Solo nos preocupa el fuego forestal cuando nos llegan imágenes impactantes a través de las televisiones o de los dispositivos móviles y las redes sociales. Ahora ya hemos aprendido, pero ha costado mucho tiempo, que las condiciones climatológicas definirán en gran medida el pronóstico del fuego del día. También sabemos que el número de días que reúnen las condiciones para tener grandes fuegos ha aumentado considerablemente a causa del cambio climático, y que si antes la velocidad de propagación se situaba por debajo de los 2 kilómetros por hora, ahora podemos llegar a ver avanzar un fuego a 17 kilómetros por hora.
La perseverancia de los bomberos expertos ha conseguido hacer llegar a la población general, a través de los medios, que en función de su comportamiento, el fuego se clasificará de 4ª, 5ª o 6ª generación. Lo que todavía no hacemos suficiente, sin embargo, es vincular las generaciones de los incendios forestales a las décadas de abandono de la vida agrícola en cada zona incendiada de la Cataluña rural. Ni tampoco subrayamos suficiente la continuidad del combustible, es decir, la presencia del bosque continuo sin cultivos intercalados. Un bosque tupido es aquel del cual no se extraen los elementos de biomasa que podrían ser la base de un sector económico: lo llaman bioeconomía.
Cada primavera, cuando rebrota la vegetación, los bosques de los cuales nadie se cuida acumulan toneladas y toneladas de vegetación que produce sobre nosotros el espejismo de creer que aquel brote verde y bonito es un regalo para la mirada que dedicamos al paisaje. Y no nos damos cuenta de que es, a la vez, un combustible que aumenta en cantidad y que si se quema hará aumentar la gravedad del incendio. Todo el espacio forestal de Cataluña es combustible a disposición. Tarde o temprano arderá, porque los incendios existían antes que los humanos y nos han acompañado en toda nuestra evolución. Y todas las masas forestales catalanas tienen o bien una orografía muy difícil, porque están en comarcas de alta montaña, o bien población residente dentro del bosque o en la interfase entre los medios urbano y forestal. Por lo tanto, no tenemos la posibilidad de dejar que el fuego evolucione hasta la autocontención, como hacen los canadienses.
Sería bueno que, cuando los medios entrevisten a personas que sufren las consecuencias de los grandes incendios, preguntaran a los propietarios forestales por qué no mantienen su propiedad en un estado de conservación y gestión que elimine los ejemplares de árboles enfermos y los que no llegarán a ser ejemplares maduros, o por qué no intentan extraer la máxima biomasa para hacer pellets u otros productos. En las propiedades urbanas existe la obligación de conservación y rehabilitación, y los propietarios forestales tampoco pueden desentenderse de su patrimonio. En estos aspectos, el de los costes, el papel de la administración, las obligatoriedades de los propietarios y los criterios con que se interviene en el bosque, hay un debate que hay que resolver de una vez. También habría que preguntar a los responsables municipales por qué aprobaron algunas urbanizaciones o ampliaciones de urbanizaciones, cuando el debate entre ciudades compactas y dispersas ya había llegado a la conclusión de que en núcleos muy desagregados sería demasiado difícil gestionar los servicios de abastecimiento de agua, de transporte colectivo o de seguridad. Estos responsables municipales, en lugar de considerar que el bosque que rodeaba las viviendas era simplemente una maravilla natural, debían haber advertido de la evolución de los incendios y de la necesidad de hacer allí (llevándolo al extremo) una escombrera de imitación, biomimética, de más de 500 metros de anchura a su alrededor.
De hecho, también las masías tenían, en un pasado no lejano, formas de autoprotección. El huerto y la viña bien cerca, la era de trillar, los corrales del ganado, los frutales, el maíz de regadío... todo para mantenerse bien alejados del bosque, que un día arderá. Ahora, aunque es loable que se recuperen masías para otros usos, en algunas se ha perdido el sentido de autoprotección y se ha dejado que el bosque las envuelva. Y el bosque, un día, arderá.
Este verano, los servicios de extinción de que dispone Cataluña, que siguen siendo de los mejores del mundo, han comunicado abiertamente a la población que algunos fuegos superaban su capacidad de extinción. Los sobrepasaban. Quizás los entretenimientos de verano nos han ahorrado tener que pensar en el significado de esta expresión. Ante los nuevos grandes incendios, protegerán nuestras vidas, las de estos especímenes humanos, ciudadanos irresponsables, que nos empeñamos en no aprender, pero no atacarán los frentes del fuego hasta que los elementos orográficos y climáticos sean propicios. La cuestión ya no es pedir más aviones, aunque Europa disponga del Centro de Coordinación de la Respuesta a Emergencias y de toda una flota. La cuestión es gestionar el bosque antes.
Ahora ya sufrimos fuegos inextinguibles. El inspector que dirige los GRAF es nuestro Jakob Mendel de los incendios. No tiene, como escribía Zweig sobre aquel personaje suyo, una mesa de mármol blanco, pero sí un ordenador con el que sigue la evolución de todos los incendios desde que hay datos y lo proclama a quien quiera escuchar. Los incendios ya no son un tema ambiental, han pasado a ser un gravísimo tema de protección civil y de modelo económico, de una economía que no prosperará sin ayuda ni liderazgo. Una economía de la cual tenemos algunos ejemplos tan escasos como loables.
El bosque, quizás no tan extenso, debería seguir siendo un paraje natural, pero tiene que haber actividad humana que lo vacíe de combustible. Y si esto ya no puede hacerse con los modelos antiguos de explotación familiar, habrá que hacer una nueva distribución del trabajo agrícola y forestal eficiente.
La insistencia sobre la necesidad de un cambio de rumbo puede resultar pesada, pero ya no se refiere solo a lugares recónditos. Este verano hemos visto poblaciones relativamente grandes confinadas o desalojadas. Aunque cambiar de modelo sea una tarea gigantesca que puede desanimar y que los gobiernos negacionistas no quieren ni empezar, hay que tenerlo claro. El modelo que consiste en dejar que la naturaleza herida vaya haciendo es hoy el implacable antagonista de la vida colectiva inteligente.