Hacia una alianza entre la UE y el Canadá
BarcelonaOjalá los libros de historia del futuro registren la fecha de este jueves 17 de septiembre de 2026 como el día en que se puso la primera piedra de la alianza entre la Unión Europea y Canadá. La excelente acogida del discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, ante el Parlamento Europeo invita al optimismo, así como la airada reacción de Donald Trump, que una vez más ha vuelto a amenazar con represalias comerciales. Y es que la política expansionista de Trump, que ha dicho que quiere incorporar a Canadá y Groenlandia a los Estados Unidos, mezclada con su estilo de matón de barrio y decisiones catastróficas para la economía mundial como la guerra de Irán, está empujando a todos los antiguos socios de Washington a buscar alianzas alternativas.
Así, Bruselas busca convertir a Canadá en el primer país con el estatus de "miembro asociado" a la UE, una relación en la que el país norteamericano pondría sobre la mesa la posibilidad de cooperar en ámbitos tan diversos como los minerales críticos, la capacidad industrial de defensa, la inteligencia artificial y la capacidad de computación, la seguridad energética y la educación (integrándose plenamente en el programa Erasmus+). Todo ello, además del acuerdo comercial entre los dos espacios que está en vigor desde 2017 y que redujo los aranceles en un 99%.
Carney ha dicho que el objetivo no es tanto "la autosuficiencia", porque esta difícilmente será completa en un contexto de globalización, como "la resiliencia colectiva", es decir, la capacidad de las potencias medias de hacer frente unidas a la amenaza que suponen ahora mismo superpotencias como los Estados Unidos o China. "Canadá y Europa son fuertes por sí solos. Europa y Canadá son más fuertes juntos", ha sentenciado.
El objetivo de todos estos movimientos debe ser disuadir a Washington de cualquier veleidad expansionista y también elevar el precio para los Estados Unidos de la guerra comercial que han decidido poner en marcha de forma unilateral contra prácticamente todo el planeta. El objetivo de los mandatarios europeos y el líder canadiense es prepararse por si se produce el peor escenario, que sería una ruptura de relaciones comerciales con los EE. UU. de consecuencias difíciles de prever, pero que a buen seguro tendría un impacto negativo en las familias norteamericanas.
Mientras tanto, la UE debe avanzar en su autonomía estratégica, empezando por la defensa, la IA y la energía, para dejar de depender en algunos ámbitos tanto de los Estados Unidos como de China o los países exportadores de petróleo. El hecho de que Canadá quiera asociarse con la UE también debería aumentar la autoestima de los europeos, porque a pesar de todas las deficiencias y dependencias, es todavía uno de los mercados más grandes e integrados del mundo, con 450 millones de potenciales consumidores y un PIB de 18 billones de euros, además de un espacio con seguridad jurídica, estabilidad política y un elevado grado de cohesión social. Y esto, en el nuevo orden mundial darwinista que parece que se quiere imponer, la convierte en uno de los mejores lugares del mundo para vivir.