazada de nueve meses, y tiene un hijo de cinco años y una hija de dos. En la casa también viven la suegra y la cuñada de la hermana, y otra familia con la que comparten los gastos del alquiler. En cambio, el marido está poco tiempo porque pasa largas temporadas en el norte de Afganistán trabajando en una mina.
Es una casa humilde, de tierra apisonada y paredes sucias y desconchadas, donde los únicos lujos son una pequeña televisión de pantalla plana colgada de la pared, un ventilador, una lavadora y una silla de ruedas eléctrica que la Fundación Rupani acaba de regalar a Fauzia. Se nota que es completamente nueva. "La Fundación Rupani premiaba con un ordenador a las alumnas que tuvieran mejores notas. Yo les pedí que, en lugar del ordenador, me regalaran una silla de ruedas", explica la mujer, que lamenta que le robaron la que el CICR le dio, un día que la dejó aparcada en la calle, delante de la casa de un familiar. En Afganistán, ni las casas, ni las calles, ni absolutamente nada está adaptado para las personas que van en silla de ruedas.
Con todo, Fauzia va cada día con su nueva silla de ruedas eléctrica a clases de informática de la Fundación Rupani. Tarda media hora en llegar. Dice que le encantaría estudiar en el extranjero, formarse, ser alguien. También confía en que fuera de su país podría encontrar un remedio para su enfermedad. En Afganistán, lamenta, ya no pueden hacer nada más por ella. Así lo corrobora un certificado expedido por un centro médico prestigioso de Kabul: en el país no hay tratamiento. Marcharse al extranjero, sin embargo, no es tan fácil. Pakistán, la India e Irán eran destinos habituales para los afganos que necesitaban una operación quirúrgica o un tratamiento especializado. Desde que los talibanes están en el poder, sin embargo, estos países han cerrado sus fronteras y conceden visados con cuentagotas. Fauzia, sin embargo, no pierde la esperanza: "Ojalá que alguien que lea mi historia me quiera ayudar de alguna manera", suspira.