Sílvia Orriols practica el tiro al plato en la Fiesta Mayor de Ripoll
29/05/2026
Director adjunto en el ARA
3 min

En historia, las continuidades soterradas acostumbran a ser más fuertes que las rupturas estruendosas. Ni que sean continuidades pasadas por el túrmix de la nostalgia friki, tras las cuales no hay que remover mucho para encontrar la defensa de intereses inconfesables y el ultranacionalismo. Ahora Donald Trump quiere volver al siglo XIX: proteccionismo comercial (aranceles multiusos), geopolítica de superpotencias (paz a través de la amenaza bélica, no del multilateralismo diplomático) e instituciones democráticas trituradas (liderazgos políticos fuertes y personalistas, autocráticos). ¿El siglo XXI catalán se parece también al siglo XIX? El politólogo Jordi Muñoz defendía hace unos días la semejanza entre los territorios donde la Alianza xenófoba de Silvia Orriols tiene más empuje demoscópico con las comarcas en las que el carlismo decimonónico recibió más apoyo electoral hacia finales de 1800.

¿Qué fue el carlismo? ¿Qué y a quién representaba? Era un tradicionalismo inmovilista, antimoderno, asustado con el progreso, que se aferraba a la religión, la familia y la patria como tablas de salvación respecto a unos cambios acelerados y mal digeridos. Unos cambios a ritmo de Revolución Industrial y de una democracia liberal censitaria, es decir, para señores ricos. Como respuesta, emergieron por un lado las ideologías redentoras –socialismo, comunismo y anarquismo, pero también feminismo, higienismo y vegetarianismo– y por otro el imposible retorno a un orden del tipo Antiguo Régimen, a una sociedad jerárquica y de tradiciones inmutables: el carlismo.

El lema carlista era "Dios, patria y rey". Como respuesta a lo que mucha gente vivía como un caos, se aferraban a la religión –una sumisión voluntaria–, a la tierra –la fidelidad a los antepasados– y a la monarquía –a un liderazgo absoluto y salvador–. La Iglesia catalana y la española fueron durante el Novecento ultramontanas e involucionistas. El sentimiento patriótico dio, en cambio, unos resultados notables e interclasistas: la Renaixença y el catalanismo político. Y con la cuestión dinástica se enredó la madeja con nada menos que tres guerras, las carlistadas, y otros conflictos: la primera guerra carlista (1830-1843); la segunda (1846-1849); los levantamientos efímeros de los años 1855, 1860 y 1869, y la tercera (1872-1876). Medio siglo de inestabilidad bélica, al cual todavía habría que añadir los precedentes de los levantamientos durante el Trienio Liberal (1820-23) y de la Guerra de los Malcontents (1827).

Las guerras carlistas fueron la expresión violenta del choque entre absolutismo y liberalismo, entre mundo rural y mundo urbano. La reina Isabel II era vista como liberal y tuvo como rival visceral al pretendiente Carlos María Isidro de Borbón, que se ganó apoyos sobre todo en el País Vasco, Navarra y Cataluña como defensor de los respectivos fueros territoriales, en el caso catalán perdidos tras el decreto de Nueva Planta. Los carlistas eran una especie de guerrilleros románticos, mal equipados, organizados en partidas, que luchaban contra un ejército regular. La cosa acabó mal, claro. Para ellos, pero también para un estado liberal al fin y al cabo fallido, que no consiguió modernizar la sociedad con una buena educación y unas buenas infraestructuras, por ejemplo.

La sociedad del XIX, en efecto, estaba muy polarizada en términos económicos, sociales y culturales. Y esto es lo que volvemos a tener hoy. De aquí los revivals tradicionalistas tipo Orriols, que hurgando en el descontento popular se agarran de nuevo a "lo nuestro" de toda la vida: Dios (los valores cristianos y las tradiciones seculares en contra de la supuesta invasión musulmana y del multiculturalismo de la inmigración), patria (el independentismo emocional y el agravio campo-ciudad) y por supuesto ahora ya no toca ningún rey pero sí un liderazgo fuerte que cuestiona el poder democrático (la burocracia, las élites gubernamentales, las instituciones, los impuestos, etc.), igual que el carlismo cuestionaba el estado liberal. Como en el XIX, ahora no ganará la involución, pero puede hacer tambalear seriamente y persistentemente el progreso colectivo.

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