La derecha española vive a la espera de que ocurra alguna catástrofe que haga caer al gobierno de Sánchez. Llevan así ocho años, y no es que hayan faltado ocasiones: pandemia, guerras, crisis, desastres naturales causados por el fuego y por el agua, etc. También está la corrupción del PSOE, que existe, pero aquí tienen el problema de la corrupción de la propia derecha, que existe en una medida mayor, porque es estructural. Y finalmente está la inmigración, que sirve a este tipo de derecha para agitar odios, miedos y bajos instintos. Con la crisis impulsada la semana pasada por Mohamed VI, a medias con Trump y Netanyahu, PP y Vox pensaron que había llegado por fin su oportunidad, más aún cuando aparecieron algunos países europeos (la Finlandia ultraconservadora y la Italia de la fascista Meloni) que pusieron el grito en el cielo y que incluso hablaron de cerrar el espacio Schengen (cosa por otra parte imposible, porque no lo puede hacer unilateralmente ningún estado miembro de la Unión Europea). Sin embargo, una vez más no les ha acabado de salir bien. Algún agitador a sueldo, como Vito Quiles o Alvise Pérez, tuvo que salir escoltado de Ceuta por la policía (en otros lugares, como en Palma, en vez de protegerlos, los agentes prefieren pegar a los ciudadanos). Abascal, haciendo de glorioso almirante a bordo de un ferry de pasajeros que intentaba hacer pasar por una fragata de guerra, hizo perder la paciencia incluso al ultra Jiménez Losantos, que le reprochaba su falta de patriotismo. Por la parte del PP, la pareja cómica formada por Tellado y Feijóo ha vuelto a balbucear su discurso catastrofista, que ya es previsible y rutinario. Finalmente, Marlaska asistió a la reunión con los otros ministros de Interior europeos, y en vez de un tirón de orejas consiguió llevarse un apoyo general.Ante este fracaso han pasado a la segunda fase del plan, que consiste en resistirse inicialmente a recibir la cuota de menores rescatados en Ceuta correspondiente a cada comunidad autónoma. Las comunidades gobernadas por el PP, muchas de ellas conjuntamente con Vox, querían cerrarse de antemano a recibir a estos menores (aunque finalmente acatarán la ley, porque también están obligadas). Se añade Junts, que una vez más amenaza a Sánchez de retirarle todo el apoyo si se le ocurre enviar menores inmigrantes a Cataluña. Es la derecha la que se niega a acoger, con un supuesto discurso de protección de la propia integridad nacional, o territorial, o lo que sea, pero que en realidad solo es un discurso de la xenofobia y la aporofobia, el odio al pobre. En el caso de Junts, da una cierta lástima verlos chapoteando en este lodazal —tan irrespetuoso con el pensamiento pujolista, que siempre fue abierto a la inmigración— solo por competir con los fascistas de alpargata y carquiñolí de Aliança Catalana. En cuanto a Europa, se echa intensamente de menos a una líder de derecha democrática como Merkel, que hace once años abrió Alemania a cerca de un millón de personas, mayoritariamente huidas de la guerra de Siria. Qué decadencia, en estos once años, la de las derechas europeas.