La fuerza de los catalanes

El fatalismo es una pésima receta que bloquea la acción. Sin caer en el optimismo ingenuo, solo hay un camino para encarar el futuro: arremangarse. Afrontar el momento complicado que vivimos yendo de cara, con el retrovisor para aprender de los errores del pasado, pero con la mirada larga, hacia adelante. ¿Qué Cataluña queremos dejar a las siguientes generaciones? ¿Qué país imaginamos para el 2050? La respuesta honesta a esta pregunta es lo que, a pesar de todos los pesares, continúa movilizando energías individuales y colectivas con una sorprendente fuerza y creatividad. Los que hacen un buen trabajo son muchos. Darles voz y visibilidad es lo que en esta Diada Nacional hacemos en el ARA.

Por supuesto, esto no quiere decir negar la dura realidad. Cataluña vive un presente difícil, con situaciones graves como la crisis educativa, la falta de vivienda asequible, el descalabro en el transporte y la movilidad, el déficit en las energías renovables o el retroceso en el uso social del catalán. La lista podría ser más larga, claro. Estos y otros son problemas, no hace falta decirlo, de difícil solución. En parte por el déficit enquistado de la financiación de la Generalitat, que es urgente revertir antes de que sea demasiado tarde si cambia el contexto político español, que parece que avanza hacia un gobierno PP-Vox. Pero también por deméritos propios en el marco de un contexto occidental y global nada fácil: el auge de los autoritarismos, aquí y en todas partes, está poniendo contra las cuerdas al estado de derecho democrático y la cohesión social.

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El engaño de identificar enemigos fáciles y débiles, y de prometer soluciones sencillas, está calando en buena parte de la gente. También en Cataluña. Es verdad que esta reacción populista nace de décadas de frustraciones a causa del empobrecimiento de la clase media, fruto de una respuesta lenta y negligente de los partidos tradicionales a crisis consecutivas: la de la burbuja financiera, la de la covid, la climática...; en muchos casos, también por la decepción del Procés. Pero una huida hacia adelante irracional y emocional, de corte xenófobo, solo conseguirá hacer más profunda la crisis.

El derrotismo y el miedo están poniendo en juego al país. No nos lo podemos permitir. El catalanismo democrático, nacido hace un siglo y medio precisamente para regenerar un sistema carcomido (el régimen de la Restauración española) y frustrado por la pérdida de las colonias de ultramar (de las cuales también se había nutrido Cataluña para dar el salto industrial), siempre se ha apoyado en un espíritu constructivo. En el empuje y la valentía. En la suma dentro de la diferencia. Es perentorio recuperar este talante sumando todas las aportaciones de una sociedad compleja, cada vez más global. En esto también llevamos una ventaja a la cual no deberíamos renunciar: la de ser un país con experiencia a la hora de acoger e integrar a personas con orígenes diversos. Sin duda es un reto añadido, pero es ineludible. La nación catalana será diversa o no será. Igual que el fatalismo es fatal, el purismo tampoco lleva a ninguna parte.

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Se ha dicho muchas veces: la Diada Nacional no celebra una derrota, sino una lucha. Hay que continuar luchando y trabajando, día a día, con determinación, tocando de pies en el suelo sin renunciar a los ideales, para avanzar hacia el progreso colectivo, hacia una sociedad mejor y con oportunidades para todo el mundo.