Me gusta ser una mujer madura

En uno de los aproximadamente cien mil grupos de WhatsApp de amigas de los que formo parte (y que tienen tantas mujeres, especialmente en la madurez), pasamos un buen rato discutiendo sobre una publicación de Instagram que anunciaba que la juventud ya no es una edad, es una energía. El titular es buenísimo ya primera vista lo compré a pies juntillas. Yo misma tengo cincuenta y seis años y me siento energéticamente joven. Y lo pienso todos los lunes, porque me gusta empezar la semana con una pequeña locura: ir al gimnasio a la clase de levantar pesos de las siete de la mañana. Siempre me han dicho que tengo mucha energía y como ven, la cosa no ha disminuido con la edad. Me duelen más las manos (artrosis), me quejo de vez en cuando de la cadera (eso la trocanteritis que quiere volver), necesito férula dental para no cargar la mandíbula por la noche, tomo quinientos suplementos para prevenirlo... Sin embargo, me siento llena de vida. Y me dije que quizás sí que la publicación tenía razón y pertenezco a lo que ahora llaman the new young, el mid life en expansión.

Pero entonces leí uno de los comentarios de la publicación donde se cuestionaba que tuviéramos que adivinar la palabra "juventud" a todo lo que tiene que ver con sentirse vivo más allá de los treinta años, y apostaba por resignificar el concepto de vejez y madurez. El comentario me hizo pensar y me di cuenta de que nunca había hecho tanto deporte como ahora. Ni había tenido tantas ideas. Ni ganas de hacer y deshacer. O ganas de no hacer nada desde la seguridad y el aplomo del aquí me planto. Y decidí que el hombre que había escrito el comentario estaba en lo cierto. Él no lo escribió pensando en las mujeres, pero yo sí. Y declaré que ya basta con disfrazarnos con la palabra juventud para esconder que somos mujeres maduras que un día serán viejas, si las Diosas de la Santa Longevidad lo permiten. Y somos mujeres con la energía pletórica de la madurez. Conscientes de que lo somos y que tenemos nuestros derechos.

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El derecho a que no nos encasillan en la pasividad, por ejemplo. El estereotipo que nos han vendido de mujeres en retirada, sin ganas de protagonismo, en la placidez de la etapa prefinal de la vida, ya se le puede joder quien quiera por el forro del pantalón. Ahora mismo no conozco ni una de este tipo. Todas las mujeres maduras que me rodean están metidas en mil follón (aparte de que deben hacerse cargo de hijos, padres, algún nieto...) Y entre todas podrían hacer funcionar mil macrocentrales hidroeléctricas.

A mí me gusta ser una mujer madura. Supongo que en esto tiene que ver el hecho de que fuera una entusiasta de la serie Las chicas de oro. Por mucho que el título parezca el equivalente a hablar de vejez, de hecho tres de las protagonistas representaba que eran mujeres en la cincuentena. Ahora la serie creada por Susan Harris se nos queda corta, pero estas mujeres maravillosas, lenguas largas, irreverentes e independientes, nos abrieron camino y nos mostraron que la madurez es una etapa energética. Y brillante, tanto o más que el oro.