Ni Prada ni Gucci: el nuevo bolso de moda es del súper

Un hecho fascinante del funcionamiento de las tendencias es que, por muchos expertos y agencias que se dediquen a predecirlas, siempre conservan un componente de imprevisibilidad. Sería como el vuelo de los estorninos, que podemos observar cómo se mueven, pero nunca sabremos quién decide el giro, la dirección o el momento en que se detienen. Y es que la moda, lejos de ser la suma de decisiones individuales, responde a dinámicas inscritas en un entramado social complejo. Es por esto que, mientras las grandes marcas invierten tiempo, dinero y equipos enteros para producir el it-bag de la temporada, de pronto aparece uno completamente anodino que, incomprensiblemente, concentra todo el deseo: el tote bag del supermercado de Trader Joe's.Por un lado, podríamos creer que se han arrinconado las aspiraciones ostentosas de escalada social en favor de una cierta practicidad democrática. Pero este consuelo dura poco: ¿por qué no ha pasado lo mismo con la bolsa del supermercado Bon Preu (Esclat) o de Condis? Es en este desajuste donde se hace evidente que la distinción no ha desaparecido, sino que se ha sofisticado. Ya no opera solamente a través del precio o de la ostentación, sino mediante códigos sutiles, en que el valor de un objeto depende tanto del contexto cultural como de su coste material.

La cadena norteamericana de supermercados Trader Joe's no es una gran superficie cualquiera. Orientada a una clase media urbana con capital cultural y sensibilidad estética, ofrece productos cuidados a precios asequibles. Con unas dimensiones más reducidas que las de los hipermercados convencionales, estanterías de madera que evocan el imaginario de la granja, una oferta casi íntegramente de marca propia con embalajes singulares y un personal vestido con camisas hawaianas, construye una experiencia de compra que simula proximidad, sostenibilidad y autenticidad. Ser cliente de Trader Joe's, en definitiva, te emplaza rápidamente en el imaginario de un consumidor con criterio, formación y posición. Y es precisamente este perfil el que da sentido al objeto y hace que la bolsa entre en circulación.Una bolsa que no aporta ninguna innovación formal, pero que está pensada hasta el detalle: una tote bag de lona cruda, con asas de colores y estética retro. Indudablemente, remite a los primeros modelos de tote bag que L.L.Bean diseñó en 1944 para transportar hielo y que después adoptarían mujeres de clase alta en escapadas marítimas. La bolsa del supermercado, pues, no es solo funcional: activa un imaginario de clase y estilo de vida tan deseable, hasta el punto que la reventa puede alcanzar miles de dólares y ya han aparecido versiones falsificadas.A todas estas capas se le añade otra: llevar una bolsa de supermercado de los Estados Unidos no remite tanto a un gesto de consumo como a una experiencia vivida. No sugiere simplemente que has viajado allí, sino que has estado el tiempo suficiente para haber hecho propia la cotidianidad. En este desplazamiento sutil, el objeto opera como marcador: te desvincula de la figura del turista gregario y te acerca a la del residente de mundo, alguien que no solo visita sino que sabe habitar. La moda de Trader Joe’s nos obliga a abandonar una idea demasiado simple del deseo contemporáneo: aquella que lo vincula exclusivamente al lujo visible y a la ostentación directa. Hoy la distinción ya no opera solo desde arriba ni circula en una única dirección. Se filtra, se desplaza y se reconfigura en objetos aparentemente insignificantes, y los carga de significados que solo se activan para quien sabe leerlos. Y es en esta sofisticación en la que una simple bolsa de supermercado puede funcionar como marcador social y en la que la moda deviene un espejo especialmente preciso de las complejas tensiones que estructuran nuestra sociedad.