En Afganistán ninguna tragedia llega sola: después de la guerra, las inundaciones

KabulNunca he viajado fuera de Afganistán. Por lo tanto, no sé cómo es vivir en otro lugar, ni qué pasa en otros países considerados desarrollados cuando hay una gran tormenta o un terremoto. Supongo que allí la gente podrá recibir ayuda o quizás es alertada cuando pasa algo así. En Afganistán, en cambio, no puedes esperar absolutamente nada. A veces pienso que mi país es el fin del mundo, un lugar donde la muerte vuelve de una forma u otra en cada estación del año, ya sea por la guerra, el frío, las inundaciones, los terremotos... Cada desastre es peor que el anterior y nos recuerda nuestra vulnerabilidad. Y lo peor de todo es que a menudo ninguna tragedia llega sola.

En Kabul habíamos sobrevivido a un invierno especialmente duro, con temperaturas de hasta veinte grados bajo cero, y esperábamos que la vida fuera un poco más fácil con la llegada de la primavera. Pero no ha sido así: este año la primavera no nos ha traído renovación, sino devastación.

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La lluvia ha caído casi sin parar en Kabul y otras veinte provincias de Afganistán durante las dos últimas semanas: intensa, implacable, acompañada de fuertes vientos e incluso temblores de tierra.

Al principio, en mi casa, solo se oía el sonido de la lluvia golpeando el tejado. Después, sin embargo, el techo empezó a gotear. De forma lenta al principio, filtrándose por las grietas y formándose un charco. Gota a gota, las habitaciones se fueron llenando de agua. Colocamos recipientes, extendimos trapos en el suelo e intentamos tapar las goteras, pero fue inútil. Cuanto más fuerte llovía, más agua entraba.

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Pero lo que realmente me asustó fue ver las calles de Kabul: se convirtieron en una especie de ríos. Los colectores se desbordaron y el agua, arrastrando basura y barro, llenó las calles y las casas. Incluso el patio de entrada a nuestro edificio quedó inundado. Pero no era simple agua de lluvia, sino que también había plásticos, barro, suciedad... Olía mal. Mi familia y yo nos arremangamos para sacar el agua de casa, cubo a cubo, y para limpiar con el objetivo de salvar todo lo que fuera posible. Estuvimos horas, pero el agua no parecía acabarse nunca. Terminamos agotados.

El suelo tembló

No habíamos recuperado el aliento cuando el suelo comenzó a temblar. El sismo fue tan fuerte que todo el mundo salió corriendo y gritando del edificio para intentar salvarse. Yo también salí corriendo a la calle. El corazón me latía con fuerza, me temblaban las manos, y la lluvia continuaba cayendo y acabé empapada hasta los huesos. El patio de la entrada se volvió a inundar y yo, de pie en medio, me pregunté por qué tantos desastres tienen que golpear siempre a Afganistán.  

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Cuando el suelo dejó de temblar, volvimos a casa. Todo estaba oscuro, no había electricidad y la casa estaba en silencio. No se oía nada, salvo el agua goteando del techo. Me costó dormir, con miedo a que el suelo pudiera temblar otra vez.

Doce personas murieron en el terremoto, incluida una familia de nueve miembros que había huido recientemente de la guerra en Irán. Solo el hijo pequeño sobrevivió. Con respecto a las inundaciones, los talibanes han informado que en las dos últimas semanas en todo el país han muerto 148 personas, 216 más han quedado heridas y hay ocho desaparecidos. Además, más de seis mil viviendas han quedado afectadas, tanto al norte como al sur, al este y al oeste de Afganistán.

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Mi casa tampoco es la misma. Vivo en uno de los antiguos bloques de pisos soviéticos que se construyeron en la capital hace casi siete décadas. Es un edificio de dos plantas que antes era especialmente resistente, pero ahora el techo está lleno de goteras y las paredes, de humedad. El agua se está comiendo la casa lentamente.  

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Asimismo, Kabul también parece otra ciudad. Las calles continúan inundadas de agua y cruzar de un lado a otro es casi imposible, hasta el punto de que la gente paga por ser llevada en una especie de carretillas de madera empujadas por hombres. Yo, como mujer, sin embargo, no tengo ni esa opción, porque si cruzara una calle encima de una carretilla sería considerado “vergonzoso”. Los taxis tampoco son una alternativa factible, porque las tarifas se han disparado. Además, los talibanes paran a todas las mujeres que salen a la calle, porque consideran que en la situación actual deberían quedarse en casa.  

Esto no es solo un desastre natural. Es el resultado de años de negligencia: Kabul es una ciudad que, después de la caída del primer régimen de los talibanes en 2001, se reconstruyó sin ningún tipo de planificación. Tampoco se han adaptado las canalizaciones de aguas residuales al incremento progresivo de la población: en la capital ya viven más de cinco millones de personas. Tanto el gobierno anterior como el actual de los talibanes han hecho siempre la vista gorda, haciendo ver que mejoraban la ciudad. Pero cuando estás en el corazón del desastre, con el agua hasta los tobillos, te das cuenta de que realmente nadie ha hecho nada. Estamos solos ante la tormenta.

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