Así es una prisión para mujeres en el Afganistán de los talibanes

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Interior del módulo de mujeres de la prisión de Pul-e-Charkhi, en Kabul, la más grande de Afganistán.
06/11/2026 - 07:48 h

KabulCuando hace unos días visité el módulo de mujeres de la prisión de Pul-e-Charkhi, en Kabul, no sabía qué me encontraría. Tenía un permiso oficial de los talibanes para entrar, pero los funcionarios del centro penitenciario me hicieron esperar cerca de una hora en la puerta. Antes de acceder, me advirtieron que solo podía informar de las clases de confección y de alfabetización que hacen para las reclusas, y de la guardería que hay dentro de la prisión para sus hijos.

Es posible que sea una de las pocas periodistas que ha podido entrar en el módulo femenino desde que los talibanes volvieron al poder en Afganistán hace cinco años. A pesar de tener un permiso por escrito, sin embargo, los funcionarios hicieron que una médica y un trabajador de la prisión –un hombre, aunque en teoría los hombres tienen prohibido el acceso al módulo de mujeres– me acompañaran durante la visita.

Pul-e-Charkhi es la prisión más grande de Afganistán y un territorio desconocido para mí. Sus altos muros, la concertina y las profundas zanjas que rodean el recinto fue lo primero que me llamó la atención. Cuando los talibanes entraron en Kabul en 2021, abrieron las puertas de este centro penitenciario y todos los reclusos fueron liberados. Ahora, cinco años después, hay mujeres que vuelven a vivir tras sus muros, y algunas no saben cuándo recuperarán la libertad.

Esperaba encontrar allí a mujeres que hubieran cometido delitos graves. Primero, visité las clases de costura y los talleres de confección de alfombras. Es decir, vi aquello que los funcionarios querían mostrarme. Pero cuando le dije al trabajador de la prisión que mi micrófono se había estropeado y que necesitaba que me trajera mi teléfono móvil que había tenido que dejar a la entrada, tuve la oportunidad de hablar con algunas reclusas. El empleado salió de la estancia y la médica no me impidió entrevistar a las mujeres.

Razones para estar entre rejas

Lo que las presas me contaron cambió mi percepción inicial. Algunas llevaban años entre rejas sin que sus casos se resolvieran en los tribunales. Por ejemplo, una de ellas no había tenido nunca un juicio, a pesar de que llevaba cuatro años allí. Otra había solicitado una revisión de su caso, pero, según me dijo, nunca se había celebrado una vista de apelación.

Algunas mujeres habían sido acusadas de mantener relaciones sexuales con hombres que no eran sus maridos. Y asimismo había chicas jóvenes detenidas porque no vestían de forma suficientemente islámica, según los talibanes. Habían sido condenadas a entre tres y seis meses entre rejas.

Una de las chicas se puso a llorar mientras hablaba conmigo. Me dijo que tenía 21 años y que su familia la había querido casar con un hombre de 54 años en Kandahar, al sur de Afganistán. Ella huyó y viajó a Kabul, con la esperanza de evitar el matrimonio y que alguien la pudiera ayudar. Fue a una comisaría de los talibanes y, en lugar de recibir protección, acabó encarcelada bajo la acusación de haber huido de casa. "Ojalá me hubiera casado con él. Al menos no estaría en la cárcel", me dijo. Cuando le pregunté por su familia, me explicó que nadie se había puesto en contacto con ella para saber cómo estaba.

Entre las presas que conocí, había una mujer de 35 años que llevaba cuatro años en la cárcel acusada de haber asesinado a su marido. Según me explicó, su hombre, de 45 años, la maltrataba y la golpeaba reiteradamente, y en la última discusión intentó estrangularla. Ella se defendió y le dio un golpe en la cabeza con un recipiente. El hombre murió. ¿Realmente debía estar en la cárcel?, me planteé.

Cuando terminé de hablar con esta presa, la médica se dio cuenta de que estaba trastornada, y me dijo que el caso de aquella mujer no era aislado. Había muchas otras reclusas que habían sido encarceladas por pelearse con sus maridos, o simplemente por haberles desobedecido. Tuve interés en hablar también con alguna de ellas, pero el funcionario penitenciario volvió y no tuve ocasión.

La vida entre rejas puede ser especialmente difícil para alguien que cree que no ha hecho nada malo. Una mujer me explicó que cosía para hacer pasar los días, y que contaba los meses que faltaban para volver con sus hijos. De hecho, muchas reclusas son separadas de sus hijos. Otras sí están en la prisión con sus criaturas pequeñas, que pasan sus primeros años de vida detrás de muros altos y concertinas.

Después de recopilar la información, me puse en contacto con el portavoz de la autoridad penitenciaria de los talibanes. Al principio se mostró reticente a responder, pero finalmente declaró que en Afganistán en la actualidad existen garantías legales que permiten revisar uno por uno los casos de cada reclusa. También llamé al portavoz del Tribunal Supremo, pero se negó a contestar ninguna de mis preguntas.

Cuando publiqué la información, tanto los responsables de la prisión como el Tribunal Supremo llamaron inmediatamente al medio para el cual trabajo para quejarse del reportaje y de mí. Entonces me di cuenta de que informar sobre la vida y los casos de las mujeres encarceladas puede comportar consecuencias que van más allá de los muros de la prisión, y que me pueden poner a mí misma en peligro.

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