La ciudad utópica de la India que vive una profunda crisis
Durante casi sesenta años, la comunidad internacional de Auroville ha intentado demostrar que otra manera de vivir es posible. Ahora, sus habitantes temen por la supervivencia del sueño
1958, Génova. Un joven alemán, Frederick Schultze Bookslow, está en el puerto esperando un barco de carga para marcharse lejos, hasta la India. Tiene veinte años, ha leído a Herman Hesse y tiene muchas ganas de vivir y de descubrir un mundo diferente. Su pareja no lo quiere dejar ir, dice que lo ama, pero después el barco tarda en llegar, ella se cansa y vuelve a Alemania. Frederick, en cambio, espera y se marcha, resuelto, en un largo viaje hasta Bombay.
Explora el sur de la India y más tarde llega a Pondicherry. Allí oye hablar del filósofo místico Sri Aurobindo, célebre por su concepto de “yoga integral”, una idea de yoga que abarca cada momento de la vida, vivido como un estado de conciencia superior que une espíritu y materia. Mientras visita el asram del sabio, un día, bajo el famoso balcón de la comunidad espiritual, conoce por primera vez a “la Mère”, Mirra Alfassa, compañera espiritual de Aurobindo.
“Desde el primer momento sentí que sus palabras penetraban dentro de mí”, explicará Frederick. “Era un hombre fuerte, un playboy, convencido de no temer nada. Cuando me miró a los ojos, sin embargo, me fundí. Las rodillas empezaron a ceder. De repente cayeron mis máscaras, mis miedos y mis ilusiones. Me arrodillé. Puse la cabeza en el suelo. Había percibido su potencia, su energía”, recuerda aún emocionado, “y había comprendido que quería servirla”.
Diez años después, el 28 de febrero de 1968, ante cinco mil personas provenientes de 124 países y de todos los estados de la India, Frederick asistirá al nacimiento del proyecto más ambicioso de la Madre: Auroville. En una urna simbólica, todos los presentes vierten tierra procedente de sus respectivos países de origen. Según la Madre: “Auroville no pertenece a nadie en particular. Pertenece a la humanidad entera. Será el lugar de una educación sin fin, de un progreso constante. Será un puente entre el pasado y el futuro, un lugar de investigaciones materiales y espirituales para la encarnación viviente de una verdadera unidad humana”.
Construcción de un sueño
“Los primeros tiempos fueron durísimos”, recuerda Frederick, hoy de ochenta y seis años. “Nos instalamos en medio de la nada, en la zona que hoy se llama Revelation. Llegaron caravanas de hippies y jóvenes europeos idealistas, a menudo, por desgracia, sin verdaderas competencias profesionales. Éramos conscientes de trabajar en algo único y teníamos fuego interior, un fuego que no veo en los chicos de treinta años de hoy. Entonces sabíamos quién era el enemigo. Hoy los jóvenes lo llevan dentro”.
Una utopía sin fronteras políticas, credos o ideologías, más allá de religiones, razas y jerarquías: un lugar donde realizar muchos de los sueños que circulaban entre los jóvenes del 68. La primera casa de Auroville la construyó precisamente Frederick. Hoy vive allí su hijo con su compañera. Es un edificio precioso, rodeado de árboles y flores. Así se desarrolló Auroville: con los recursos de sus residentes y gracias a donaciones privadas de quienes simpatizaban con ella. Ningún aurovilliano es propietario de los inmuebles, ni siquiera cuando los ha construido personalmente: cada uno ejerce una función dentro de la comunidad y recibe a cambio una contribución esencial, suficiente para sostener un estilo de vida sencillo.
“Aquí la casa es tuya, pero al mismo tiempo no es tuya. Es un poco como en una relación”, sonríe Frederick. “Estás con alguien que sientes que es tuyo y, sin embargo, no lo es. También aquí no te pertenece nada, porque todo es impermanente”.
Gracias a las donaciones también se construyó el Matrimandir, una especie de templo central de Auroville: una gran esfera dorada de unos 36 metros de diámetro, revestida con más de 1.400 discos que reflejan la luz del sol. Construido en diversas fases a partir de 1971, está rodeado por doce jardines simbólicos dedicados a valores como la paz, la armonía y la luz. Cada día grupos de visitantes se inscriben en las visitas guiadas que conducen hasta la cámara interna, una sala de meditación desnuda, con paredes de mármol y una gran esfera de cristal óptico atravesada por un rayo de luz que entra desde arriba a través de un sistema de espejos. Allí se propone una meditación silenciosa de unos veinte minutos. Estas visitas son la única manera de acceder al interior del Matrimandir.
Un paraíso hecho de bosque
La elección del lugar para este “sol dorado” llegó en un sueño a la Mère, que había visto que debía surgir bajo un banyan tree, un gran ficus sagrado. Durante un tiempo se realizaron exploraciones y fotografías de los árboles de esta zona, hasta que uno de ellos coincidió con el sueño de la Madre. Alrededor de este árbol, el arquitecto francés Roger Anger elaboró el plan urbanístico de Auroville, que sigue una forma de galaxia con círculos concéntricos: en el centro el Matrimandir; alrededor, las zonas residencial, cultural, industrial e internacional. Más al exterior se extiende el cinturón verde, un gran bosque plantado por los habitantes a principios de los años setenta, que ha transformado un territorio árido en un ecosistema frondoso.
“Esta es realmente nuestra historia”, explica Natasha, fundadora del bosque Evergreen. “Transformar una tierra estéril en un bosque vivo. Al principio plantábamos mil árboles al día. El agua era escasa, construimos depósitos de recogida de lluvia, diques de tierra y sistemas de recarga de los acuíferos. Ver volver el agua a los pozos fue como asistir a un proceso de curación. Vivimos con el bosque, no separados de él. Hemos crecido junto a estos árboles durante décadas. El bosque nos enseña la cooperación, algo que a menudo falta en la sociedad humana”.
Según el primer masterplan (1968), Auroville debía conseguir “una población máxima de 50.000 ciudadanos”, número fijado directamente por la fundadora Mirra Alfassa como dimensión óptima para una comunidad urbana “humana” y no megalopolitana. Con el tiempo, sin embargo, se ha desarrollado sobre todo como un gran bosque habitado que hoy cuenta con unos 3.500 residentes. “Esta vegetación se ha convertido en nuestra gran escuela y en parte de nuestro viaje espiritual”, comenta Natasha.
El fin de la utopía
La paz espiritual de la comunidad se interrumpió, sin embargo, una mañana de diciembre de 2021, cuando, sin previo aviso, bulldozers derribaron áreas forestales protegidas para iniciar la construcción de la nueva carretera radial que habría permitido ampliar la ciudad. “Me puse delante de los bulldozers pidiendo que se respetase el proceso decisorio de la asamblea”, relata Natasha, “que claramente había sido eludido”. Las demoliciones continuaron los días siguientes, suscitando las protestas de la comunidad local. Por primera vez en más de cincuenta años, una decisión de importancia vital había sido impuesta desde arriba. Algunos meses antes, la funcionaria pública Jayanti Ravi había sido nombrada secretaria del Governing Board de la Auroville Foundation y todo estaba a punto de cambiar.
“Lo están arrasando todo sin respeto por el territorio ni por los compromisos adquiridos”, afirma Arun, exmilitar veterano de Cachemira, en primera línea de las denuncias. “Las máquinas se convierten en instrumentos para silenciar una voz colectiva”.
En las oficinas de la fundación de Auroville nadie se atreve a decir nada. “No tenemos derecho a hablar de estas cuestiones”, me murmura un funcionario europeo, asustado por mis preguntas.
“Aquí hay un estado fascista”, continúa acompañándome a la puerta. “Es como la Italia de Mussolini. Si nos atrevemos a decir algo contra la fundación desaparecemos en menos de dos semanas”. A unas decenas de metros, una mujer del residence service finge no sentirse incómoda por mis preguntas. “No sabemos qué podemos decir. No somos las personas indicadas”, me despide con una sonrisa tensa. Hojeando el periódico mensual de la comunidad, algunos miembros de Auroville invitan a la pacificación de las disputas, al fin de la polarización y a la aceptación de estos proyectos de expansión urbanística que responderían a la voluntad de la Mère.
“Parte de la comunidad se ha alineado con la nueva secretaria para obtener ventajas”, explican los miembros del working committee, el organismo decisorio que representa a los residentes, hoy cada vez más marginado. Denuncian controles y vigilancia sobre las comunicaciones internas y una progresiva centralización del poder. “Quieren colocar a su gente para controlar todo”, dicen. “Según el Auroville Foundation Act, los miembros del governing board deberían cumplir determinados criterios –como haber prestado un servicio significativo a Auroville–, criterios que la mayoría de los actuales miembros no cumplen”.
Un futuro incierto
Según el comité, detrás de las transformaciones habría también una fuerte dimensión política: Narendra Modi cita a menudo a Sri Aurobindo por su papel en el movimiento independentista indio, pero ignorando su posterior evolución espiritual y reinterpretando sus enseñanzas en una clave nacionalista adaptable a la ideología hindutva. “Auroville no será un asram”, había dicho claramente la Madre en el momento de la fundación. Y, sin embargo, los cambios actuales evocan prácticas de mercantilización de la espiritualidad en curso en algunas de las principales ciudades sagradas hindúes.
Los residentes internacionales que han alzado voces críticas corren el riesgo de no ver renovado su visado. Normalmente, los aurovilianos necesitan una carta de recomendación de la secretaría de la fundación para obtenerlo. La secretaría puede usar este poder como instrumento de presión, retrasando o bloqueando los trámites hasta la expiración de los permisos de residencia. Algunos residentes extranjeros, una vez que han abandonado la India, ya no han sido admitidos de nuevo precisamente por esta cuestión de los visados.
El mismo Frederick permaneció durante mucho tiempo en la incertidumbre. Durante meses estuvo sin visado y solo recientemente consiguió obtener una renovación. A pesar de todo, todavía parece sorprendentemente sereno. “Algunas cosas malas han sucedido aquí, de verdad. Y al final son precisamente estas las que amplifican la evolución”, explica. “Cada crisis puede ser útil. Hemos aprendido a no poseer nada. A conocer la forma más alta del amor, que no es la posesión sino la unidad. Aquí he aprendido a dejarlo todo”. Con gran calma, una ligera ironía y cierto distanciamiento, continúa: “Hoy veo Auroville de manera diferente. Al igual que las sociedades antiguas más grandes y evolucionadas, como la tibetana, quizás también nosotros estamos destinados a la diáspora, a llevar la sabiduría acumulada en estos cincuenta y ocho años por el mundo. Los jóvenes ya lo están haciendo: están llevando este espíritu a otros lugares”.