La fatiga de los museos

Son días de concretar viajes y comprar entradas para los museos de los destinos elegidos para no hacer cola. Las visitas a los grandes espacios de arte se han convertido en una obligación. La fotografía de la obra maestra por excelencia de la ciudad, ya sea La Gioconda, los Girasoles de Van Gogh, el Beso de Rodin o l’American Gothic de Grant Wood devienen una prueba de la visita. Es la garantía de la presencialidad. El cuadro o la escultura que justifica la cola y la entrada son el objetivo a cumplir. No es tan “mirad esta maravilla” sino el “ya estoy aquí”.

Pero las peregrinaciones masivas a los museos tienen una imagen complementaria que no sale en las redes sociales: el espectador exhausto y saturado. Un montón de gente sentada en las escaleras de la salida de los museos, chiquillos tirados en bancos de mármol que han perdido el interés por el recorrido, y visitantes que aprovechan que el vigilante ha ido a estirar las piernas para sentarse en su silla. Los hay que se tragan tres veces en bucle el vídeo divulgativo para descansar en los pufs un rato más. Los que siguen las explicaciones de un guía, se lo escuchan con las manos en la riñonada o desarrollan una acentuada curva praxiteliana cargando sobre la cadera el peso del agotamiento.

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Si los primeros cuarenta y cinco minutos de visita eran una experiencia estimulante, a partir de la hora los turistas comienzan a acelerar el paso. Atraviesan las salas a toda velocidad y con una mirada dan por observados quinientos años de la historia del arte. Como mucho, una selfie rápida servirá para cumplir el expediente con ese sentimiento de culpa por no haber participado del ritual contemplativo que se espera de un visitante sensible.

Acabar con la sobrecarga visual

Si son víctimas de estas prisas, deben saber que no es culpa suya. Es de ellos. Del museo. Y de un fenómeno que en 1916 ya describió el intelectual norteamericano Benjamin Ives Gilman. Vinculado de una manera muy estrecha al Museum of Fine Arts de Boston, estudió sistemáticamente la manera en que la gente observaba las obras de arte. Atribuyó a la incomodidad del visitante y el cansancio físico y mental el concepto de museum fatigue, la fatiga del museo. El fenómeno está relacionado con la sobrecarga visual, el agotamiento cognitivo y la dificultad de concentración. Desde entonces, diferentes autores han ido ampliando la teoría y han concretado los factores de influencia que desinflan al visitante. La museología contemporánea ha estudiado los elementos que mitigan la fatiga transformando los espacios, dividiendo las salas, redistribuyendo las obras según diferentes criterios de percepción, limitando las piezas o planteando zonas de esparcimiento alternativas. También se ha modificado la iluminación, la dureza y el color de los materiales del suelo y los sistemas de señalización para reducir el esfuerzo del desplazamiento. Lo han complementado con audioguías sensoriales y otros métodos creativos para ofrecer información de una manera más amena.

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La presión por demostrar que se ha devorado y disfrutado de toda la oferta de una ciudad contrasta con la pérdida de la capacidad de atención global. La presencia estrictamente testimonial se ha convertido en más importante que la emoción individual. Vivimos inmersos en una sociedad adicta al scroll del móvil. Estamos ávidos de fotografiarlo todo, pero no invertimos más de tres segundos ante las imágenes. En los museos nos acabarán instalando cintas transportadoras como las de los aeropuertos. Pasillos móviles que atraviesen todas las salas para desplazar de manera uniforme al público. Un viaje ligero y sin pausa que garantizará un recorrido completo, primera fila ante la obra de arte y una duración bien calculada del trayecto para evitar el desgaste. Y si después quieres dedicar un rato a la contemplación de la obra de arte, ya te mirarás la foto del móvil cuando estés en casa.