¿Qué tienen que ver cuatro elefantes y un camello con Donald Trump?

En octubre de 2019 se hizo viral una sesión del Folketing, el parlamento danés. A la primera ministra Mette Frederiksen, que llevaba cuatro meses asumido el cargo, le cogió un ataque de risa que se encomendó al resto del hemiciclo. Durante la apertura del debate parlamentario, Frederiksen tuvo que comunicar un gasto del gobierno: habían comprado a cuatro elefantes y un camello de un circo para que las bestias ya no fueran más explotadas. A los cinco animales les jubilaron juntos porque habían convivido durante muchos años y existía el riesgo de que la tristeza de la distancia afectara a su salud. En el momento de hablar de los cuatro elefantes y de su inseparable camello, Frederiksen se enrioló y ya no pudo parar. Cuando alguien tiene aspiraciones políticas elevadas se imagina que tendrá que intervenir en los grandes debates internacionales, tomar decisiones en conflictos geopolíticos, negociar equilibrios en la Unión Europea y gestionar decisiones que afectan a la economía, la seguridad y el futuro del país. Hablar de la amistad entre elefantes y camellos y de la logística de garantizarles una jubilación digna rompía los esquemas habituales de las intervenciones. Frederiksen era perfectamente consciente de que estaba contando una decisión gubernamental, pero parecía una broma. Ella misma se dio cuenta de la desproporción entre el aparato del Estado y la naturaleza prosaica del asunto. No se reían de las pobres bestias sino de la situación comunicativa. La formalidad propia de las intervenciones institucionales chocaba con las vicisitudes domésticas de los animales de circo. El resto de diputados, sensibles a la excepcionalidad de esas circunstancias, estallaron a reír cuando vieron que la primera ministra perdía el control de la situación.

No es nada habitual ver un parlamento entero riendo a la vez. Y seguramente por eso la escena se ha hecho memorable. Tanto que cuando Dinamarca se ha situado en el epicentro de la geopolítica a raíz de las reiteradas declaraciones de Donald Trump sobre la posibilidad de controlar Groenlandia, la escena del 2019 ha reaparecido en las redes pero completamente descontextualizada. Se hacía pasar la risa de la primera ministra danesa y el resto del parlamento como una supuesta reacción ante las pretensiones de conquista de Estados Unidos. La escena, con el contexto manipulado, es útil para construir una dimensión política que en realidad carece. Y el humor, en vez de ser espontáneo e inocente, pasa a formar parte de una real batalla.

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Quizás lo que hace tan seductora la manipulación de estas imágenes son nuestras ganas de ver el poder, sobre todo el de Trump, ridiculizado. En el fondo, nos gustaría creérnoslas. La risa colectiva siempre ha tenido esa facilidad para suspender temporalmente las jerarquías, de convertir al poderoso en ridículo, aunque sea por un instante. En el 2019, cuando esa sesión del parlamento danés quedó parada porque todos sus integrantes se reían a la vez, Mette Frederiksen podía ejercer un poder diferente: el de ser humana, vulnerable, capaz de perder las formas por lo que resultaba algo absurdo y tierno. Era tranquilizador. Como si no ocurriera nada más trascendente que aquello. Casi siete años después, nos quisiéramos tragar la fantasía de que aquella risa puede combatir la amenaza imperialista. La risa real de la primera ministra y de todo el parlamento entero no necesitaba entonces un enemigo para existir. Y, en cambio, lo que las redes se han inventado ahora, sí. Y tal vez esta diferencia sea la que nos dice más del presente que estamos viviendo.