La fábula energética de la cigarra y la hormiga
MadridLa fábula de la cigarra y la hormiga contrapone a quien pasa el verano entretenida sin preocuparse por el invierno –la cigarra–, con quien busca y guarda alimento para afrontar los meses de frío –la hormiga–. Cuando llega el mal tiempo, la primera se encuentra desprovista y le pide de comer a la segunda, que acaba compadeciéndose de ella. Durante los peores años de la Gran Recesión, esta historia sobrevoló Europa: el Estado y otros países del sur eran vistos como los que no hacían los deberes, mientras que los países del norte, con Alemania a la cabeza, eran las hormigas. El holandés Jeroen Dijsselbloem lo resumió así cuando era presidente del Eurogrupo en el año 2017: "No puedo gastarme el dinero en alcohol y mujeres y después pedir ayuda".
La invasión de Rusia a Ucrania y la consiguiente crisis energética rememoraron esta comparación, pero con la tortilla girada: "No se nos puede pedir recortar el consumo [de gas]. A diferencia de otros países, aquí no hemos vivido por encima de nuestras posibilidades energéticas", aseveraba la titular española de Energía, Teresa Ribera, el verano del 2022. Ribera no se refirió explícitamente a Alemania, pero todo el mundo la miraba por haber construido una fuerte dependencia del gas ruso, mucho más barato, y con el que alimentaba su industria. Cuando Vladímir Putin empezó a cortar el grifo a Europa, las alarmas saltaron hasta el punto que el gobierno de Olaf Scholz, con los Verdes dentro, abrió la puerta incluso a recurrir al carbón.
El gobierno español se sintió fuerte para presumir de un intercambio de los papeles de la fábula. Y ahora, en medio de la crisis energética derivada del conflicto en Oriente Medio, ha vuelto. Esta vez por boca del mismo presidente español, Pedro Sánchez, que no ha mirado a un socio europeo, sino al PP y a su impuesto al suelo: "Cada año de impuesto al suelo fue un año de esclavitud energética", ha afirmado durante el cónclave de la patronal eólica europea en Madrid. Un público cómodo a la hora de criticar las trabas a las renovables. Como hizo Ribera en 2022, Sánchez ha dicho que su gobierno no aceptará lecciones: "O turbinas [de aerogeneradores] o turbulencias", ha sido el eslogan.
La diferencia con hace cuatro años, pero sobre todo con la época de la Gran Recesión, es que parece ser la misma Unión Europea quien le da la razón, aunque de momento no le acompaña en la idea de un impuesto extraordinario europeo a petroleras y gasistas: "España es el ejemplo bueno, el alumno bueno", dijo hace unos días el vicepresidente ejecutivo de la Comisión Europea, el francés Stéphane Séjourné, durante una visita a Madrid y después de apelar a la necesidad de impulsar las renovables y reducir la dependencia del gas.
Justicia poética? Seguramente sí, pero como alumno –el apagón eléctrico de hace un año todavía nos dice que tenemos que aprender cosas– el Estado tiene deberes pendientes. A pesar de estar más protegido por el fuerte despliegue que ha hecho de las renovables –se nota en el precio de la electricidad y en la disminución de las emisiones–, continúa dependiendo fuertemente del petróleo y el gas (suponen el 70% del total del consumo de energía y solo un 20%, la electricidad), sobre todo del que proviene de los Estados Unidos producido a través del fracking, o de Argelia, una relación no siempre fluida por los equilibrios con Marruecos. También tiene pendiente resolver el puzle político, económico y social del calendario de las nucleares. Mientras tanto, en términos de transición energética mantiene como Talón de Aquiles de la energía verde la inversión en almacenamiento: una tecnología esencial para las renovables y que de los 22 GW que se quieren alcanzar en 2030, hoy apenas se tienen 9 GW. Por eso Sánchez ha aprovechado el acto de la patronal eólica, es decir, de quien decide dónde van las inversiones privadas, para prometer facilidades burocráticas, conexión inmediata a la red eléctrica y sobre todo rentabilidad económica: "Es el mejor país para invertir".
Dejando aparte la justicia, la otra pregunta es si puede hacer algo diferente un Estado que, aunque físicamente no es una isla, sí que lo es energéticamente. La clave de la conexión de España con Europa la tiene Francia, pero sobre eso Séjourné no habló. Sí que lo ha hecho Sánchez: "La electricidad no puede tardar 10 años en cruzar los Pirineos".