Michael Carolan: "Los países ricos tienden a confundir abundancia en los supermercados con resiliencia alimentaria"
Doctor en sociología y experto en política alimentaria global
-
CAT -
ENG
BarcelonaMichael S. Carolan es una de las voces más influyentes en la política alimentaria global. Doctor en sociología y codirector del Instituto de Sistemas Alimentarios para la Universidad Estatal de Colorado de los Estados Unidos, en el año 2023 publicó la tercera edición de su libro El coste real de comer barato. La última versión, traducida al castellano por la editorial Raig Verd y distribuida a partir de 2025, aborda los grandes retos del sistema alimentario actual y las contradicciones de un panorama que promete accesibilidad y abundancia, pero que genera externalidades negativas que acaba pagando la sociedad y el medio ambiente.
El libro se publicó por primera vez en el año 2011, pero en el año 2025 se volvió a editar tras nuevas actualizaciones. ¿Las revisiones responden al caos geopolítico actual?
— Me resistiría a decir que la última edición es una reacción a una administración, una guerra o un momento geopolítico en particular. Desde el momento en que empecé este proyecto, mucho antes de las crisis actuales, un argumento se ha mantenido coherente: los precios bajos no son simplemente una propiedad de los alimentos. Es un logro de los acuerdos políticos, sociales y económicos que deciden qué costes aparecen en un recibo y qué costes se trasladan a los trabajadores, los agricultores, los ecosistemas, la salud pública y las generaciones futuras. Lo que ha cambiado a lo largo de las ediciones son las pruebas y la urgencia de este argumento. La pandemia, la invasión rusa de Ucrania, las interrupciones en las cadenas de suministro y el uso creciente de los alimentos, la energía y el comercio como instrumentos geopolíticos exponen vulnerabilidades que ya estaban integradas en el sistema.
En los primeros capítulos del libro se habla sobre cómo los países con más recursos, gracias a la globalización, han conseguido generar unas dependencias de las que los países de bajos ingresos no pueden escapar. ¿El comercio internacional es una amenaza?
— El comercio puede ser beneficioso cuando los riesgos se diversifican. En cambio, se vuelve peligroso cuando los países pierden capacidad de alimentar a su población, cuando no pueden permitirse importaciones durante una crisis de la moneda, o cuando dependen de una cartera poco variada de proveedores y de cosechas. Y estas dependencias se han producido a lo largo de la historia. El hecho no es que los países más pobres hayan sido pasivos, sino que las normas que rigen sus opciones han sido desiguales. Un país puede aparentar seguridad alimentaria cuando el grano es barato y los puertos están abiertos, pero continuar siendo vulnerable cuando cambian los precios, el tipo de cambio o la política.
En el libro también se menciona cómo las políticas de comida barata incrementan la probabilidad de conflicto y desorden global. ¿Algunas de las guerras activas son el resultado de estas políticas?
— Las guerras tienen historias complejas. Mi argumento trata sobre mecanismos que pueden incrementar la vulnerabilidad y el malestar social. Las políticas que perjudican a los pequeños productores elevan la deuda de los campesinos o fomentan la concentración de tierras y agua, y amplifican las consecuencias de la sequía, la inflación o la represión política. Y los incrementos repentinos de precios pueden ser catalizadores de protestas, aunque no son la única explicación de los conflictos.
¿Cuáles serían los principales efectos de las dependencias alimentarias sobre los países más pobres?
— Para los países importadores de bajos ingresos, la dependencia puede significar la exposición a picos de precios, movimientos del tipo de cambio y presión para obtener divisas a través de las exportaciones en lugar de satisfacer las necesidades nutricionales internas. Los pequeños agricultores se pueden encontrar compitiendo con productos importados cuyos precios reflejan subvenciones, ventajas de escala o poder de mercado en otros lugares. Con el tiempo, el ecosistema local, los sistemas de intercambio de semillas y el conocimiento agrícola se pueden debilitar. No obstante, las importaciones también pueden evitar escaseces y proporcionar alimentos que no se pueden producir eficientemente a escala nacional. La cuestión son los términos y la concentración de la dependencia, no las importaciones en sí mismas.
¿Y para los más ricos?
— Estos países se han beneficiado de precios más bajos para algunos productos y de la capacidad de obtener alimentos durante todas las estaciones. Pero los costos incluyen la vulnerabilidad a las interrupciones, la presión sobre los productores y trabajadores nacionales, las emisiones y los impactos ecológicos que se pueden desplazar al extranjero y la tendencia a confundir la abundancia del supermercado con la resiliencia. Incluso dentro de los países ricos, los hogares de bajos ingresos experimentan un sistema alimentario muy diferente al de los consumidores acomodados.
En el libro también se menciona que los países con más recursos han protegido su sector agrícola, contradiciendo su idea de los mercados libres globales. ¿Por qué invertir tantos recursos si se pueden obtener productos de otros lugares?
— Porque la comida no es una mercancía cualquiera. Un país que externaliza todas sus capacidades porque las importaciones resultan baratas acaba descubriendo que la reconstrucción es lenta y cara. La pregunta relevante no es si los gobiernos deben intervenir, sino qué se consigue con esta intervención y a quién beneficia.
En los países con más recursos, el campesinado a menudo se queja de que el apoyo económico recibido es insuficiente. ¿Es también este sector una víctima más del sistema alimentario actual?
— Muchos agricultores se encuentran atrapados en las mismas contradicciones que los consumidores y los trabajadores. Un agricultor puede ser muy productivo y, a la vez, precario en el ámbito económico, ya sea por el encarecimiento de los costes de producción, el poder de los compradores, el precio de la tierra y las fluctuaciones de los precios. No olvidemos que los precios bajos que tanto se celebran en la caja a menudo se consiguen presionando al productor.
¿Por qué se puede considerar negativo que la comida sea barata?
— Lo que critico es la comida barata a costa de excluir los costes del precio final. Si el precio de un producto no refleja la degradación del suelo, el agua contaminada, los salarios bajos o las enfermedades relacionadas con la dieta, entonces el coste no ha desaparecido, sino que se ha transferido a otra persona o a impactos futuros.
La lógica diría que una comida más barata es mejor porque más gente puede llenar la nevera.
— No es contradictorio decir que los bajos precios de los alimentos han ayudado a las familias con ingresos limitados. La contradicción aparece cuando tratamos los precios bajos como el único camino para alcanzar la seguridad alimentaria. Si la comida barata depende de una mano de obra mal pagada, puede contribuir precisamente a la inseguridad que presume solucionar. Al mismo tiempo, habría que diferenciar el precio de los alimentos del hecho de poder permitirse una dieta saludable.
En el libro también se menciona el Consenso de Washington, un programa que sostiene, entre otras cosas, que un sistema alimentario global será capaz de producir suficientes alimentos para todo el mundo. Y se añade que esto genera una falsa sensación de seguridad alimentaria.
— La ilusión de que los alimentos estén disponibles en algún lugar a precio de mercado no significa que todo el mundo los pueda obtener. El poder adquisitivo, las infraestructuras y el control de los recursos determinan el acceso. Y el hambre es un fracaso del control que tienen las personas sobre los alimentos, y no necesariamente un simple fracaso de la producción agregada. El comercio continúa siendo una herramienta importante, pero los mercados por sí solos no pueden garantizar la seguridad alimentaria.