De la corteza a la botella: crónica de la elaboración de un tapón de corcho
Os explicamos todos los secretos de un proceso que ha hecho de la industria corchera catalana una de las más importantes del mundo
Un mensaje en el móvil me convoca a las seis y cuarto de la mañana a las afueras de Santa Coloma de Farners. Allí Gil, el técnico forestal, me guía hasta dónde nos espera una furgoneta con el grupo de peladores. Se saludan brevemente y seguimos en caravana por la carretera hasta llegar a un desvío discreto. Nos metemos en una pista estrecha y empezamos a adentrarnos en el bosque en una especie de túnel de árboles y un sotobosque espeso, que después de una larga subida cambia del todo. Dejamos las zonas umbrías y húmedas, ya estamos en lo alto de la riera de Castanyet y hace rato que vemos alcornoques. Las crestas aireadas y soleadas del macizo de las Guilleries han favorecido durante cientos de años su crecimiento y su extensión. Aquí manda el alcornoque (Quercus suber).
Cuando estamos en su sitio, Gil indica al grupo cuáles son los límites de la finca donde se debe trabajar, para evitar errores que puedan llevar disputas con los propietarios. El geolocalizador que ha utilizado para marcar la zona es el aparato más moderno que se utilizará hoy.
La técnica para hacer la leva del corcho y la herramienta tradicional, el hacha, no han cambiado en cientos de años. La precisión, la experiencia y el cuidado que se debe tener para no dañar el árbol son tan importantes que es casi imposible la mecanización.
Los más veteranos del grupo serán los primeros en empezar. Como quien hace un test de producto, los que tienen más experiencia saben identificar en el primer hacha si la encina está lista para ser pelada y si la corteza se desprenderá fácilmente. Habrán pasado unos catorce años desde la última vez que se le arrancó el corcho. Esperar este tiempo para que el corcho tenga un grosor de 2,5 centímetros, que es el tamaño necesario para poder hacer tapones.
La leva del corcho
La época de la extracción comienza a finales de mayo y termina en el mes de julio, pero esto puede variar según las lluvias y la temperatura. El momento llega cuando hay un cambio de ciclo en el crecimiento del árbol y la savia circula por el tronco, que facilita que se pueda extraer con mayor facilidad esta capa de corteza que llamamos corcho. Después, con el calor de pleno verano la corteza se vuelve a enganchar, está más seca y es muy difícil sacarla en buen estado y sin perjudicar al árbol.
Las dos primeras extracciones que se realizan en un árbol dan un corcho de baja calidad que sólo sirve para hacer conglomerados para aislantes, suelos, paneles y otros usos, como los adornos para el pesebre. Hoy, la mayoría de árboles de la finca que pisamos ya tienen hacia 50 años de edad, han pasado por la primera y por la segunda leva y ya están preparados para la tercera, en la que el corcho ya da una buena calidad para la industria del tapón.
Van avanzando con el trabajo y se van repartiendo los árboles. Algunos los pelan por parejas, otros individualmente. Kamal, que acaba de cumplir 21 años, es el joven del grupo y siempre lo hace en pareja. Aunque ya lleva tres temporadas trabajando en el bosque, todavía tendrá que esperar unos años para llegar a ser experto como su primo, que lleva más de diez años, o su tío, que ya hace más de veinte. Kamal nació en Sant Hilari Sacalm, la capital de las Guilleries, y en su casa, con la familia, siempre se ha hablado del trabajo del bosque relacionado con los alcornoques, pero hace unos años que se marchó a vivir a Francia con sus padres. Volver cada verano a Cataluña a realizar la campaña de la leva ya se está convirtiendo en una tradición.
Unos hachazos transversales y precisos en lo alto del pie del tronco limitan la altura desde donde se extraerá la corteza. Seguidamente, unos cortes verticales hasta la base del tronco y ya se puede empezar a hacer palanca para desprender el corcho intentando que salga entero o en dos piezas, y que no se rompa. Cada prenda entera toma el nombre de panna. Con los hachazos se debe vigilar que la profundidad sea la justa para no hacer ninguna herida en el árbol. Cualquier herida supone un peligro, una posible entrada de infecciones, y también puede representar un crecimiento con una malformación que repercutiría en la siguiente capa de corcho y mermaría su calidad.
El grupo hace una parada para tomar un bocado, beber agua y sentarse un rato. Mientras yacen, en un gesto mecánico, aprovechan para afilar la hoja del hacha antes de volver al trabajo.
Cuando acabe la jornada las panas de corcho quedarán apiladas al borde del camino para facilitar la carga cuando más tarde un transportista las venga a buscar para llevarlas a la fábrica.
La fábrica de tapones
En Cassà de la Selva, junto a las Gavarres, otra de las zonas históricas de explotación de bosques de alcornoque ya pocos kilómetros de Les Guilleries, visito una de las plantas de elaboración de tapones del pueblo. Antiguamente, casi todas las familias de esta zona habían estado vinculadas con el sector corchero y se dice que entre Cassà de la Selva y Palafrugell se hacen uno de cada tres tapones de corcho del mundo. Es, evidentemente, una exageración, pero, según el Institut Català del Corcho, en toda Cataluña se fabrican cada año 2.000 millones de tapones de corcho que van a parar a todos los rincones del mundo.
El tapón es el producto derivado del corcho de mayor calidad y que, por tanto, necesita más controles. En la empresa Costa Quer trabajan exclusivamente con corcho local: no van más allá de los sesenta kilómetros de distancia para abastecerse. En Cataluña los alcornoques tienen un crecimiento más lento que en otras partes del Mediterráneo más calurosas y esto hace que el corcho sea más denso y dure mucho más una vez puesto en la botella y en contacto con el vino. Esta exigencia de calidad es tan importante que sólo un 30% del corcho que entra en la fábrica servirá para ese uso. El resto, todo lo que se rechaza por defectuoso o porque no llega a los estándares de calidad, se usará para realizar otros productos menos exigentes, como los aglomerados para aislamientos, decoración o arquitectura.
Antes de empezar la manipulación, las pannas deben estar un año secándose al aire libre ya pleno sol. Después habrá que reactivar el corcho: lo hervirán para hidratarlo y hacerlo más manejable, además de limpiarlo de suciedad y bacterias y hongos. Cuando esté frío estará listo.
Entro en una sala grande y aireada. Al fondo, un ventanal ilumina a contraluz una máquina que trabaja alimentada por uno de sus trabajadores. Es la que corta las panas en tiras ya la vez impregna el espacio de un suave olor a corcho que me acompañará por toda la fábrica. Este trabajo es semiautomático, uno de los trabajadores va cortando las rebanadas en tiras y las hace pasar por la máquina que realizará las perforaciones en forma de tapón. Es un trabajo que pide una mayor precisión de lo que podría parecer porque las piezas son irregulares y hay que introducirlas en la mejor posición para aprovechar el máximo de corcho. Al otro lado de la máquina de la que se encuentra el operario salen los tapones por una rampa y van llenando un gran recipiente.
De este primer tapón rudimentario, áspero y poco definido de bordes y tamaño, hasta llegar al tapón definitivo, pulido, con la forma y el tamaño adecuados, escogido y seleccionado entre cientos de tapones, deberá pasarse por controles microbiológicos, físicos y visuales que son básicos para garantizar.
En el proceso entre máquinas, siguiendo un circuito de control en 3D y tecnología láser para obtener el tamaño definitivo, el tapón pasará por revisiones manuales y visuales donde los operarios calificados son los protagonistas. Cogiendo un tapón de muestra como pieza de referencia se van comparando uno a uno con la ayuda de un juego de espejos para facilitar la observación desde todos los ángulos posibles. Así, se podrán separar los que no son válidos de los que pasan al siguiente filtro, el último paso antes de la validación definitiva: el test de olfato. Puede sorprender, pero esto acabará de determinar si el tapón es óptimo para tapar una botella de vino y garantizar que su olor no modificará su sabor ni ningún otro sentido. Este test se realiza con el tapón ligeramente calentado, entre 60 y 70 grados, para poder captar bien el olor que desprende, y esto no lo hace ninguna máquina sofisticada sino una nariz entrenada.
Más de un año después de dejar de ser el abrigo de una encina de las Guilleries, ese trozo de corcho, seleccionado, tratado y transformado con un cuidado extremo, llegará al mundo de las bodegas para tapar botellas hasta que el gesto ritual del tirabuzón libere los aromas del vino.
El alcornoque ( Quercus suber ) es una especie endémica del Mediterráneo y si se encuentra en otros lugares fuera de esta zona es porque se ha introducido. Es un árbol que está adaptado a un clima de inviernos suaves y veranos calurosos y secos, lo que lo hace especialmente resistente a los efectos del cambio climático. Además, la corteza le protege frente a los incendios forestales y tiene una gran capacidad de regenerarse, por lo que es un elemento muy positivo para la recuperación y conservación de la biodiversidad. Todo ello hace que sea una de las especies de árboles con mayor capacidad de colonizar los bosques, tal y como certifica un reciente estudio sobre la situación y el estado de los bosques peninsulares, liderado por el centro de investigación CREAF y la Universidad Autónoma de Barcelona. Según este trabajo, en los últimos 25 años ha crecido la densidad forestal y ha cambiado la distribución de especies: el alcornoque y el pino carrasco son las que ganan más terreno.
Así pues, el alcornoque es un símbolo de resistencia y de adaptación y un aliado que juega un papel clave en la mitigación de los efectos del cambio climático y en la preservación de los ecosistemas. Y también ayuda el producto que se extrae: se calcula que utilizar tapones de corcho natural en lugar de artificial puede reducir la huella de carbono de una botella de vino entre un 18% y un 40%. Y todavía hay camino por correr: actualmente se está haciendo una prueba piloto impulsada por FutureCork, en las poblaciones de Cassà de la Selva y Palafrugell, para recuperar los tapones usados y darles un segundo uso.