El futuro de los jóvenes en Afganistán: obligados a callar, sin cuestionar nada
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KabulAntes de que los talibanes volvieran al poder, cuando era estudiante de periodismo en la Universidad de Kabul, podía hablar libremente de política. Era miembro del grupo de debate de la universidad y, junto con otros estudiantes, organizábamos discusiones en universidades de todo Afganistán. Criticábamos al gobierno y cuestionábamos sus políticas. Hacer preguntas y discrepar formaba parte de nuestra vida universitaria.
Hoy, con los talibanes, todo ha cambiado. Muchos analistas políticos que son invitados a programas televisivos de información expresan sus opiniones cuando las cámaras están apagadas, pero se vuelven cautelosos tan pronto comienza la emisión. A nosotros mismos, los periodistas afganos, también nos cuesta criticar a los talibanes en nuestras noticias o reportajes.
Las restricciones no se limitan a los medios de comunicación. Los libros tampoco se han salvado. Semanas atrás leí en Facebook un pequeño fragmento del libro Homo Deus, de Yuval Noah Harari. Hablaba del peligro de que los humanos se conviertan en máquinas y pierdan su creatividad, las emociones y la conciencia. La reflexión me despertó la curiosidad de leer el libro, así que decidí buscarlo en Kabul. Fui a más de diez librerías, pero ninguna lo tenía.
Lo que me preocupó más, sin embargo, fueron las advertencias de los libreros. Varios me dijeron que tuviera cuidado con este libro. Si los talibanes descubrían que lo buscaba, me podían arrestar. Cuando pregunté por qué, me explicaron que los equipos de inspección de los talibanes irrumpen en las librerías una vez al mes para comprobar los libros que están a la venta. Títulos que cuestionan su régimen o hacen determinadas reflexiones se consideran delicados.
Me quedé de piedra. Yo simplemente quería leer un libro cuyas ideas me habían llamado la atención. Pero volví a casa con las manos vacías, y preocupada porque incluso el deseo de leer me podía poner en riesgo.
El ministerio de Información y Cultura de los talibanes ha decomisado 50.000 libros de librerías y editoriales de Kabul. Por su parte, el ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio de los talibanes ha destruido durante los últimos cinco años 12.000 libros sobre feminismo, orientalismo, cristianismo y pensamiento político. Asimismo, han sido clausurados centros de cultura.
Muchos de estos libros antes se encontraban en las estanterías de las librerías, donde los lectores podían elegir lo que querían explorar. Ahora el acceso a muchas de estas obras se ha vuelto más difícil. Algunos lectores tienen que confiar en versiones en PDF, si las pueden encontrar y tienen acceso a Internet.
Las restricciones también han llegado a la educación superior. Este curso los talibanes han insistido repetidamente en que los jóvenes deben mantenerse alejados de la política y del pensamiento político. Así lo han destacado el ministro del Interior y el de Educación Superior. Además, han anunciado que las facultades de ciencias políticas de las universidades privadas de todo Afganistán serán abolidas y sus estudiantes transferidos a otros estudios. Han justificado la decisión por la supuesta falta de oportunidades laborales en este ámbito.
Pero esta justificación me plantea preguntas. Si el problema es simplemente una falta de oportunidades laborales, ¿por qué hay que restringir el estudio de las ciencias políticas? ¿Por qué los estudiantes no pueden leer libros ni tener información de teorías que les ayuden a entender el gobierno, la sociedad y el poder desde diferentes perspectivas?
Cambio del currículo
Mi hermano pequeño estudia ciencias políticas en la Universidad de Kabul, que es pública. Según me ha dicho, los talibanes han eliminado del currículo todos los libros sobre pensamiento político y las teorías de filósofos de todo el mundo. Los profesores cada vez enseñan más según los puntos de vista que se alinean con la ideología de los talibanes. Y no recomiendan material de estudio abiertamente. Solo a algunos estudiantes, una vez los conocen y saben que no los delatarán a los talibanes, les proporcionan otras fuentes y referencias, pero en privado.
Una universidad debería ser un lugar donde los estudiantes puedan leer diferentes teorías, compararlas y hacer preguntas sobre política, democracia, derechos civiles y estructuras de poder. Aprender sobre una idea no significa aceptarla. Comprender diferentes perspectivas permite a los estudiantes hacer juicios más informados sobre su sociedad y su gobierno.
Pero cuando los libros políticos se retiran de los planes de estudios universitarios, los profesores tienen miedo de recomendar material de lectura, y las críticas a los talibanes se restringen en los medios de comunicación, el espacio para cuestionarse cosas se hace más pequeño. Si esto continúa, los jóvenes afganos tendrán menos oportunidades de desarrollar un pensamiento crítico, de entender su historia política y de participar con conocimiento en la sociedad. Con el tiempo, aprenderán a callar en lugar de hacer preguntas, no porque no las tengan, sino porque temen las consecuencias.