Un incendio forestal
31/07/2026 - 12:00 h.
Director adjunto en el ARA
3 min

Hay discusión sobre cuándo comenzó el dominio humano del fuego. Durante cientos de miles de años solo hubo llamas a causa de los incendios naturales producidos por rayos o volcanes. Pero llegó un día en que nuestros antepasados fueron capaces de coger el fuego de la naturaleza y mantenerlo y transportarlo, aunque todavía no de producirlo. Esta semiapropiación debió ocurrir hace entre un millón y 790.000 años. Los científicos no se ponen de acuerdo. Quizás alguien recuerda la hipnótica película En busca del fuego (1981), de Jean-Jacques Annaud.El dominio de verdad –la generación de fuego frotando madera o golpeando piedras– entró de lleno en las sociedades humanas hace 50.000 años. Es mucho y no es tanto. Fue una fabulosa revolución tecnológica. Desde entonces, hemos podido cocinar –y mejorar mucho nuestra alimentación–, calentarnos, iluminarnos de noche, protegernos mejor de toda clase de bestias y enemigos, forjar metal... También guerrear más crudamente entre nosotros.

Gracias a los avances alrededor del fuego, la esperanza de vida se ha ido alargando. Y parece que el hecho de tener más vida nocturna, promoviendo la sociabilidad de grupo a su alrededor, también fue clave para desarrollar el lenguaje. El control del fuego fue, en conjunto, la puerta de entrada al surgimiento de la agricultura y de la civilización urbana, incluida la escritura, otra tecnología revolucionaria que llegó hace unos 5.300 años.

El dominio del fuego, pues, ha sido un elemento crucial en el desarrollo humano. Todas las culturas antiguas lo adoraron: Ra en Egipto, Agni en la India, Hefesto para los griegos y Vulcano para los romanos, con Hestia y Vesta como diosas protectoras del fuego del hogar y las familias. La gratitud y respeto hacia el fuego forman parte de nuestra historia y prehistoria. Aún hoy, sin entender por qué, nos quedamos embelesados ante una chimenea encendida, observando el crepitar mágico de las llamas.

Pero muchas cocinas ya no tienen, de fuego: cada vez en más casas se cocina por inducción o con microondas (en otras ya ni se cocina). El fuego poco a poco va desapareciendo de nuestra vida cotidiana. Hace tiempo que la mayoría no llevamos en los bolsillos ni cerillas ni mecheros. Quizás solo queda el rastro cotidiano de la punta encendida del cigarrillo de tabaco, que sin embargo también está socialmente condenado.

La naturaleza tiene sus propias leyes y dinámicas. Y al mismo tiempo, a pesar del cambio evolutivo experimentado, a los humanos nos gusta jugar con fuego, como si sintiéramos una atracción atávica: uno de cada cuatro incendios forestales en Cataluña de los últimos 40 años ha sido intencionado. Es más: el 68% de todos los incendios desde el año 1986 han sido accidentes, negligencias o fuegos intencionados (por tanto, solo el 32% se han producido por causas naturales).

La vegetación y el clima mediterráneos arden fácilmente. Si a esto le añadimos el cambio climático (con temperaturas cada vez más extremas y frecuentes) y el abandono progresivo de los bosques, ya tenemos el cóctel incendiario que actualmente nos asola. Cuando todavía éramos, no hace tanto, una sociedad eminentemente rural dependiente del fuego para cocinar y para calentarnos, la leña era un bien preciado: por eso había mucha menos masa forestal y la que había estaba mucho más limpia y aprovechada.

Los incendios de hoy, pues, en buena medida tienen que ver con la progresiva desvinculación humana del fuego. Poéticamente podríamos decir que son una venganza de la diosa Naturaleza: Ra, Agni, Hefesto y Vulcano no soportan que los hayamos olvidado. Lo hemos llegado a dominar tanto, el fuego, que paradójicamente se ha vuelto invisible en nuestras vidas. Solo aparece en verano, enfurecido y salvaje, como una calamidad prehistórica que nos empequeñece. Los fuegos forestales de sexta generación deben parecerse demasiado a los incendios de antaño, de hace miles de años.

Ahora, a quien adoramos es a los Bomberos, héroes superhumanos antifuego. Guerreros contra las llamas demoníacas. También deberíamos adorar a la diosa Prevención: más sutil y escurridiza, no acabamos de entenderla.

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