Claudio Lauria: Tuvimos que quemar todos los libros en el patio de casa: podían ser la causa de tu muerte
Cineasta, fundador y presidente de Suncine
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Cuando era un niño le regalaron una cámara de Super-8 e hizo su primer corto con solo 13 años. Nacido en Rosario (Argentina), Claudio Lauria fue un cineasta “precoz”, que aprendió muy pronto el poder de movilización de un buen documental, en un momento en que la dictadura argentina prohibía cualquier forma de expresión cultural. Años más tarde, ya instalado en Cataluña, volvió a ser pionero cuando fundó el Festival Internacional de Cine de Medio Ambiente, hoy llamado Suncine y considerado el más antiguo del mundo de su género. Lauria se autodefine como "militante de la cultura, del cine y de la vida", y es en buena parte gracias a su militancia que el Suncine –que del 4 al 22 de noviembre celebrará su 33ª edición– acaba de ser declarado por el Parlamento catalán como un "evento cultural estratégico para Cataluña".
Te defines también como autodidacta del cine.
— He tenido muchos maestros. No están en mi recuerdo, están en mi cuerpo. Como Luis Bras, uno de los grandes cineastas de la animación no solo de mi ciudad, Rosario, sino del país, y del mundo. Él me enseñó muchos trucos y muchas cosas con una [cámara] Bolex de cuerda de 28 segundos. Yo tenía dieciséis o diecisiete años cuando lo conocí. Eran tiempos muy oscuros. Yo tenía una militancia activa. Proyectábamos una película documental de Pino Solanas que se llamaba La hora de los hornos, que estaba prohibida. Con un proyector de 16 mm y una sábana, íbamos por los barrios proyectándola, siempre perseguidos, obviamente. A veces, a mitad de película, teníamos que desenchufarlo todo y salir corriendo.
¿Eres activista?
— Videla me hizo militante a la fuerza. Mi hermano se exilió antes del golpe militar. Muchos compañeros desaparecieron, otros murieron, otros se exiliaron. Un día me desperté con los paramilitares dentro de casa, con 13 años, pegándole a mi padre, buscando a mi hermano. Podríamos haber muerto todos aquel día, pero no nos tocó. Recuerdo a aquel hombre, un fascista, un ignorante, que le decía a mi padre: «¡Así que no eres marxista!», y mi padre intentando explicarle que aquel libro que había encontrado no era del Marx que él creía, sino de Groucho Marx. Habíamos quemado todos los libros hacía un año en el patio de casa: un libro de historia podía ser la causa de tu muerte o desaparición.
¿Aquello cómo te marcó?
— Me marcó en todos los aspectos, porque para mí entonces el cine solo era documental. Mi mirada solo era documental, porque creía que mediante el cine podíamos transformar o al menos aportar un registro de lo que pasaba. No quiere decir que la ficción no lo haga, pero generalmente lo hace mucho después. El documental es un registro, es el documento, es aquí y ahora. Para mí el cine documental ha sido mi alma mater. Y lo empecé a descubrir a través de los ojos de Pino Solanas, de Jorge Pregorán, de Fernando Birri, de Octavio Getino, Costa-Gavras, entre otros.
Documental de denuncia, pues.
— O de fuerte contenido social, que explica historias humanas. A mí siempre me movilizan más las historias humanas y su relación con el medio, sea social o natural.
¿Cómo fuiste a parar al documental de medio ambiente?
— Fue mucho después. El germen del festival [Suncine] fueron unas jornadas de tres días en Buenos Aires donde convencí a Luis Bras de hacer una muestra de su obra. Me di cuenta del valor que tiene buscar y mostrar lo que hacen grandes talentos. Luis era introvertido y tímido y aquello fue un regalo porque no solía mostrar sus cosas. Luis ha sido un referente para mí, me ha aportado magia, me motivaba su talento y su manera de entender la vida. Pino Solanas me contagió la militancia. Y también tuve la suerte de conocerle personalmente, hice un taller en Buenos Aires con él. Me llevó a una ventana y me dijo: «¿Ves aquel árbol que hay ahí? Eso es el cine. Ahora, si coges este árbol, lo reduces a un bonsái y lo pones en la ventana del baño, eso es la televisión». Años después, me lo encontré cuando ayudé a montar el Festival de San Cristóbal de las Casas en Chiapas, y le pregunté si recordaba la historia del árbol y me dijo que sí.
¿Tú también prefieres el cine a la televisión?
— No es ni mejor ni peor, es diferente. Antes producir un documental era muy costoso, requería muchos recursos, ahora es más fácil. Con esto [señala el móvil] tienes suficiente calidad para grabar y comunicar masivamente. Pero lo que importa no son los formatos ni los soportes, sino las historias que cuentas. Si consigues emocionar, da igual que sea en pantalla grande o pequeña. Las buenas películas primero entran por el corazón y de ahí hacen el recorrido a la cabeza, no al revés. Por eso es bonito ver la película una segunda vez para hacer el recorrido inverso: de la cabeza al corazón. Entonces encuentras un montón de detalles que no habías visto.
Tú también has hecho televisión, de hecho.
— Durante la dictadura la escuela de cine estuvo cerrada. Reabrió el año siguiente a la caída de la dictadura, en 1984, pero estaba vacía. Nos pusimos a trabajar en televisión porque allí tenías los recursos que no había en la escuela. Creíamos que allí podríamos hacer cosas, pero nos dimos cuenta de que no podíamos hacerlo, porque la televisión es el bonsái que hay en la ventana del baño.
¿Qué quieres decir?
— Teníamos que hacer cosas que no nos interesaban. Y los fines de semana era cuando hacíamos lo que nos gustaba, como un documental que hice y que llegó a manos de Arafat, que se llamaba En Palestina nacerá la paz. Todavía tengo un pañuelo que él me envió de regalo.
¿Cómo vienes a parar a Cataluña?
— Necesité cambiar de aires, y mi hermano estaba aquí desde el año 75. Vine a Barcelona por cuatro meses y han pasado 38 años. Me puse a trabajar de camarero, y con los ahorros compré una cámara y empecé a grabar de todo, accidentes, lo que fuera, y lo vendía a la televisión. Le vendí durante un tiempo a Arús imágenes curiosas que se veían al final del programa. Trabajé para una productora cubriendo eventos deportivos para Televisión Española. Y con todo esto reuní dinero, compré una emisora y monté con dos amigos el Canal 29, que era la televisión local de Castelldefels. Y en aquellos años hice un corto que se llamaba No nos hundamos, que era una analogía de un barco que se había hundido con lo que nos estaba pasando en el planeta. Y decidí montar el festival.
Hablemos de 1993, ¿cómo se monta un festival de cine en aquella época?
— Es casi como producir una película, se hace un guion, se buscan los recursos... En aquel momento no había Google ni correo electrónico; todo era por fax y carta. Los primeros años fueron muy duros, fui a muchos festivales del mundo y me hice una base de datos de productoras de América y de Europa. Recuerdo que llevábamos a Correos unos 3.000 sobres con los reglamentos y la ficha de inscripción para enviar. Cada participante te hacía llegar un VHS que visionábamos; si nos gustaba, le pedíamos el Betacam o el U-matic. A veces no entiendo cómo lo pude hacer.
¿Quiénes erais?
— Comencé yo con Thomas Münzer, un chico alemán con quien trabajábamos haciendo vídeos y en la televisión local. Así nace el FICMA, Festival Internacional de Cine de Medio Ambiente, y empieza en Castelldefels, pero más tarde vino el alcalde de Gavà, Dídac Pestaña, que en paz descanse, y me propuso llevarlo allí. Fue la segunda edición y hubo un crecimiento brutal.
¿Cómo os financiabais? ¿Subvenciones?
— Sí, Gavà dio mucho apoyo, pero con los años fuimos consiguiendo publicidad. Cuando nos marchamos de Gavà, nos quedamos sin "hogar" y eso llegó a oídos del entonces presidente Jordi Pujol; me llamó y me invitó a verle. Me ofreció ayuda para buscar otra ciudad para hacer el festival, acabamos optando por Sant Feliu de Guíxols. Este festival le debe parte de su vida a Pujol, se diga lo que se diga ahora de él.
¿Por qué te especializaste en medio ambiente? ¿Pensaste que era un nicho que quedaba por cubrir?
— Claro, como festival de documentales solo estaba el de Bilbao. Creé un espacio en el festival que se llamaba Doc TV donde estaban las principales televisiones: National Geographic, el Discovery Channel de los Estados Unidos, Odisea, Documania... Venían cada año. Y eso nos transformó en un festival referente, nos puso en el mapa de los festivales de cine documental del mundo. Aquí se lanzó People+Arts, por ejemplo, el canal de Discovery, hace muchos años, con la película de ¡Viven!. Traje a Fernando Parrado, un superviviente. Fue la única vez en 33 años de festival que tuvimos que repetir una película al día siguiente.
¡Viven! ¿es medioambiental?
— ¿No te lo parece? Humanos sobreviviendo en plena naturaleza: te explica qué hacemos en los momentos límite, hasta dónde somos capaces de llegar. Una vez pusimos una película sobre las minas antipersona y al salir escuché a una mujer quejarse: «¿Y esto qué tiene que ver con el medio ambiente?». Me acerqué a ella y le dije: «Nosotros no la hemos engañado, porque cuando hablamos de medio ambiente, hablamos de la vida, también de la vida humana». ¿Por qué ha de tener más importancia la vida de un león que la vida humana? ¡Somos naturaleza! Todo es medio ambiente y todo se mueve con un motor que se llama vida. Y a partir de aquí construimos valores en defensa o no de la vida.
El documental de medio ambiente no son solo los reportajes de La 2 que ayudan a dormir.
— Lo que más trabajo nos ha costado ha sido romper estos tópicos. El tópico de que el medio ambiente es naturaleza, es ecología... No, el medio ambiente es una mesa con muchas patas, no solo la naturaleza o la ecología: también los derechos humanos, la parte cultural, la economía, también es una guerra. Hemos traído al festival diversas producciones de Leonardo DiCaprio, una de ellas era Checkpoint Zoo, que relata la evacuación de un zoo en Kiev durante los bombardeos rusos. Una producción que costó tres millones y medio de dólares. En el festival hemos premiado películas que han acabado en los Óscar como Virunga o recientemente Yanumi, ha pasado por allí gente como Jane Goodall, la familia Cousteau, Daryl Hannah, Fernando Trueba, Martin Sheen, Icíar Bollaín, Beatriz Rico...
¿En este tiempo has hecho tus propios documentales?
— Sí, hice uno sobre Pepe Figueres, que fue presidente de Costa Rica y construyó allí la democracia que es hoy, el país de los parques naturales y del pura vida, y que era hijo de catalanes, su padre era de Os de Balaguer. De él aprendí esta máxima de vida: “El que no vive como piensa, acaba pensando como vive”. Pero ahora hace 20 años que no filmo y tengo mucho mono, creo que el año que viene haré uno.