Las cosas por su nombre en la economía del país

Las trampas al solitario de algunos economistas y políticos exigen que muchos otros tengan que estar atentos para no perder pie de la realidad económica en la que se quiere intervenir. Así, cuando nos dicen que se mejora la renta, y que aún mejora más la ocupación, nos dicen indirectamente que baja la productividad; a veces para dar a entender después que esta bajada se debe a la falta de esfuerzo de los trabajadores, ignorando el papel de los excedentes empresariales en los acompañamientos de la tecnología al trabajo. Igualmente, da pavor ver cómo algunos se enorgullecen de la creación de ocupación, a pesar de la elevadísima tasa de paro que España mantiene (y más tendría si computáramos bien el número de parados). Recordemos que se considera que los fijos discontinuos no son parados, a pesar de cobrar subsidio, y que, por tanto, hay que forzar el ingenio al calcular la población efectivamente ocupada.

Cuando se permite este artefacto estadístico, estar y no estar en el mercado de trabajo a resultas de la estacionalidad, por ejemplo en el sector turístico, se está subvencionando una actividad determinada que no aparece en los presupuestos y que bien querrían muchos otros que tienen negocios de temporada. Todo esto tiene efectos colaterales: haciéndolo se está inflando la ratio real de la productividad: salen de los indicadores valores del numerador (cuando la economía no produce) y desaparecen horas efectivas de trabajo de otro modo bastante ociosas. Si consideráramos todo el año, lo que pierde la empresa en temporada baja es poco (la economía está en recesión), respecto a las muchas horas no productivas desaparecidas del denominador de la ratio de la productividad. Y al revés en temporada alta: por las mismas horas el valor añadido es muy alto, artificialmente, ya que computa solo la parte buena del pastel.

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Como resultado, la política pública permite que la empresa no asuma las nóminas por los meses valles, pero sí que se apropia de la producción en la etapa pico. Esto no deja de ser un subsidio encubierto que pagamos entre todos. Recuperan aquellos trabajadores, más que nadie, sus cotizaciones, y ven las empresas sus costes completos aligerados. El resultado de todo esto es que cuesta explicar que haya comunidades en las que hay más gente parada recibiendo subsidios de todo tipo que número de parados registrados.

¿Por qué cuesta tanto que un trabajador de temporada, pongamos de la hostelería, contratado todo el año, haga pequeños trabajos de mantenimiento de carpintería, de construcción o de limpieza para la misma empresa, en lugar de acogerse a los subsidios públicos? ¿No deberían flexibilizarse los convenios para ese propósito, contra la economía sumergida y a favor de mejorar el derecho de los trabajadores a las pensiones por los periodos de paro ahorrados? ¿Tan complejo es para parados de larga duración ofrecer tareas en sectores que tienen falta de mano de obra, estacional o no, que no requieren pericia especial? ¿Seguro que no podríamos sustituir, con esos complementos, el estrés de los trabajadores ya ocupados en temporada alta, o la búsqueda desesperada de más inmigración, con todo el coste social que comporta (idioma, vivienda, escolarización)? ¿Cómo queremos hacerlo para los autóctonos con diferencias retributivas cada vez más estrechas entre vivir del welfare (sin trabajar formalmente, sin ingresos y subsidios de hasta 800 o 1.000 euros) y hacerlo desde el workfare (con sueldos netos de 1.500 euros como mucho para jóvenes ocupados)? ¿Alguien se sorprende de que muchas personas no busquen trabajar por ese diferencial? ¿O de que las bajas y el absentismo se concentren hoy en los más jóvenes, sanos, y no en los trabajadores más viejos, enfermos? ¿Por qué cuesta tanto, al menos en nuestro espacio social catalán, de reconocido mayor coste de vida, acordar con patronales y sindicatos una subida importante de salarios mínimos para que determinadas empresas puedan pagar unos salarios razonables que harían más atractiva la oferta de trabajo? ¿Y hacerlo colectivamente, por servicios no deslocalizables, sin buscar ser competitivos con salarios estrangulados desde convenios ajenos o con la presión a la baja de trabajadores frágiles recién llegados?

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Las inercias prevalecen en nuestra sociedad, desde la cultura, la manera de entender la vida, hasta los sindicatos, conservadores como nadie por el miedo a perder lo conseguido, y algunos empresarios que se ajustan al statu quo de su corto plazo, para salvar temporadas, al amparo del proteccionismo público, a pesar de perder su papel como instrumentos de progreso y bienestar.