Cuerpo y Mente

"Hemos perdido la paciencia": cómo la tecnología afecta nuestra salud emocional

Hablamos con la especialista y entrenadora en neurociencia aplicada e inteligencia emocional Gaby Hostnik sobre cómo la hiperconexión y el entorno nos condicionan

Avril Pardos Casado
08/06/2026

BarcelonaVivimos en una época marcada por la inmediatez. Contestamos mensajes mientras caminamos, revisamos notificaciones constantemente y a menudo acabamos el día con la sensación de haber estado ocupados todo el tiempo sin haber conectado realmente con nosotros mismos. La velocidad, la hiperproductividad y la necesidad de responder siempre de manera inmediata forman parte de una cultura que cada vez deja menos espacio para el descanso emocional. De este malestar contemporáneo habla la especialista y entrenadora en neurociencia aplicada e inteligencia emocional Gaby Hostnik, autora del libro El futuro es lo que haces hoy (Bruguera, 2026).

El problema no es únicamente la tecnología, sino también el ritmo al que nos obliga a vivir. “Vivimos en la era del ya, del clic, de quererlo todo inmediatamente”, afirma Hostnik, que advierte que esta necesidad constante de rapidez nos hace perder consciencia de las pequeñas decisiones cotidianas que construyen nuestro bienestar futuro. La inmediatez, dice, acaba eclipsando la importancia de aquellos pequeños gestos y hábitos que tienen un impacto real en el futuro.

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Conectados, pero cada vez más solos

Las redes sociales juegan un papel central. Hostnik defiende que hoy la atención se ha convertido en uno de los recursos más vulnerables. “Tenemos que ser custodios de nuestra atención”, asegura, y advierte que muchas plataformas digitales están diseñadas precisamente para retenernos el máximo tiempo posible. Según explica, el problema aparece cuando la estimulación es tan constante que dificulta tomar conciencia de lo que pensamos y sentimos. “Si estamos todo el día hiperfragmentados e hiperestimulados, no hay capacidad de gestión emocional”, dice.

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Esta hiperconexión también está transformando las relaciones personales. A pesar de que el mundo nunca había estado tan conectado digitalmente, Hostnik considera que emocionalmente pasa justo lo contrario. “El sentimiento de soledad es cada vez mayor”, afirma. Para ella, las redes pueden generar una sensación de conexión inmediata, pero no podemos olvidar que no cubren la necesidad de vínculos profundos que requiere nuestro cerebro social para sentirse acompañado y conectado. “El cerebro humano está diseñado para el contacto social real: conversar, mirarse a los ojos y compartir espacios físicos con otras personas”, recuerda.

La autora pone ejemplos cotidianos que considera reveladores: grupos de amigos reunidos físicamente, pero absortos cada uno en su móvil, parejas que comparten espacio sin interactuar o adolescentes que pasan horas conectados en línea sin prácticamente salir de casa. “Se han perdido la mirada y el vínculo”, dice. Esta necesidad constante de estímulos también esconde, según explica, una dificultad creciente para tolerar el silencio y quedarnos solos con nuestros pensamientos.

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El peso del entorno

Hostnik insiste en que el bienestar no depende únicamente de la voluntad individual. El contexto económico, social y tecnológico también condiciona la manera como vivimos y nos relacionamos con nosotros mismos. A pesar de defender la importancia de los hábitos y de la responsabilidad individual, insiste en que no todo depende exclusivamente de la propia voluntad. Al mismo tiempo, Hostnik defiende que el bienestar no depende solo de los resultados que obtenemos, sino también de la manera como recorremos el camino. Por eso reivindica valores como la serenidad, la constancia y la capacidad de convivir con la incertidumbre. El cerebro tiende a buscar aquello que proporciona gratificación instantánea, pero los vínculos profundos, el sentimiento de pertenencia y el desarrollo personal requieren tiempo, dedicación y paciencia.

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El especialista cuestiona los discursos simplistas del desarrollo personal. Defiende que muchas veces ignoramos hasta qué punto factores como la hiperconectividad, la presión social o las dificultades materiales forman parte de la conversación sobre salud emocional. Por eso rechaza la idea de que el bienestar sea solo una cuestión de actitud positiva o disciplina personal. En lugar de eso, propone centrarse en aquellos aspectos cotidianos que sí que podemos cuidar: proteger espacios de descanso, limitar la hiperconexión, rodearnos de vínculos saludables o recuperar actividades que nos conecten con el cuerpo y con el presente.

La necesidad de volver a lo “básico”

“Hemos perdido la paciencia”, afirma Hostnik, que añade que “entre sembrar y cosechar hay siempre un tiempo de espera inevitable”. En una cultura acostumbrada a la gratificación inmediata, aprender a esperar y tolerar la incomodidad se ha convertido casi en un acto contracultural, explica comparando el desarrollo personal con los ritmos de la naturaleza. Además, el exceso de estimulación constante puede traducirse en cansancio, dificultades de concentración y una sensación de agotamiento que muchas personas experimentan en su día a día.

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Ante este panorama, la autora recuerda que el cerebro humano continúa siendo prácticamente el mismo que hace miles de años, pero ahora está expuesto a una cantidad de estímulos sin precedentes. “Estamos cada vez más acelerados y olvidamos que nuestro sistema nervioso necesita pausas, necesitamos volver a lo básico”, explica. Con esta expresión no se refiere a rechazar la tecnología, sino a la necesidad de construir una relación más consciente recuperando formas de proteger la salud emocional en medio de un entorno cada vez más acelerado como son las conversaciones presenciales, las pausas sin pantallas o los espacios de silencio.

En un contexto marcado por la inmediatez, la hiperconexión y la sobreestimulación constante, Hostnik reivindica en su libro la importancia de recuperar aquello que a menudo queda relegado a un segundo plano sin rechazar los avances tecnológicos. Defiende la necesidad de relacionarnos con más criterio y de recordar que el bienestar emocional no depende solo de la productividad o de la rapidez, sino también de la calidad de nuestras relaciones, de los hábitos cotidianos y de la manera como gestionamos nuestra atención en un mundo que compite constantemente por captarla. "Hoy día el acto más grande de amor que se puede hacer a una persona es mirarla a los ojos", concluye.