América Latina

Viaje a la Venezuela post-Maduro: cortes de agua, precios disparados y sueldos de miseria

El gobierno reclama el retorno del expresidente al país, pero la mayoría de la población no quiere que sea liberado

Una valla institucional del gobierno en Caracas que reclama el retorno de Nicolás Maduro y de su mujer a Venezuela.
hace 29 min
10 min

CaracasEl vuelo directo que une Madrid con Caracas iba medio vacío días atrás, y se puede decir que la mayoría de los que viajaban eran venezolanos. Era fácil distinguirlos por su peculiar acento latino y porque, al llegar al aeropuerto internacional Simón Bolívar, esperaban el turno para pasar el control de inmigración con el pasaporte venezolano en la mano. “Migración”, decía un cartel en el mostrador escrito en cuatro idiomas: inglés, ruso, chino y otro con grafía árabe. Por este orden. Una buena metáfora de los dispares aliados internacionales de Venezuela después de que Estados Unidos "extrajera" a Nicolás Maduro del país el 3 de enero. Así es como los venezolanos llaman a la detención de quien fue el presidente de Venezuela y de su mujer, Cilia Flores. Es decir, como si se tratase de una muela picada que había que sacar, aunque eso supusiera saltarse la soberanía nacional y el derecho internacional.

el expresidente está ahora en una prisión de Nueva Yorkel expresidente está ahora en una prisión de Nueva York, a miles de kilómetros de distancia, acusado de narcotráfico y de delitos relacionados con armas de fuego.

El gobierno venezolano también ha instalado vallas institucionales en la capital con una imagen de Maduro y su mujer abrazándose, con el siguiente texto: "Los queremos de vuelta. #FreeMaduro #FreeCilia". Las últimas palabras escritas así, en inglés, para que las entienda quien deba darse por aludido. ¿Pero realmente los venezolanos quieren que Maduro vuelva?

Fachada institucional situada en lo alto de una casa en Caracas que reclama el retorno al país de Nicolás Maduro y su mujer.

Lo primero que llama la atención cuando llegas a Venezuela es que todo es carísimo, sobre todo la comida. Muchos precios son tan altos como en España o incluso más. Algunos ejemplos: un litro de leche vale 2,8 dólares (2,4 euros); una huevera de quince huevos, 3,75 dólares (3,2 euros), y un paquete de pan de molde, 1,9 (1,6). Los precios se suelen indicar en dólares, pero la mayoría de los pagos se hacen en bolívares.

Cambio del dólar al bolívar

Para saber cuánto hay que pagar, todos los establecimientos tienen colgado un cartel gubernamental al lado de la caja registradora que indica cuál es el cambio del dólar al bolívar. Un cambio que, por cierto, varía cada día. Cuando esta periodista llegó a Venezuela hace dos semanas, un dólar equivalía a 517 bolívares, según el cambio oficial del Banco Central de Venezuela. Este viernes ya se elevaba hasta los 549. La moneda venezolana está en caída libre y la inflación acumulada del primer trimestre del año en el país fue del 71,8%.

Pero para complicarlo todo aún más, existe otro tipo de cambio, el llamado paralelo o libre, que es mucho más elevado y que se calcula a partir de operaciones con criptoactivos, según explica el economista venezolano Luis Vicente León, presidente de la empresa de estudios de mercados Datanálisis. La diferencia entre uno y otro es de hasta un 30%. Es decir, si este viernes el dólar equivalía a 549 bolívares según el cambio oficial, el paralelo era de 687.

Un cliente preguntando el precio de los vaqueros en una tienda de ropa en el bulevar Sabana Grande de Caracas.

“Pantalones, 10 dólares, 6.500 bolívares”, decía un cartel en una tienda de ropa en el bulevar de Sabana Grande de Caracas días atrás. Es decir, el coste se calcula a partir del cambio paralelo, pero el cliente tiene que pagar según el cambio oficial. Un auténtico galimatías. Los comercios también aceptan pagos en dólares y, de hecho, lo prefieren porque, con el panorama actual, nadie quiere tener bolívares. "Mi sobrina se ha comprado una moto. Si pagaba en bolívares, le costaba 1.700 dólares. En cambio, si lo hacía en dólares, 1.200", explica Rosa García, de 62 años, que trabaja como interna y, como la mayoría de los venezolanos, las pasa canutas para llegar a fin de mes. En este caso lo más complicado era conseguir los dólares, porque los salarios en Venezuela se cobran en bolívares.

A pesar de la imparable devaluación de la moneda, el salario mínimo se mantiene congelado desde 2022 y es de solo 130 bolívares mensuales, unos 30 céntimos de dólar. Una auténtica miseria. Para compensar una retribución tan baja, el gobierno obliga a las empresas a pagar a sus trabajadores lo que llaman "una bonificación de guerra [económica]” de 200 dólares, y otra de 40 dólares para la comida. El problema es que estas bonificaciones no cotizan ni para la pensión de jubilación, ni para ninguna prestación social. Ni tampoco son suficientes para cubrir las necesidades básicas.

La pregunta del millón

Entonces, ¿cómo se las arreglan los venezolanos para sobrevivir? Una pequeña empresaria que prefiere mantener el anonimato contesta así a esta pregunta: "Teniendo dos o más trabajos, o con las remesas de sus familiares en el extranjero. Y lógicamente en todas las casas trabajan varios miembros de la familia". En definitiva, la economía se mantiene con pinzas y se arrastra así desde hace años. El levantamiento de las sanciones y la apertura de nuevos negocios los últimos meses no se ha traducido de momento en mejoras económicas. "Una persona no pasa de estar en la UCI a hacer la Maratón de Boston", aclara el economista Luis Vicente León. En otras palabras, hace falta tiempo, pero la gente ya no puede más, está harta. Cada dos por tres hay protestas en la calle.

Casas en un barrio popular de Caracas, situado en una de las montañas que rodean la ciudad.

No solo son los salarios y los precios, sino que también hay muchos problemas más. Otra cosa que sorprende cuando llegas a Venezuela es que no hay agua las 24 horas del día. Es igual dónde vivas. Las restricciones son para todos. Solo los que tienen un alto nivel adquisitivo y se pueden permitir construir un pozo tienen el suministro garantizado. El resto de la población tiene que racionar el agua. Por eso, en la mayoría de los tejados de las casas o en los condominios residenciales hay grandes depósitos de plástico para almacenar agua para los días que no hay suministro, que son la mayoría después de años de falta de mantenimiento y de inversión en las infraestructuras.

Por ejemplo, en una urbanización selecta de bloques residenciales en la zona de Parque Caiza, al este de Caracas, solo hay agua durante cuatro o cinco horas en días alternos. El día que no hay suministro los vecinos utilizan el agua que hay almacenada en el depósito comunal, pero como es limitada también se ven obligados a dosificarla: aquel día solo tienen agua durante una hora. Aun así, se pueden considerar unos privilegiados. En otros lugares de la capital y del resto del país, solo hay agua una vez cada quince días o cada mes, y la gente tiene que recurrir a camiones cisterna. Por eso, en cualquier casa donde vayas a Venezuela, te encuentras en el lavabo lebrillos, bidones o cubos con agua almacenada.

A todo esto hay que añadir los cortes de electricidad. En Caracas sí que hay luz las 24 horas del día, pero es una excepción, un escaparate que no tiene nada que ver con la realidad del resto del país, donde los cortes suelen ser diarios y pueden durar de cuatro a ocho horas. ¿Quién aguanta todo esto?

La embajada de EE. UU.

Lo que sí ha cambiado después de la detención de Nicolás Maduro es que la embajada de los Estados Unidos en Caracas ha reabierto después de años de estar inoperativa. Está en una zona diplomática situada en la colina de Valle Arriba, donde se puede ver la capital casi a vista de pájaro. Por si esto no fuera suficiente, el 23 de mayo dos aeronaves militares norteamericanas estuvieron sobrevolando Caracas durante buena parte de la mañana porque la embajada justificó que estaba haciendo un simulacro de evacuación en caso de emergencia, para el cual el gobierno venezolano, sorprendentemente, dio su visto bueno. Algo impensable hace solo cinco meses. De hecho, el día antes, el mismo ministro de Exteriores venezolano, Yván Gil, hizo una declaración institucional para advertir a la ciudadanía de que no se alarmara por la presencia de aeronaves estadounidenses sobrevolando la capital. El supuesto simulacro no alarmó, pero sí que generó todo tipo de conjeturas. “Posiblemente han estado escaneando la ciudad desde el cielo”, comentaban muchos.

La declaración institucional del ministro de Asuntos Exteriores venezolano

Mientras los norteamericanos llegan, muchos cubanos se van marchando. "Se han ido los médicos cubanos que hacía más tiempo que estaban en Venezuela o los que estaban de vacaciones", dice un facultativo de esta nacionalidad que prefiere mantener el anonimato y que trabaja en uno de los muchos centros de salud integral que abrió Chávez en los barrios populares. Desmiente, sin embargo, que se hayan ido todos. Él mismo sigue allí y prevé quedarse durante todo un año más. El centro está casi desértico, apenas hay pacientes. En cambio, no faltan tres grandes retratos de Simón Bolívar, Chávez y Maduro en la recepción.

Los retratos de Simón Bolívar, Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en la recepción de un centro integral de salud de Caracas.

De hecho, en Caracas es posible encontrarse cosas realmente surrealistas. Aunque los Estados Unidos son ahora un aliado, hay una plaza en la capital dedicada a Rusia y a la victoria del Ejército Rojo sobre el nazismo, con un monumento, una bandera roja con la hoz y una pantalla gigante para conmemorar la efeméride. Asimismo, el coche más vendido en Venezuela continúa siendo uno de fabricación china, el Arena de la marca Jac, según explica Yoselin, dependienta de un concesionario de Caracas.

Plaza de Caracas dedicada a Rusia para conmemorar la victoria del Ejército Rojo sobre el nazismo.

Además, todavía hay quien se define como chavista hasta la médula y, de rebote, incondicional de Maduro, a pesar de todo. Es el caso de Carolina Campo, de 49 años, que vive en un barrio popular de Caracas y se encarga de repartir las bolsas de comida que el gobierno continúa distribuyendo cada mes en algunas zonas pobres de la ciudad por un coste simbólico de 400 bolívares, menos de un dólar. “También reparte paquetes con pollo, mortadela y verdura por solo dos dólares, y regala bombonas de gas –dice con orgullo–. Maduro aceptó que lo detuvieran para evitar un derramamiento de sangre”. En cambio, admite que no acaba de entender que el gobierno permita ahora que los Estados Unidos manden en Venezuela.

Grupos paramilitares

"El gobierno regala bombonas de gas, pero solo a los que le apoyan. Si saben que eres crítico, las tienes que comprar en el mercado y eso es casi imposible: son carísimas", asegura el propietario de un pequeño bar de otro barrio popular de Caracas, el 23 de Enero, considerado un histórico bastión chavista. Se caracteriza por sus altos bloques de pisos, de hasta catorce plantas, que parecen colmenas. El hombre habla mientras suena música salsa de fondo a todo trapo que dificulta la conversación. Pero así se siente más seguro. "Si me oyen que hablo mal del gobierno, me pueden cerrar el bar", dice refiriéndose a los colectivos, los grupos paramilitares armados afines al gobierno que visten de manera civil y continúan rondando por el barrio.

La venezolana Carolina Campo en su casa en Caracas.
El barrio 23 de Enero, un bastión histórico del chavismo en Caracas.

"Esta es una época horrible en la que no se sabe qué se puede decir. Antes al menos ya sabías que no podías decir nada", bromea el humorista venezolano José Rafael Briceño desde la tarima de la sala Pizpa Comedy Club en Caracas. Tiene casi 600.000 seguidores en Instagram y sus monólogos arrasan porque, si una cosa caracteriza a los venezolanos, es que se saben reír de sus propias miserias. "De momento no podemos hacer humor político, porque no sabemos qué pasará después", aclara antes de comenzar el espectáculo. Actualmente la incertidumbre define Venezuela.

El humorista venezolano José Rafael Briceño durante su monólogo en la sala Pizpa Comedy Club de Caracas.

“Según la Constitución, Delcy Rodríguez no podría gobernar más de seis meses, pero ahora todo es relativo”, afirma la historiadora y doctora en ciencias sociales venezolana Margarita López Maya. "Primero hay que crear instituciones legítimas. Ahora no hay condiciones mínimas para celebrar unas elecciones razonablemente democráticas", destaca.

De momento, en Caracas, no hay ni un solo retrato de Delcy Rodríguez en la vía pública, a pesar de que las últimas décadas Venezuela ha sido un país muy propenso a venerar a sus dirigentes colocando sus fotos por todas partes. Tampoco hay retratos del temido ministro del Interior, Diosdado Cabello, de quien se cree que es quien realmente mueve los hilos del régimen. Lo que sí ha cambiado es la zona de la capital donde vive la presidenta encargada: hay militares desplegados en diversas calles.

Una imagen negativa de Maduro

Según una encuesta realizada conjuntamente por AtlasIntel y Bloomerg este mes de mayo, el 58,7% de los entrevistados desaprueban la manera como Delcy Rodríguez está dirigiendo el gobierno. El 59% tienen una imagen negativa de ella, pero la de Nicolás Maduro es todavía peor: el 68% lo ven con malos ojos, según el informe. El 57% de los encuestados defienden dolarizar oficialmente la economía venezolana, pero solo el 32,6% estarían de acuerdo en que el país deviniera un estado más de los Estados Unidos, tal como Donald Trump insinuó el 12 de mayo en su red social. El 60,7% consideran que el principal problema de Venezuela es la corrupción.

El vuelo de vuelta de Caracas a Madrid, a diferencia del de ida, iba completamente lleno. No cabía ni un alfiler. También la mayoría de los que viajaban eran venezolanos. "Soy de una ciudad que se llama Punto Fijo, donde hay dos de las refinerías más grandes del mundo. A pesar de ello, solo tenemos agua una vez al mes y, para sobrevivir, tenía que trabajar vendiendo pasteles a pesar de haber estudiado periodismo", explica una mujer de unos 35 años que viaja en el avión y que cursó los estudios en la Universidad Bolivariana creada a golpe de decreto por Chávez. Con todo, confiesa, se ha cansado de esperar el cambio: “En Venezuela, de momento, no veo ningún futuro”.

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