Cada casa, un mundo

De ser una ruina a ser un hogar

Casa Entre Medianeras. Bouman Arquitectura. Victor Bouman (Girona)

13/02/2026

En una parcela estrecha del tejido histórico de Girona, allí donde las paredes medianeras se alargan como muros infinitos y la luz en el interior de los hogares parece siempre escasa, el arquitecto Víctor Bouman –al frente del estudio Bouman Arquitectura, con sede en Girona y Llançà– se encontró con una de ellas. escuchadas. Lo que había sido una vivienda entre medianeras larguísima y estrechísima, de más de treinta metros de profundidad por sólo cuatro y medio de ancho, era, cuando llegaron, una auténtica ruina: cubiertas derrumbadas, humedades persistentes, forjados y revestimientos dañados y una sensación nada ficticia de tubo oscuro e interminable.

La casa original se organizaba en tres cuerpos. El principal, alineado en la calle y antiguamente ya de tres plantas, la baja y dos pisos; un volumen posterior, en el fondo, de una sola altura; y, en medio de ambos, una pieza más estrecha que les conectaba con un patio alto y estrecho que actuaba casi más como una grieta que como un espacio habitable. Todo ello configuraba una arquitectura maciza, cerrada, con poca capacidad de respirar. Por eso la intervención partió de una idea clara: revertir la sensación de estrechez y llevar la luz hasta el último rincón del hogar. Pero también, y sobre todo, transformar la forma de vivir este hogar.

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Antes era un tubo; ahora es un recorrido. Para ello, Bouman rebaja la altura de los volúmenes interiores –que pasan a tener una y dos plantas– y abre un nuevo patio de tres alturas dentro del cuerpo principal. Un patio de luz. Así, a lo largo de los treinta metros lineales, se genera una secuencia de huecos que rompen la continuidad opresiva e introducen aire, vegetación y una mirada en el cielo y la luz que desprende.

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Una casa para atravesarla

Caminar es hoy una sucesión de entradas y salidas, de umbrales y descubrimientos. El pequeño patio central, atravesado por un corredor porticado de bóvedas y vidrieras, diluye definitivamente la idea de pasillo infinito. La casa se despliega en episodios, en atmósferas cambiantes dentro de la monocromía que da el aire sereno que reina. La luz entra de forma diferente a lo largo del día –vertical al mediodía, más rasante por la mañana y por la noche– y convierte los materiales en una especie de reloj doméstico que marca el paso de las horas.

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La distribución y los usos acompañan a esta narrativa espacial. En la planta baja, los espacios de día se abren a los patios –al que está a cielo abierto y al de luz con escalera y balcones– y también a la naturaleza doméstica. La cocina y la sala se relacionan con los vacíos verdes, y la vida cotidiana se esparce hacia fuera cuando el tiempo lo permite. En la primera planta se recogen las estancias de sus padres –habitación, baño y estudio–; la superior se reserva para los hijos. En total, unos 300 metros cuadrados repartidos en tres niveles que combinan intimidad y continuidad visual, con cruzadas visuales que conectan los diferentes momentos de la casa.

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Material con alma

Ahora bien, una de las decisiones más significativas del proyecto fue la de desnudar el edificio hasta encontrar su alma material. Al retirar revestimientos degradados, emergieron las medianeras de piedra de río y las bóvedas de pañuelo de baldosa cerámica –de ladrillo macizo y resueltas en tres capas–, que en esta casa aparecen con una fuerza inesperada y son una de las grandes presencias. Los nuevos refuerzos estructurales tampoco se escondieron, ni las vigas de hormigón hechas in situ, ni los apeos metálicos, ni los forjados de madera, ni las capas de compresión teñidas. Todos quedan vistos, contando la historia constructiva sin complejos, la más antigua pero también la más reciente.

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Y allí donde hubo que revestir se optó por morteros de cal en espacios servidos y microcementos o solados en zonas húmedas. Pero siempre en una misma armonía cromática. Así, la casa respira hoy una atmósfera monocromática, muy cálida y un punto terrosa: ocres, crudos de arena tostada y tonos de cal natural. Las blandas hechas a mano, tan perfectas en su imperfección, el hormigón ligeramente pigmentado y los enlucidos comparten esta gama que unifica pasado y presente, absorbiendo la luz con una suavidad casi táctil.

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En la fachada protegida, la de la calle, en cambio, apenas se intervino. Se ha conservado cómo era y se introdujo el azul –presente en el catálogo cromático de Girona– en puertas y ventanas, un tono que también encontramos en el patio. En el interior, el antiguo pavimento hidráulico con pequeños rombos azules y blancos se mantiene donde estaba, como en la entrada del hogar, como una alfombra alegre que da la bienvenida y establece un diálogo sutil entre la calle y la casa.

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Más allá del espacio, la vivienda funciona climáticamente gracias a su propia masa. Las medianeras gruesas y las bóvedas aportan una inercia térmica que mantiene el frescor en verano, reforzada con ventilación cruzada y lucernarios practicables que permiten que el aire caliente se escape por la cubierta. En invierno, el suelo radiante calienta la planta baja y los radiadores apoyan las plantas superiores, impulsado por un sistema eficiente de aerotermia.

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Pero más que los datos técnicos, lo que define la transformación de esta casa gerundense es la nueva experiencia cotidiana que se ofrece. Ahora la luz cae verticalmente por los patios, las plantas que suben los huecos, el paso bajo las bóvedas, la piedra que reaparece y el silencio templado que generan los grosores antiguos. De este modo, de lo que era un esqueleto abandonado y bastante derrumbado ha surgido una casa que se recorre, que se atraviesa, que se respira de forma natural y que se descubre así, poco a poco –como si siempre hubiera estado allí y siempre hubiera sido así, preparada para los nuevos tiempos.

La importancia de los patios

En una casa entre medianeras, como ésta que ha rehabilitado el arquitecto Victor Bouman en Girona, tan larga y estrecha (30 metros de largo por sólo 4,5 de ancho), la existencia y la creación de patios tienen una importancia primordial. Incorporar el pequeño patio central, a cielo abierto, en el recorrido de la casa aporta luz y aire. Y crear uno nuevo, como patio de luz, de vegetación y de comunicación visual y física con una escalera que sube hasta el pie de los lucernarios practicables es dar luz natural a todos los rincones del hogar, además de favorecer la ventilación de la vivienda.