Cómo mejorar la democracia (local) en Cataluña?
El calor infernal de estos días en Cataluña no debería hacernos perder el espíritu de pensar los temas más profundos. Al contrario, el verano es siempre un buen momento para revisar el horizonte a más largo plazo con un poco más de distancia y serenidad. Una de las preguntas profundas es cómo podemos mejorar nuestra democracia, este “viaje continuo”, que decía el gran John Dewey. La pregunta se puede abordar, evidentemente, de múltiples maneras. Hoy me centraré en una de sus dimensiones más importantes: la participación ciudadana en el ámbito local o municipal, que es la forma de participación política más natural, accesible y fácil de organizar, y que no tenemos ninguna excusa para no permitir y promover ampliamente. Esto conecta con la reciente adopción del plan de participación ciudadana de la ciudad de Barcelona para el 2026-2028. Tomen un sorbo de su vino, cerveza o refresco preferido y acompáñenme a echarle una mirada rápida.
Hay que decir, de entrada, que en Cataluña, después de más de 30 años experimentando en este ámbito, no tenemos todavía las oportunidades de participación local que nos merecemos y que, además, hemos perdido, si es que alguna vez la tuvimos, toda posición de liderazgo internacional. Se hacen algunas cosas interesantes y contamos con un sector técnico bien formado, pero la falta de voluntad política real, la falta de recursos efectivos y algunos errores estratégicos cometidos han llevado al sector de la participación ciudadana local a una situación de fragilidad y subdesarrollo. Para no tener, ni siquiera tenemos una ley catalana de participación. Cataluña es una de las tres únicas comunidades autónomas —las otras dos son La Rioja y el País Vasco— que no cuentan todavía con una ley de participación, a pesar de que parece que esto podría resolverse pronto: el Gobierno de la Generalitat presentó en el mes de abril un proyecto de ley de participación ciudadana que se encuentra actualmente en tramitación parlamentaria.
El plan de acción de la ciudad de Barcelona que acaba de ser aprobado establece tres ejes principales —la participación abierta, la participación diversa y universal y la participación innovadora—, que se componen de 10 líneas estratégicas y para las cuales propone 46 actuaciones relativamente concretas. En mi opinión, este plan contiene algunos aciertos importantes, pero también reitera algunos errores estratégicos que conviene discutir, también por el efecto de inspiración que puede tener sobre el resto de municipios catalanes (de momento, son pocos los municipios que cuentan con planes estratégicos o planes de actuación sectoriales específicos de participación, como Reus, Castelldefels, Tàrrega o Terrassa).
Entre los aciertos, mencionaré tres. Primero, hace una apuesta decidida y ambiciosa por una participación más diversa e inclusiva que no deje fuera a nadie, poniendo la mirada en grupos sociales especialmente vulnerables, como los niños y adolescentes, las personas mayores, los inmigrantes, las minorías culturales o de género, etc. Segundo, en el eje de innovación, el plan sigue reforzando el papel de la plataforma Decidim, el espacio virtual de participación de la ciudad y quizás la aportación más importante que ha hecho Cataluña al mundo de la participación en los últimos años (muestra de su éxito es el acuerdo de colaboración que acaba de firmarse entre la Asociación Decidim y la ciudad de Nueva York). Y tercero, se propone revisar, racionalizar y simplificar la compleja estructura de órganos sectoriales y territoriales de participación, que es seguramente el aspecto de la participación que peor ha funcionado históricamente en la ciudad de Barcelona.
De los errores del plan me centraré solo en uno. Barcelona se empeña en apostar por los presupuestos participativos como instrumento central de participación e incluso amplía la dotación presupuestaria. No hay nada de malo en los presupuestos participativos como herramienta general. En Barcelona, sin embargo, se ha apostado por su peor versión: un enfoque agregativo y confrontacional en el que los ciudadanos se limitan a presentar las propuestas que quieren, que después se enfrentan entre sí para obtener el mayor número de votos o apoyos. Esto genera pequeños lobbies locales y produce ganadores y perdedores. Además, la participación, exclusivamente virtual, se hace sin información suficiente para evaluar qué propuesta es más adecuada para la ciudad o el distrito y, lo que es más grave, sin posibilidad de deliberación pública efectiva y de calidad. Y esto por no decir que muy poca gente participa. En la fase de priorización del proceso actual de presupuestos participativos, según los datos publicados, han participado unas 29.000 personas (menos del 2% de la población). Queda claro que la inmensa mayoría de barceloneses ni siquiera conocen la existencia de la plataforma Decidim, incluso después de 8 años de gobiernos de Ada Colau que decían apostar por la participación en general y por Decidim en particular.
Espero que el resto de los municipios de Cataluña puedan inspirarse en lo que hay de bueno en el plan de Barcelona y que no cometan los mismos errores. Todos nos merecemos una democracia local mejor de la que tenemos.