¿Dormir a la intemperie por conseguir un simple reloj?

Una larga cola de personas han acampado pacientemente durante días –y las correspondientes noches– en el paseo de Gracia de Barcelona. En el mejor de los casos, equipadas con sillas y muebles de camping para hacer la espera más soportable. La concentración obligó a intervenir a los Mossos d’Esquadra ante el riesgo de disturbios. Una escena que se ha repetido en múltiples ciudades del mundo, aún con situaciones más extremas. En Nueva York llegaron a esperar casi una semana, mientras proliferaban también los intentos de especular con la cola. En París, donde se congregaron más de 300 personas, la policía intervino con gases lacrimógenos para dispersar la multitud. En Milán, las autoridades tuvieron que acordonar la zona después de carreras, disturbios y peleas.¿Pero cuál es el motivo de este fenómeno? ¿Estamos ante una nueva acampada urbana como la del 15-M para reclamar una democracia de más calidad? ¿Quizá el genocidio de Gaza ha empujado a cientos de personas a ocupar el espacio público? ¿O quizá la huelga de maestros y la lucha por la educación pública se han convertido en un clamor global. Pues no. El motivo de esta penitencia colectiva no es otro que el tributo que el turbocapitalismo exige a sus adeptos más fieles: las colas eran para conseguir la última colaboración de Swatch con la emblemática casa suiza de alta relojería Audemars Piguet. Todo ello, tan absurdo como revelador.Lo más fácil –y también lo más goloso– sería ridiculizar a estas personas y tildarlas de descerebradas, tontas o superficiales. Incluso resultaría reconfortante convertirlas en el chivo expiatorio de los males de un mundo que cada vez reconocemos y entendemos menos. Pero hacerlo significaría matar al mensajero. Porque, más que condenar a los individuos, lo que deberíamos exigir es identificar la raíz del problema.Lo que empuja a unas personas a dormir a la intemperie durante días no es la voluntad de hacerse con un simple reloj –por más atractivo que pueda ser–, sino la recompensa simbólica que el capitalismo hace décadas que promete: la ilusión de una vida mejor a través del consumo. Porque hoy los relojes, mucho más que objetos destinados a medir el paso del tiempo, se han convertido en uno de los marcadores sociales más deseados, especialmente entre los hombres. Y aún más si hablamos de Audemars Piguet, una firma situada en el mismo Olimpo del lujo que Rolex y reservada, prácticamente, a aquella minoría privilegiada que concentra el poder económico.

Hace demasiado tiempo que la sociedad de consumo explota con éxito la vieja estrategia de la zanahoria del burro, alimentando aún más las tensiones de clase que atraviesan cualquier sociedad. Con la promesa de un ascensor social vehiculado a través de un consumo aparentemente liberador, las clases desfavorecidas continúuan persiguiendo una movilidad que casi nunca llega. Y cuando finalmente descubrimos que las estructuras sociales son mucho más rígidas de lo que nos habían prometido, poseer los símbolos –como un reloj de lujo– acaba convirtiéndose en el único premio de consolación accesible.Lo más perverso del sistema es que esta voracidad ya no actúa únicamente desde el privilegio hacia las capas inferiores, sino también horizontalmente. Muchas de las personas que hacían cola no querían el reloj para uso personal, sino para revenderlo a sus iguales a precios aún más inflados, convirtiendo las clases medias en depredadoras de ellas mismas. Una cadena trófica donde cada uno intenta aprovecharse del siguiente para sentirse, durante unos instantes, un poco más cerca del privilegio.Sería mejor que, tan pronto como estos relojes salgan a la venta, sus propietarios se apresuren a revenderlos antes de que el efecto de la novedad y la exclusividad se agote. Porque el lujo solo funciona mientras excluye. Y el día que demasiadas personas consiguen acceder a sus símbolos, las elítes simplemente fabrican unos nuevos.