Afganistán

Cráneos destrozados y cuerpos carbonizados: no me puedo quitar las imágenes de la cabeza

Los familiares esperan que les entreguen los ataúdes con los cuerpos de sus seres queridos, muertos en el ataque pakistaní contra Kabul.
27/03/2026
4 min

KabulLo vi todo con mis propios ojos: cráneos destrozados, extremidades amputadas, cadáveres en el suelo... El bombardeo pakistaní a un centro de rehabilitación para drogodependientes en Kabul la noche del 16 de marzo fue devastador. Soy periodista y sé que mi trabajo es ir a los sitios, ver e informar. Pero, en este caso, lo que he visto me ha removido por completo. Tengo 25 años. Me pregunto cuántos jóvenes de mi edad en otros países han visto lo que he visto yo.

El centro de rehabilitación Omid tenía 2.000 camas, y en el ataque unas 400 personas murieron y más de 250 resultaron heridas. Pakistán, sin embargo, asegura que no bombardeó ninguna instalación civil y que el ataque fue “preciso”.

Dos días después del bombardeo, el medio local para el que trabajo en Kabul me pidió que fuera al centro forense donde se acumulaban los cuerpos de las víctimas. Eran las tres de la tarde, llovía, y tenía que ir sola, en taxi. De entrada, no me hizo ninguna gracia. Básicamente porque tenía que ir bastante lejos, a la otra punta de la capital, y aquí, en Afganistán, no es seguro que una mujer viaje sola. En más de una ocasión, he visto cómo los talibanes detienen los coches para asegurarse de que las mujeres van acompañadas por un hombre de su familia. Pero no me quedó alternativa. Mi medio ha tenido que reducir la plantilla por falta de fondos y no había más personal disponible.

El viaje duró casi una hora. Cuando llegué, toda la calle estaba embarrada por la lluvia y varias ambulancias salían del recinto. Pensé que llegaba tarde y que ya no habría nada que explicar. Pero después me di cuenta de que no era así. Cogí la cámara y empecé a filmar.

Interior del centro forense donde fueron trasladados los cuerpos de las víctimas del ataque.

El edificio estaba lleno de familiares que lloraban y buscaban a sus seres queridos. También había otros periodistas, pero yo era la única mujer, así que podía notar las miradas de todos los hombres que me rodeaban.

Grito de dolor

En una habitación oscura habían instalado un proyector, y mostraban en la pared fotografías de las víctimas, cuerpos quemados, a veces irreconocibles. Las familias las miraban en silencio, con esperanza y miedo a la vez. De repente, una madre reconoció a su hijo. El grito que dio resonó en toda la estancia. "¡Mi único hijo, carbonizado, convertido en cenizas!", exclamó. Su voz era de tanto dolor que rompió algo dentro de todos los que la oímos. Yo estaba filmando, y no pude evitar empezar a llorar. Era difícil separar trabajo y emociones.

El proyector con el que se iban mostrando los nombres y las imágenes de las víctimas a los familiares.

La estancia donde estaban los cuerpos todavía era peor. Había decenas de cadáveres en el suelo dentro de bolsas de plástico blanco, y las familias que habían identificado a sus seres queridos esperaban que les entregaran los cuerpos sin vida. Un funcionario me dijo que solo ese día habían entregado setenta. Los que no habían podido identificar eran enterrados en una fosa común en Saray Shamali, en Kabul.

Los trabajadores iban sacando los cuerpos de las bolsas y los metían dentro de ataúdes. Me acerqué para obtener una mejor imagen, pero lo que vi dentro de una de las bolsas era tan horroroso que instintivamente cerré los ojos. No sé quién era aquella persona, ni cuáles eran sus sueños. Pero ver un cuerpo humano completamente carbonizado me dio escalofríos. Por un momento sentí que todo se oscurecía, como si perdiera el conocimiento. Pero hice esfuerzos para continuar trabajando.

Me cubrí bien la cabeza con el pañuelo y entré entonces en otra estancia donde solo había hombres y talibanes. Todos me miraron fijamente. Uno de los talibanes me preguntó con tono severo por qué había ido sola. No sé de dónde saqué las fuerzas, pero contesté con firmeza: “No interfieras en mi trabajo”. El aire era frío. Tenía las manos congeladas y de tanto en tanto las calentaba con mi propia respiración.

Los trabajadores del centro forense trasladan los cuerpos de las víctimas del ataque dentro de bolsas de plástico.

La semana pasada en Afganistán celebramos el final del Ramadán y también el inicio del año nuevo persa. Ambas celebraciones son un tiempo para la alegría, para visitar a la familia, para salir y para celebrar. Pero este año no teníamos nada que celebrar.

El primer día del Eid [la fiesta para celebrar el final del Ramadán y que equivaldría a la Navidad], fui a casa de una de las víctimas del ataque. Se llamaba Muzamil, y los talibanes lo habían internado por error en el centro de rehabilitación la noche anterior al ataque porque estaba con unos amigos que sí consumían drogas. Tenía dos hijos y también se encargaba de mantener a su madre, su hermana viuda y sus dos sobrinos. “Muzamil no era un adicto. ¿Cómo se supone que debemos vivir ahora sin él?”, se lamentaba su hermana.

Fuera del centro de rehabilitación, las familias estuvieron días buscando a sus seres queridos. Leían las listas con los nombres de las víctimas una y otra vez con la esperanza de encontrarlos. Algunos quizás no los localicen nunca, porque los cuerpos no identificados fueron llevados directamente a la fosa común.

No he contado nada de lo que vi a mi familia. Temía que se preocuparan por mí. Pero desde aquel día, no quiero estar sola en una habitación a oscuras y duermo con la luz encendida. Todavía oigo el grito de aquella madre en el momento en que reconoció a su hijo. Y ahora, cuando ya ha pasado más de una semana de todo aquello, no me puedo quitar de la cabeza las imágenes de lo que vi: las manos amputadas, la sangre en el suelo, los cuerpos quemados y mi total soledad entre todos aquellos hombres.

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