Moda

¿Por qué Melero lleva corbata?

Helena García Melero con corbata, en un momento del programa Todo se mueve
20/01/2026
Analista de Moda i Tendències
3 min

Desde hace meses se ha consolidado, casi como un constante goteo, una tendencia estética entre las comunicadoras de televisión. Paralelamente a que hayan desaparecido las corbatas entre los presentadores de telediarios, cada vez más presentadoras aparecen en pantalla con piezas tradicionalmente asociadas al vestuario masculino. No son pocos los días en los que Helena Garcia Melero, en el programa Todo se mueve de TV3, porta pantalones anchos de pinzas, camisa masculina, chaleco de sastre y corbata. Esta estética también es habitual en Silvia Intxaurrondo en La hora de La 1, Alba Lago en Noticias Cuatro, Henar Álvarez en En el cielo con ella de RTVE, Núria Roca en La Roca o Raquel Sans, entre otras muchas.

Curiosamente, esta tendencia coincide con la muerte de Diane Keaton, una figura clave en la historia de la moda contemporánea. Su imagen en Annie Hall (1978) –pantalones y camisas anchas que parecían tomados del armario masculino, combinados con chaleco y corbata– abrió una rendija que hoy vuelve a hacerse visible en las pantallas. Pero mientras Keaton hacía este gesto en el marco de las luchas feministas, cuestionando las divisiones de género, ¿qué impulsa ahora las presentadoras?

En el pasado, vestir indumentaria masculina era una transgresión política de primer orden, a menudo con riesgos para la vida. Juana de Arco, en el siglo XV, la adoptó para entrar en la esfera militar: le proporcionaba funcionalidad para moverse, seguridad con la armadura y jerarquía para dirigir soldados, además de protegerla de agresiones sexuales gracias a las bragas ligadas al gipón, que impedían desnudarla rápidamente. Pero travestirse sin causa legítima era pecado según el Deuteronomio 22:5. Juana pagó caro haber atravesado los límites de género: el tribunal no reconoció como justificación sus logros militares y fue ejecutada en la hoguera el 30 de mayo de 1431.

Para las mujeres, emprunter indumentaria masculina nunca ha sido sólo estético, sino una transgresión estructural que ha permitido acceder a espacios prohibidos –ejércitos, universidades–, protegerse, lograr poder y ganar libertad y autonomía. Margaret Ann Bulkley, bajo una identidad masculina a finales del siglo XVIII, pudo formarse en medicina y ejercer toda su vida. La novelista George Sand pudo acceder a entornos intelectuales vetados a las mujeres, con el escándalo y vigilancia policial como precio. Dorothy Lawrence, vestida de hombre para conseguir cubrir como periodista el frente de la Primera Guerra Mundial, fue silenciada e internada en un manicomio. Unas mujeres que no cuestionaron al sistema con discursos, sino con el propio cuerpo.

Es curioso que esta masculinización de las presentadoras sea más visible en formatos mediáticos como noticias políticas, debates o entrevistas serias. Si bien hoy, en nuestro entorno, el travestismo ya no comporta los riesgos de antes, sigue teniendo trascendencia política: sirve para que las mujeres accedan a espacios tradicionalmente masculinos y sean percibidas con mayor profesionalidad, autoridad y legitimidad en el lugar que ocupan. Un fenómeno que se da también en el ámbito político, donde las mujeres corren el riesgo de ser desacreditadas si feminizan demasiado su estética.

Estos estilismos, si por un lado ofrecen una alternativa a la feminización que las presentadoras a menudo han tenido que ostentar como complemento ornamental de los conductores masculinos, por otra evidencia que todavía asociamos credibilidad y rigor con estéticas masculinas. Porque vestir como un hombre, aunque sólo sea en pantalla, recuerda que lo que vestimos –lejos de ser superfluo– está cargado de significado y participa en las relaciones de poder, y que la moda sigue siendo, hoy como antes, una herramienta de transgresión y afirmación.

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