Casada en Afganistán: "Siempre que mi marido quiere sexo, no puedo decir que no"

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Una mujer y un hombre se casan en Kabul, en una imagen de archivo.
02/10/2026 - 07:03 h

KabulHan pasado tres meses desde que mi prima Tamkin, de 17 años, se casó. Durante todo este tiempo, siempre que la llamaba, su teléfono estaba apagado, así que le dije a su hermana pequeña, Husna, que me avisara si iba a casa a visitarlos. Tamkin suele ir a ver a sus padres dos veces al mes, acompañada de su marido.

Hace unos días Husna me avisó de que Tamkin había ido a casa, así que me ausenté un momento del trabajo para ir a verla. Cuando llegué a casa de mi tío, la vi guapa, con un bonito vestido tradicional afgano. Por un momento, me sentí aliviada. Me dije a mí misma que quizás mis preocupaciones no tenían sentido.

Cuando todo el mundo salió de la habitación, Tamkin se sentó a mi lado y me dijo que me había echado de menos. "Si me echas de menos, ¿por qué no me llamas? ¿Por qué tienes siempre el teléfono apagado?", le pregunté. Hizo una pausa y finalmente me confesó que su marido no le permitía tener teléfono móvil, ni comunicarse con otras personas. Pocos días después de la boda y de irse a vivir a casa de su familia política, él le había quitado el teléfono. Ella insistió en que se lo devolviera, pero lo único que consiguió es que su marido se enfadara y le soltara: "Las mujeres no necesitan móvil. Haz las tareas de la casa y cuídame. Ya no te hace falta un teléfono. Si quieres hablar con tus padres, usa el mío”.

Hace solo unos meses, Tamkin hablaba conmigo cuando quería. Ahora, incluso para hacer una simple llamada, necesita permiso. "Pensaba que quizás mi vida mejoraría después del matrimonio, pero ha empeorado", continuó diciendo. Cada día hace el trabajo de la casa, prepara la comida para los padres de su marido, los cuida y también cuida de él.

Le pregunté cómo se había imaginado que sería la vida de casada. "Pensaba que si no podía estudiar y conseguir mi sueño de ser doctora, al menos el matrimonio podría aportar un cambio positivo a mi vida", contestó. Entonces volvió a hacer una pausa y añadió: “El cambio ha llegado, pero no es positivo”.

Tamkin era una chica a la que le encantaba estudiar. Quería ser doctora. Pero cuando los talibanes prohibieron la educación secundaria y superior a las chicas, esta opción se esfumó. Hace tres meses se casó con un hombre al que no había elegido. En Afganistán, es habitual que las familias escojan a los maridos y a las esposas para sus hijas y sus hijos. Por ejemplo, una familia puede ver a una chica en un mercado o conocerla a través de otros familiares, y va después a su casa con su hijo para pedirle la mano.

Muchas familias casan a sus hijas sin preguntarles si quieren, porque consideran que las chicas no saben qué es lo mejor para su vida. Esto es exactamente lo que le pasó a Tamkin.

Antes del compromiso y de empezar los preparativos de la boda, no había visto nunca a su futuro marido. Lo único que su familia le había enseñado de él era una fotografía. La primera vez que habló con él fue cuando fueron a comprar los trajes de la boda. Pero como fueron acompañados de sus respectivas familias, tampoco pudieron hablar abiertamente, ni conocerse realmente. Casi no sabían nada el uno del otro. Fue un matrimonio concertado. Por eso yo estaba tan preocupada por ella.

Tamkin también me confesó que se había sentido fatal desde la primera noche de matrimonio. "Antes de aquella noche, ¿sabías qué pasaría?", le pregunté. Ella me contestó que no tenía ni idea. Solo una semana antes de la boda, su madre le había hablado por primera vez de las “relaciones matrimoniales”. En Afganistán no existe ningún tipo de educación sexual. También le había dicho que sería feliz después del matrimonio, que experimentaría su feminidad, y que tenía que sangrar como prueba de su virginidad.

Asco y dolor

Entonces Tamkin empezó a buscar información en internet sobre lo que experimentaría solo unos días después. “¿Cómo te sentiste después de leer la información que encontraste?”, le pregunté. "Estaba preocupada. Por un lado, sentía emoción de experimentar algo nuevo, pero por el otro, asco por lo que estaba a punto de pasar”, respondió. “¿Y qué sentimiento es más fuerte, ahora?”. “El asco”, contestó de forma rotunda.

Entonces, se quedó en silencio unos instantes. Después respiró hondo y me explicó que aquella noche se había sentido como un objeto, cuyo propósito era satisfacer las necesidades de un hombre y después ser dejado a un lado. No estaba preparada para tener relaciones sexuales. Eran casi las tres de la madrugada cuando los invitados de la boda finalmente se fueron. Estaba agotada. Pero su marido empezó a manosearla sin ni siquiera preguntarle si le apetecía.

"Fue horrible, doloroso y vacío de sentimiento. Terrorífico", aseguró. “Si tuviera el poder de decidir y elegir, no habría aceptado pasar por aquello una segunda vez”, añadió. Lo que más le dolió fue la sensación de que sus deseos y sentimientos no importaban. “Solo le importaba ver sangre y saber que yo era virgen", añadió.

Entonces me habló de su vida sexual actual. “Siempre que mi marido quiere sexo, no puedo decir que no. Si digo que no, me fuerza. Me repugna”. “Eso es una violación, ¿verdad?”, pensé, pero no supe qué decir.

Incluso Tamkin no puede elegir ir a ver a su propia familia. Su marido tampoco le permite ir a menudo. Solo dos veces al mes y si también va él.

Antes de la boda, la madre de Tamkin le había asegurado que se enamoraría de su futuro marido una vez casada. Pero Tamkin me aseguró que no solo no se había enamorado, sino que ahora veía a su marido como el guardián de una prisión. “Cuando se va a trabajar, soy su ama de casa. Y por la noche, también tengo que estar ahí para él. Eso es todo”. Y concluyó: “No te cases”.

La historia de Tamkin no es única. Así es la vida de miles de mujeres en Afganistán, mujeres que ni siquiera pueden decidir sobre sus propios cuerpos, y que son empujadas a matrimonios elegidos por sus familias porque consideran que no hay otro camino para ellas, ahora que los talibanes están en el poder. Parece que el matrimonio sea el único camino que les queda. ¿Cuál será mi propio destino?

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