Cada casa, un mundo

Dejar la casa en los huesos: una intervención radical en el corazón de Palma

Can Gabriel. TED'A Arquitectes. Jaume Mayol e Irene Pérez (Palma)

05/06/2026

Can Gabriel es una casa que explica cómo está hecha. También cómo está hecho el edificio del centro histórico de Palma donde se aloja. La intervención radical que hicieron allí los arquitectes de TEd’A, el equipo dirigido por Jaume Mayol e Irene Pérez, se explica a través de una arquitectura que convierte los procesos constructivos en parte de la experiencia cotidiana de habitar. Esta es una obra que reivindica la belleza de los materiales desnudos, de las juntas, de las costuras, de las texturas y de las imperfecciones vistas. Y demuestra que, a veces, una buena manera de transformar un espacio es empezar por dejarlo en los huesos. Este proyecto se ha convertido en una de las obras más celebradas de la arquitectura española reciente: premiada en la XVII Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo, distinguida con premio por La Casa de la Arquitectura, finalista de los premios FAD 2025 y seleccionada para los premios Mies van der Rohe.

Pero más allá de los galardones, lo que hace singular esta intervención es su radicalidad tranquila. Una manera de entender la arquitectura que no consiste en añadir capas de sofisticación sino, paradójicamente, en quitarlas (quizás para llegar a otro tipo de sofisticación).

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Cuando los de TEd’A entraron al piso, se encontraron un espacio prácticamente vacío. Una vivienda de los años sesenta, de unos 160 m2, reducida a estructura, fachadas e instalaciones básicas. Y en lugar de reconstruirla según esquemas convencionales, decidieron ir aún más allá en el despojamiento. La estructura de hormigón queda totalmente expuesta, sin revestimientos ni maquillaje. Como si a la casa le hubieran quitado la piel y la mostraran despellejada. Este gesto marca toda la intervención. Aquí nada se esconde. Los materiales se muestran como son y explican su función. Las paredes perimetrales se aíslan con corcho y se recubren con piezas cerámicas colocadas de manera insólita. Los dientes de los bloques quedan orientados hacia el exterior y generan una textura rugosa que convierte las paredes en superficies táctiles.

También el suelo conserva la memoria de la vivienda anterior. El pavimento de hormigón existente se pule y las cicatrices dejadas por las antiguas distribuciones se cosen con piezas de mármol. No se trata de disimular las heridas sino de hacerlas visibles. La misma lógica llega hasta los detalles más pequeños. Los interruptores y enchufes no se encastran en las paredes sino que se colocan encima. Las instalaciones eléctricas se muestran sin complejos. La iluminación se resuelve con bombillas sencillas conectadas a cables vistos que recorren el techo a través de tubos de latón. Todo forma parte del lenguaje arquitectónico.

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En medio de este gran contenedor desnudo hay tres piezas de madera que organizan la vida doméstica. Son las cajas que albergan las habitaciones y los espacios más privados. Hechas de abeto, ligeras e independientes de la estructura, parecen objetos depositados dentro del gran volumen original. También aquí se invierten las convenciones: sus estructuras quedan a la vista en el exterior mientras que los revestimientos se reservan en el interior. Estas cajas, sin embargo, no dividen la casa en estancias cerradas. Entre ellas aparecen grandes espacios conectados diagonalmente que conforman las áreas comunes: cocina, comedor, sala de estar o espacios de trabajo conviven en un único paisaje doméstico, flexible y cambiante. La vivienda deja margen para que sea la vida cotidiana quien la acabe de completar.