Moda

El invento milenario que puede salvarnos del calor

Una mujer ventoseándose en la comunidad valenciana
04/08/2026 - 07:02 h.
Analista de Moda i Tendències
3 min

Hace calor. Mucho calor. Demasiado. Y esta evidencia no la formulo como climatóloga experimentada, sino como simple habitante de un mundo cada vez más cercano al punto de ebullición. Ante esta excepcionalidad climática, que ya se intuye como la nueva normalidad, los tan codiciados aparatos de aire acondicionado, a pesar del bienestar inmediato que proporcionan, contribuyen a calentar aún más el exterior. Quizás por eso, en plena emergencia climática, las soluciones más antiguas vuelven a demostrar su vigencia. ¿Y hay alguna más ancestral que un abanico?Hace solo unos años parecía que este objeto había quedado rebajado a simple souvenir folclórico, ornamentado con inevitables motivos de españolismo kitsch. Hoy, en cambio, ha recuperado su lugar como una de las tecnologías más antiguas, sencillas y sostenibles de la humanidad. Pero, ¿ha sido siempre esta su función: hacer viento? Y, a pesar de ser un complemento inseparable del estereotipo de la flamenca, ¿es realmente España su lugar de origen?

Una persona utiliza un abanico en Ceuta.

Las evidencias arqueológicas sitúan los primeros abanicos en el área del Sudán actual, desde donde se difundirían hacia Egipto durante el Imperio Nuevo (1550-1070 aC). Aunque daban aire, protegían del sol y alejaban los insectos, pronto adquirieron también una poderosa dimensión simbólica vinculada al prestigio y a la teatralización del poder. Por eso, en numerosas representaciones vemos faraones rodeados de grandes abanicos de plumas de avestruz y Tutankamón fue enterrado con algunos ejemplares. De hecho, ser “portador del abanico del lado derecho del rey” era uno de los cargos más prestigiosos de la corte egipcia, por simbolizar una gran proximidad con el soberano.Pero, si en Egipto encontrábamos abanicos rígidos, hay que retroceder hasta el Japón de los siglos VIII y IX para encontrar los plegables que conocemos hoy. Un sistema mecánico de gran ingenio probablemente inspirado en los mokkan, las tablillas estrechas de madera utilizadas para anotaciones burocráticas. Posteriormente, este sistema dejó su vertiente más funcionarial para entrar en el terreno ornamental y simbólico. En 1543 un barco portugués llegó accidentalmente a Japón y esto marcó el inicio de unas intensas relaciones comerciales, de las cuales Portugal mantuvo durante décadas el monopolio europeo. Además de especias, sedas, porcelanas, lacas, biombos y armas, también transportaban abanicos plegables, que se expandieron desde Portugal a Sevilla y, posteriormente, a las cortes italianas, francesas e inglesas.Con el tiempo, Europa dejó de depender de Japón y comenzó a elaborar los suyos propios, erigiéndose París como el gran centro productor entre los siglos XVII y XVIII, en que se convirtió en un auténtico complemento de lujo. Y, si bien el abanico plegable seguía teniendo la capacidad de generar viento, en las cortes europeas se impuso también como una tecnología social y simbólica. En primer lugar, pasó de ser un objeto autónomo para devenir un complemento a conjunto con el vestido. Además, muchos pintores se especializaron en hacer escenas en los abanicos, deviniendo uno de los primeros objetos que democratizaron –en cierta manera– la posesión de una obra pictórica y la hicieron transportable. Y, finalmente, el abanico pasó a ser un elemento importante en la performatividad gestual de la socialización en palacio. En una corte donde las relaciones sociales son el principal vehículo para prosperar y donde el juego de aparentar y teatralizar es el lenguaje principal, los diferentes movimientos con el abanico a menudo permiten insinuar sin dejar evidencias.Es curioso que, después de milenios de historia, el abanico haya sido muchas más cosas que una simple herramienta para combatir el calor. Pero ahora, mientras esta nos deja aturdidos en casa y sin ganas de pisar el asfalto, parece que ha llegado el momento de recuperarlo, precisamente, por aquello que nunca ha dejado de saber hacer. Quizás, el progreso no siempre consiste en inventar tecnologías nuevas, sino en redescubrir aquellas que, en su aparente sencillez, no necesitan evolucionar para continuar siendo extraordinariamente eficaces.

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