Qué relación hay entre una prenda de Semana Santa y el Ku Kux Klan?

La Semana Santa, más allá de procesiones, misas, palmas y monas, despliega un repertorio de vestimentas que hemos aprendido a mirar sin ver. Piezas que, de tan familiares, han dejado de parecernos extrañas, pero que, si nos detenemos un momento, resultan profundamente insólitas y alejadas de cualquier forma de vestir cotidiana. Y entre las mantillas con peinetas, las túnicas de nazareno, los cíngulos o los mantos de las vírgenes, hay un elemento que se impone por su potencia formal y sus connotaciones simbólicas: la caperuza. Se abren las puertas de la catedral de Sevilla y comienzan a salir, en fila, los primeros nazarenos, rodeados por un olor intenso a cera e incienso. Túnicas, velas, y unos capirotes que se alzan, puntiagudos, por encima de todo. Los tambores marcan un ritmo seco y constante y los asistentes quedan expectantes, en un silencio contenido. A los nazarenos no se les ve la cara, solo los ojos, y la calle, por un momento, deja de ser un espacio cotidiano para devenir escenografía. El capirote ha cumplido su función: hacer desaparecer la identidad individual para ceder el protagonismo al santo que se adora. De esta manera, asegura a quien lo lleva ser visto sin ser reconocido y le permite entrar en la estructura del ritual, asumiendo una actitud de disciplina y entrega. Pero, ¿cuál es el origen de este sombrero tan extraño, que ha sobrevivido a siglos de historia?Su origen no es, en ningún caso, procesional, sino que nace como instrumento de penitencia pública entre los siglos XV y XVII, en el contexto de la Santa Inquisición. Los condenados eran exhibidos con sambenitos —una especie de túnica— y corozas —unos sombreros a menudo cónicos o puntiagudos—. Su función era claramente punitiva y ejemplarizante: hacer visible el pecado y humillar al pecador. Lejos de perseguir el anonimato, como ocurre hoy, se trataba de marcar el cuerpo y exponerlo públicamente.Será entre los siglos XVII y XVIII cuando se institucionalicen las procesiones de Semana Santa y la penitencia deje de ser impuesta para devenir voluntaria. En este nuevo contexto, la capa se resignifica: pasa a simbolizar la aspiración espiritual —con su proyección hacia el cielo—, la asunción de la disciplina religiosa y la centralidad del ritual por encima de la persona. Pero más allá de su morfología, hay una cuestión que aún incomoda más y que a menudo desconcierta a muchos visitantes: \u00b¿qué relación mantiene esta pieza con el Ku Klux Klan (KKK)?El KKK se fundó en 1865, después de la Guerra de Secesión, como reacción violenta contra la abolición de la esclavitud y con el objetivo de restaurar la supremacía blanca. Desplegó un régimen de terror e intimidación contra la población afroamericana, y para ello se dotó de una estética deliberada de autoridad y amenaza. Su iconografía —túnica blanca y caperuza puntiaguda— bebe de una mezcla de imaginarios, entre los que hay referencias fantasmagóricas, rituales y religiosas europeas. La coincidencia formal con la caperuza es evidente, pero su sentido es radicalmente opuesto. Si en el contexto de la Semana Santa el anonimato expresa humildad, penitencia y disolución del yo, en el caso del KKK sirve para garantizar la impunidad y ejercer la violencia colectiva. Una misma operación, la de ocultar la identidad, que puede servir tanto para someterse como para dominar.El Domingo de Pascua pone fin a la Semana Santa y, con ella, al tiempo de penitencia. El recogimiento se desvanece con la misma facilidad con que el nazareno se quita la caperuza. Pocos días después, en Andalucía, el calendario gira y se abre paso el jolgorio de la Feria de Abril: colores, volantes, lunas, cuerpos expuestos, flores en la cabeza, mantones de Manila... El contraste es tan inmediato que resulta difícil no preguntarse hasta qué punto aquello que hemos visto era una vivencia profunda o una teatralización compartida. Unas vestimentas que se activan y se desactivan como formas de organizar los cuerpos, el tiempo y el deseo.