Especial RCR

Rafael Aranda, Carme Pigem i Ramon Vilalta: "Nos interesa la Arquitectura con mayúsculas: no solo construir, sino comprender el mundo, ir al origen de las cosas"

Fundadores de RCR Arquitectes

27/06/2026

La entrevista tiene lugar en la antigua fundición Barberí de Olot, convertida en estudio y centro vital de RCR Arquitectes. Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta hablan del regreso a Olot, de la decisión de trabajar siempre juntos, del paisaje como aliado, del Pritzker como libertad y responsabilidad, y de la Vila como proyecto cultural y vital.

Estamos en la antigua fundición Barberí. ¿Qué significa para vosotros?

Rafael Aranda: Estamos en una antigua fundición de campanas, una fundición artística. Durante muchos años habíamos dicho Barberí, pero parece que el nombre correcto es Barberi, según los registros. Antes los fundidores de campanas iban al lugar donde había que hacer la campana. No es que la hicieran y la enviaran: se desplazaban y la construían allí. La familia Barberi llegó a Olot para hacer campanas y aquí acabaron instalándose.

Ramon Vilalta: Hay noticias de la familia desde 1554, en registros bautismales. Parece que crearon una estirpe que ha llegado hasta ahora. Este espacio no es el lugar original de la fundición; antes estaba en otra calle, pero este edificio es de principios del siglo XX, hacia 1904. Son calles que salían del centro de Olot y conectaban el núcleo con el exterior.

¿Cómo llegasteis?

Ramon Vilalta: Visitamos el espacio y estaba ruinoso, decadente. Entraba vegetación por la nave. Pero nos robó el corazón. Ya no pudimos quitárnoslo de la cabeza. Durante años no lo veíamos económicamente viable, pero finalmente lo pudimos comprar y empezamos a involucrarnos. Y ahora estamos aquí.

Rafael Aranda: Antes habíamos estado en un piso en el centro de Olot, en el Firal. Siempre habíamos tenido el sueño de trabajar en un lugar próximo al paisaje. Nos habíamos planteado hacer alguna pieza o buscar una casa en los alrededores, más en contacto con la naturaleza. Cuando vimos Barberí, entendimos que aquí era posible todo: tener la sensación de estar en un paisaje y, a la vez, mantener la parte práctica de estar cerca de la ciudad.

¿Una de las decisiones más importantes de vuestra vida fue volver a Olot después de acabar la carrera en la Escola del Vallès?

Carme Pigem: Sí, seguro. Pero no fue una decisión muy meditada. Fue natural. Fue acabar los estudios y volver a casa. Ha sido muy definitoria de todo lo que hemos ido haciendo, pero en aquel momento no la vivimos como una gran decisión estratégica.

Ramon Vilalta: Ni nos lo preguntamos. Era directo. Durante los años de estudio, cada fin de semana volvíamos a Olot.

Rafael Aranda: Nosotros no éramos como mucha gente que estudiaba con nosotros y que no tenía ningún problema en quedarse el fin de semana en Barcelona. Yo debí quedarme uno o dos fines de semana allí en seis o siete años. Estaba deseando que llegara el fin de semana para venir aquí. Algo pasa con este lugar.

Carme Pigem: Cuando se acabaron los estudios, el último fin de semana volvimos a Olot y ya no nos fuimos.

¿Olot ha sido para vosotros raíces y alas, como el título de la exposición que tenéis ahora en el Museo?

Ramon Vilalta: Sí. Con los años uno da más valor al hecho de sentirse deudor de un lugar donde ha crecido y se ha formado. Al mismo tiempo, este mismo lugar nos dio una apertura para crecer, para tener alas.

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Carme Pigem: Nosotros hemos comprendido el mundo desde aquí. Eso va con nosotros, con nuestra manera de ver las cosas. Pero no ha sido una mirada cerrada. Olot siempre ha tenido una parte artística muy fuerte: el vínculo con el paisaje, la Escuela de Bellas Artes, las indianas, el Museo de los Santos... Había una cultura del paisaje y de las artes. Desde aquí hemos entendido el mundo.

Rafael Aranda: Volvimos a Olot con la voluntad de hacer, desde aquí, la arquitectura máxima que pudiéramos hacer. Nos interesaba la Arquitectura con mayúsculas: no solo construir, sino comprender el mundo, ir al origen de las cosas.

Y quedaros en Olot os dio concentración...

Carme Pigem: Muchísima. Estuvimos bastante aislados de la vida social de la profesión: encuentros, redes, eventos... Nosotros trabajábamos aquí. Al principio trabajábamos 365 días al año, mañana, tarde y noche. No era una decisión de decir “nos queremos aislar del mundo”; era una obsesión por trabajar, por aprender, porque veíamos que sabíamos poco. Olot nos lo permitió. En las capitales pasan más cosas y te puedes distraer más.

Ramon Vilalta: Las cosas las tienes que probar y ver si te tiran. Nosotros no hemos distinguido nunca mucho entre trabajo y vida. Ahora se habla mucho de separar una cosa de la otra; nosotros no lo hemos sentido así. La arquitectura era vida.

Rafael Aranda: Y tan importante como volver a Olot fue hacerlo juntos. En aquel momento todavía habría sido posible que cada uno tuviera su despacho. Pero desde el primer momento creímos que era más importante ir juntos.

¿Cómo se trabaja a tres?

Rafael Aranda: Al principio cada uno tenía su mesa de dibujo. Era lo natural en una escuela de arquitectura: cada uno trabajaba en su tablero. Pero llegó un momento en que nos dimos cuenta de que teníamos que estar los tres alrededor de una misma mesa. Aquel fue un gran cambio.

Carme Pigem: Sucedió después de un viaje a Japón, en el año 1990. Habíamos ganado un concurso nacional y una empresa japonesa nos invitó. Nos dejaron un rincón para trabajar y vimos que aquello funcionaba muy bien: estar juntos, compartiendo el trabajo en el mismo espacio. Cuando volvimos a Olot decidimos hacer una mesa única para los tres. Ha sido un acierto. Ya no tienes que quedar para hablar: siempre estás trabajando y cualquier momento es bueno para compartir.

Ramon Vilalta: Antes ya pasábamos los dibujos de una mesa a la otra, trabajábamos con papel vegetal, con capas. Pero la mesa compartida hizo evidente otra cosa: que compartir no significa perder, ni tener que ceder cada uno una parte para llegar a un punto medio. Nosotros lo hemos visto al revés: del diálogo tiene que salir algo superior. El todo es mucho más que la suma de las partes.

Carme Pigem: También hay una parte muy práctica. La arquitectura son procesos muy largos y hay momentos de cansancio. Cuando uno está cansado, el otro puede poner energía. Hay cosas que a uno le cuestan menos que a otro. El acompañamiento funciona creativamente y también prácticamente.

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¿Cómo os marcó la Escuela de Arquitectura del Vallés?

Rafael Aranda: Mucho. Para nosotros era casi una prolongación del instituto. No entrabas en un gran edificio institucional, sino en unos pabellones prefabricados conectados por exteriores cubiertos, en un lugar entre Sabadell y Terrasa, un poco perdido, con un bosque cerca. Teníamos la sensación de estar en una comunidad.

Carme Pigem: Recuerdo que llegué tarde a matricularme porque era muy difícil llegar. Me vieron tan cansada que me dijeron: “De acuerdo, te matriculamos igualmente”.

Rafael Aranda: También había profesores jóvenes, con poca distancia generacional con nosotros. Algunos solo nos llevaban una carrera. Esto lo hacía todo diferente. No existía tanto la idea de las grandes figuras que imponen una sombra muy grande.

Carme Pigem: Y el momento era muy especial. Veníamos del final del franquismo y del comienzo de una etapa de energía enorme, de querer construir, de querer hacer el mundo mejor. En Barcelona se vivía el ambiente preolímpico. Nosotros estudiábamos arquitectura en un momento de euforia y de mucha energía.

Siza dijo que "El lugar es el cliente más difícil". ¿Hablamos del paisaje?

Carme Pigem: Para nosotros el lugar no es el cliente difícil: es el gran aliado.

Ramon Vilalta: Siempre decimos que, si escuchas bien, el lugar habla. La arquitectura debe dialogar con el lugar. La palabra es dialogar. No se debe someter al lugar ni imponerse a él. Cuanto mayor es la simbiosis con el lugar, más poderoso es el resultado.

Carme Pigem: El lugar es un aliado porque te obliga a revelar sus potencialidades y a mitigar sus problemas. Esto hace que la pieza de arquitectura sea única. Cuando hablamos de paisaje no hablamos solo de una montaña inmaculada. El lugar puede ser un edificio existente, puede ser un entorno urbano, una cultura, una memoria. Tiene un abanico muy amplio.

Rafael Aranda: El lugar tiene una dimensión objetiva, con parámetros que puedes estudiar, pero también tiene un sentimiento. Nosotros creemos en el genius loci (el espíritu del lugar). Un lugar lo has de sentir. Hemos ido a los lugares intentando sentir qué nos pedían. Y esto es lo que decimos a la gente joven que viene a nuestros workshops: un arquitecto ha de aprender a sentir.

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¿Esta idea de sentir el lugar está en el centro del proyecto de la Vila?

Carme Pigem: Sí. La Vila es un lugar para vivir una experiencia en el espacio.

Ramon Vilalta: Si somos capaces de salir de nosotros mismos y abrazar a mucha gente y mucha transversalidad, la Vila puede devenir un impulsor de un momento cultural en Cataluña. La idea es ir lejos acompañados.

Rafael Aranda: Hay escuelas de arquitectura que no miran el lugar: construyen edificios. Nosotros hemos llegado a la conclusión de que lo que nos gusta es hacer paisajes. Aunque hagamos edificios, los entendemos como paisajes, porque entendemos la arquitectura desde la globalidad del paisaje.

Ramón Vilalta: Es una arquitectura que no se vincula al lugar como un objeto, sino como un ecosistema. Abraza el lugar, dialoga con él, se funde en él. Cuando el entorno es natural, como ocurre en la Vila, la arquitectura deja de ser un espacio inerte: hay luz, naturaleza, animales y personas. Y las personas no son espectadoras; forman parte del espacio. El espacio se vive cuando la persona está en él.

Carme Pigem: El espacio es donde se desarrolla la vida. Ninguno de nosotros escapa de él: la escuela, la casa, la calle, el parque... La vida la hacemos de espacio en espacio. Por eso la calidad de los espacios incide directamente en la calidad de vida de las personas. A menudo no somos lo suficientemente conscientes.

Rafael Aranda: En la Vila hay una idea fundamental: el valor de lo no construido, del aire, del vacío. La Vila debe explicar el valor del vacío, el espacio hecho sin necesidad de cierre.

Después del Pritzker, ¿habéis podido continuar haciendo arquitectura no monumental? ¿Pesa mucho, el Pritzker?

Rafael Aranda: Pesa, sí. Pero compartir el premio entre los tres también ayuda mucho. Cuando lo recibimos nos preguntamos: “¿Y ahora qué?”. Te puedes emborrachar con un reconocimiento así.

Ramon Vilalta: Tom Pritzker nos llamó antes de que se hiciera público y transmitió que esperaba que el premio fuera positivo. Pero estas cosas pueden pesar.

Carme Pigem: Pesa sobre todo en una cosa muy práctica: cada día llegan cinco o diez correos pidiendo cosas diferentes. Tienes que estar valorando constantemente qué aceptas y qué declinas. El 90% tienes que decir que no. También sientes una responsabilidad: si han reconocido lo que hemos hecho, no se trata de que ahora lo hagamos al revés. No puedes bajar el listón. Pero también nos ha dado libertad: nos ha permitido elegir más el trabajo y tenerlo.

Rafael Aranda: Te da la libertad de no estar obsesionado con encontrar proyectos.

Carme Pigem: Nosotros no hemos cambiado, pero sí que ha cambiado la percepción de los demás sobre nosotros. También nos ha ayudado con la Vila, porque nos ha abierto puertas. Estamos contentos y orgullosos del Pritzker, pero pesa.

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Ramon Vilalta: Siempre hemos trabajado con una palabra: equilibrio. No como una cosa estática, sino dinámica. Puedes ir al extremo, pero tienes que tener la capacidad de volver al centro.

Rafael Aranda: Y si una cosa pasa por el filtro de los tres y estamos de acuerdo, nos da tranquilidad.

¿Si tuvierais que decir qué aporta cada uno, qué diríais?

Carme Pigem: Es difícil, porque hemos ido cambiando. No siempre aportas lo mismo.

Ramón Vilalta: También depende del momento. Pero es cierto que somos muy diferentes y que el equilibrio viene de ahí. Lo que importa es que esta diferencia no nos separa, sino que genera una cosa común.

En este taller tenéis un espacio que denomináis el espacio de los sueños. ¿Qué es?

Ramon Vilalta: Era un espacio del taller que estaba muy estropeado, con una cubierta de teja deshecha. Lo alzamos mucho y lo deprimimos hacia abajo, de manera que desde dentro ves la naturaleza, el jardín, y el espacio te estira. Es un lugar para ir lejos, para inspirarse, para discutir sobre los temas. El espacio te abre. Por eso lo llamamos el espacio de los sueños.

¿Todo empieza con un sueño?

Ramon Vilalta: Sí. Si no sueñas, te mueves solo en el terreno de lo que ya conoces. Solo cuando te atreves al riesgo y a hacer las cosas como las sientes puedes llegar más lejos. Nosotros no nos hemos volcado mucho en hacer lo que veíamos hacer a los demás, sino lo que sentíamos. Esto nos ha dado una manera de percibir el mundo. Al final, no hay una realidad única: cada uno construye su realidad desde el momento que le toca vivir.

¿Han trabajado en Taiwán, México, Oriente... Si para ustedes el lugar es también cultura, ¿cómo se afronta un proyecto en una cultura muy diferente?

Rafael Aranda: Precisamente haber aprendido a entender el lugar desde aquí nos hace más fácil ir a otros lugares e intentar sentir qué nos piden. Pero esto exige profundidad. Cuando entramos en una cultura, intentamos formarnos, entender sus parámetros. Nos interesa mucho y nos apasiona.

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Carme Pigem: Nos gusta descubrir y formarnos. No hemos sido arquitectos especialistas en escuelas, hospitales o un único programa. Nos ha gustado trabajar en cosas muy diferentes y en culturas distintas porque eso nos enriquece. Si haces una bodega, aprendes cómo se hace el vino. Si trabajas en un país, la conexión es mucho más profunda que si vas de turista. No nos interesa pasar por encima de las cosas. Nos gusta ir al origen y entenderlas a fondo.

Ramon Vilalta: Cuando profundizas en culturas diferentes, buscas la esencia, y al final las esencias se encuentran. La cultura nos hace diferentes y eso es un valor. Pero también hay una base común. Trabajar en lugares tan diferentes nos ha dado más capacidad para comprender el mundo y las cosas que pasan.

Rafael Aranda: Los proyectos que hacemos pertenecen al lugar donde están. Tienen nuestra alma, pero responden a aquel lugar. No somos una oficina que aplica un catálogo de recursos. Cada proyecto tiene vida propia: materialidad, detalles, lenguaje. Todo sale del mundo que pide aquel proyecto.

¿La actitud es la misma para hacer un edificio corporativo, una estación, una casa, una silla o un libro?

Rafael Aranda: Sí. Para nosotros no hay una separación del tipo ahora hacemos interiorismo, ahora hacemos arquitectura, ahora hacemos un objeto. Es un todo.

Ramon Vilalta: La esencia es la misma. Cambia la escala y cambian los instrumentos, pero la actitud es muy similar.

¿La escala de los proyectos os ha desbordado en algún momento?

Carme Pigem: La escala, no.

Rafael Aranda: Hemos intentado entender cada escala. El territorio, un chiringuito, una silla... Cada escala requiere unos parámetros. Hay arquitectos muy buenos en una escala a quienes otra les cuesta. Nosotros hemos intentado movernos en todas.

Ramon Vilalta: La Escola del Vallès nos dio un aprendizaje generalista. Aprendimos a movernos en el territorio, en escalas grandes, pero también en el detalle de una silla.

Rafael Aranda: La Escuela de Barcelona tenía también esta tradición del diseño del centímetro cuadrado. A nosotros no nos gusta caer en el diseño como gesto, pero sabemos llegar al centímetro cuadrado.

¿La comodidad está sobrevalorada?

Carme Pigem: (ríe) Es cierto que nosotros no somos los arquitectos que hacen las cosas más cómodas. Pero somos personas austeras en nuestra manera de vivir y eso también aparece en la arquitectura.

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Rafael Aranda: Si puede salir agua sin ningún elemento visible, mejor. Nos gusta esta idea: una solución esencial, casi arcaica, pero con la sofisticación necesaria para que funcione.

¿Cómo entra la tecnología en vuestra arquitectura?

Ramon Vilalta: En Barberí hay un lavabo que expresa muy bien esta idea. Es sofisticado tecnológicamente, pero no lo ves. Te acercas y sale el agua de la pared hacia el jardín. La tecnología está ahí, pero no se exhibe. Nos gusta aprovecharla al máximo sin ponerla en evidencia.

Carme Pigem: La tecnología nos interesa si nos permite conseguir más esencialidad. Las cosas muy esenciales pueden tener pocas prestaciones, y la tecnología puede ayudar a darlas sin hacerse evidente. La tecnología debe estar al servicio de esta esencia.

Los materiales son centrales en vuestra arquitectura: el acero, la tierra volcánica, las texturas, los colores. ¿Qué buscáis en un material?

Carme Pigem: Nos interesa que las cosas tengan vida. No nos gusta el color plano, la pintura aséptica. Nos gustan las rugosidades, los materiales que dialogan con la naturaleza. El acero nos empezó a interesar por diversos motivos: por el color, por su precisión –se trabaja en milímetros– y porque nos permitía hacerlo casi todo con un único material: estructura, cerramiento, mobiliario.

¿Por qué es importante trabajar con pocos materiales?

Carme Pigem: Porque si hay un solo material, el material no te distrae. No tienes el rojo, el blanco, el amarillo, una cosa aquí y otra allá. El material crea una atmósfera y te permite sentir mejor el espacio. No hablamos de monotonía: un material puede expresarse con muchos matices.

Ramon Vilalta: También nos interesa que el tiempo haga vivo el material. No nos gustan los materiales inertes. Nos gusta que la pátina del tiempo los transforme.

Carme Pigem: Es la honestidad del material.

Rafael Aranda: La autenticidad. Y de aquí sale la serenidad. Con estos conceptos no hace falta mucho más.

¿Qué os gustaría que fuera la Vila de aquí a treinta años?

Ramon Vilalta: Nos alcanza en un momento maduro y nos gustaría que la Villa nos trascendiera. Que fuera un movimiento compartido, creativo, de investigación sobre el espacio y sobre el valor de la arquitectura en la sociedad. La arquitectura es una disciplina difícil de comprender y de hacer, pero puede incidir mucho más en la vida colectiva. Nos gustaría que la Vila generara un momento álgido, creativo, en lo que respecta al país, que enriqueciera el territorio y abriera soluciones nuevas.

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Carme Pigem: A mí me gustaría que cada persona que fuera allí se sintiera transformada por la experiencia del lugar. Quizás "transformada" es una palabra demasiado grande, pero sí que le quedara una huella, que fuera una experiencia significativa en su vida. Ya pasa con algunos cursos: hay gente que viene una semana y lo vive como un hecho vital importante.

Rafael Aranda: Toda la gente que ha pasado por nuestros workshops y por nuestro entorno nos lo dice: se van con una parte de esta experiencia incorporada a su vida. El espacio les hace pensar.

Pero muchos jóvenes arquitectos viven hoy en ciudades donde apenas pueden pagar una habitación. ¿El mundo no va en contra de estos valores de silencio, vacío, apertura y tiempo?

Carme Pigem: Sí, seguro. Pero el mundo tiene que cambiar mucho.

Ramon Vilalta: Hay que reivindicar. Es un momento de lucha. El mundo da un salto adelante muy importante y todo esto es debate. Pero debemos rebelarnos.

¿Resistencia?

Carme Pigem: Sí, resistencia y rebelión. Nosotros no hemos seguido lo que se suponía que se debía hacer. No hace falta seguir siempre lo que te están diciendo que debes seguir. Puedes buscar otras vías. Y estas otras vías no tienen por qué ser sofisticadas o rebuscadas. A menudo consisten en ir al origen, a aquello más sencillo, a lo que es esencial. Cada vez que hay un problema, añadimos una norma o un protocolo. Quizá deberíamos borrar la mitad y volver al origen para encontrar respuestas que nos convengan más a todos.

Ramon Vilalta: Es una actitud rebelde. El mundo de hoy te interpela. Puedes dejarte llevar o puedes rebelarte contra esta inercia. Más que nunca, la rebelión es necesaria.

¿Qué mensaje transmitiríais hoy a unos estudiantes de arquitectura?

Rafael Aranda: Que lo más poderoso son las ideas. Que los sueños son posibles. A nosotros esto nos ha guiado siempre. No era fácil volver a Olot cuando Barcelona estaba construyendo la ciudad del 92 y había tanta energía profesional allí. Pero vinimos aquí y empezamos soñando muchísimo.

Ramón Vilalta: Y creyendo que los cambios son posibles.

Rafael Aranda: También hemos intentado ser muy libres. Queríamos ir alcanzando grados de libertad. Y esto no es fácil, ni ahora ni antes.

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¿Es más difícil ahora?

Ramón Vilalta: Quizás sí, pero no se debe mirar solo si es más difícil o más fácil. Hay que mirar qué dimensión quieres dar a aquello que haces. Nosotros durante mucho tiempo ahorramos en lugar de cobrar más, para tener autonomía. Queríamos poder escoger, poder decidir si hacíamos o no hacíamos una cosa, y hacerla como creíamos que se debía hacer. Esto fue básico.

Rafael Aranda: Nuestra estructura ha sido construida sobre esta libertad. No hemos querido ser una gran oficina. Podemos decidir en cualquier momento qué hacemos y qué no hacemos. Después de cuarenta años, esto tiene un punto precario, pero nos gusta. Esta precariedad también nos da libertad.

Ramon Vilalta: El mensaje de la Vila es que los sueños son posibles. Depende de la voluntad que tengas, del amor que pongas y de hasta dónde quieras llevar una idea. También es muy importante ir acompañado. Una persona sola probablemente no puede sostener este pensamiento de la misma manera.

Carme Pigem: Hemos tenido mucha suerte. Pero también hemos trabajado mucho. La suerte siempre nos ha pillado trabajando. Y hemos tenido la suerte enorme de habernos encontrado y de haber podido compartir este camino.