América Latina

La Barcelona venezolana que quiere hacerse rica con el petróleo

La ciudad es la capital de la región donde se concentran las reservas más grandes de crudo del mundo

La refinería José Antonio Anzoátegui, en el término municipal de Barcelona, en Venezuela.
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Enviada especial a Barcelona y Lechería (Venezuela)En Barcelona es imposible encontrar a alguien que sepa algo de Barcelona. La respuesta general es el mutismo total. Solo un joven, después de pensarlo mucho, suelta: “Ah, sí, vosotros tenéis el Barça”. Posiblemente, sin embargo, pasaría lo mismo en la capital catalana si preguntáramos qué sabe la gente de la Barcelona venezolana. Venezuela, de la misma manera que Cataluña, tiene una ciudad que se llama Barcelona. Es la capital de la región de Anzoátegui, al noreste del país, donde se ubica buena parte de la llamada franja del Orinoco, que concentra las reservas de petróleo más grandes del mundo y que se prevé que se convierta ahora en el centro de las inversiones extranjeras después del levantamiento parcial de las sanciones norteamericanas. Allí, por ejemplo, opera la norteamericana Chevron.

La Barcelona venezolana es una ciudad con un bonito centro histórico de casas coloniales pintadas de colores vivos. De hecho, la ciudad la fundó un catalán, un tal Joan Orpí i del Pou, cuyo nombre ha sido castellanizado en Venezuela. En cambio, sí que se conservan en la ciudad apellidos catalanes como Serra, y parte de su arquitectura tiene claras reminiscencias mediterráneas. Actualmente, en el edificio del ayuntamiento, hay una enorme pancarta con la fotografía de Nicolás Maduro y su mujer Cilia Flores, que ocupa la fachada de arriba abajo y que dice: "El imperio los secuestró, los queremos de vuelta. Nosotros venceremos". Da a pensar que la alcaldía no quiere saber nada de los Estados Unidos.

Con todo, la alcaldesa chavista de Barcelona, Sugey Herrera, afirma sin rodeos que no solo les interesan las inversiones extranjeras, incluidas las norteamericanas, sino que también han empezado a ofrecer ventajas tributarias a las empresas, han creado una plataforma para facilitar la contratación de personal, y tienen previsto transformar la ciudad para que se convierta en un centro neurálgico del sector petrolero. En su término municipal ya existe una gran refinería.

"En la ciudad hay más de 3.600 hectáreas de terreno disponibles –destaca–. Estamos cerca de la actividad petrolera, de importantes carreteras y tenemos un aeropuerto". De hecho, a partir del martes 2 de junio la compañía panameña Copa Airlines ofrecerá vuelos directos entre Barcelona y Miami. La idea es que la ciudad pase de los 600.000 habitantes actuales a casi un millón.

La zona que se pretende desarrollar urbanísticamente es la que se conoce con el nombre de Nova Barcelona, que está junto a otra localidad llamada Lechería. Nova Barcelona se construirá precisamente a imagen y semejanza de Lechería “para personas con un cierto poder adquisitivo vinculadas al sector petrolero”, detalla la alcaldesa, aunque esto tope diametralmente con los ideales de igualdad del chavismo.

La Venecia venezolana

Lechería es una población que no tiene nada que ver con la imagen que se tiene de Venezuela desde el extranjero. Mucho más pequeña que Barcelona, con unos 70.000 habitantes, es una especie de Venecia moderna: tiene 20 kilómetros de canales navegables con acceso al mar. Se construyó en los años setenta con la finalidad de que fuera un lugar turístico y de residencia y esparcimiento para personas con un cierto estatus social.

En concreto, Lechería comprende diversas urbanizaciones cerradas, con vigilancia, que forman el denominado complejo turístico El Morro, que se extiende por nueve de los doce kilómetros cuadrados de la localidad. El Morro tiene 1.600 casas unifamiliares y diversos edificios con apartamentos. En total, hay más de 15.000 propietarios. También hay pistas de tenis y de pádel, dos campos de golf, dos grandes centros comerciales, seis hoteles –algunos de cinco estrellas con helipuerto–, muelles privados para que los que viven allí puedan tener sus yates delante de la puerta de casa, y una zona superexclusiva denominada Las Villas, donde hay mansiones mastodónticas de hasta 600 metros cuadrados. De hecho, sorprende que todo esto se mantuviera con Hugo Chávez al poder.

Uno de los canales de Lechería, donde los vecinos pueden tener sus yates privados delante de la puerta de casa.

"Teníamos miedo de que nos lo expropiases", admite el ingeniero Daniel Camejo Guanche, cuyo padre fue el promotor de este complejo urbanístico, en referencia al único terreno baldío que aún queda en la zona y donde estaba previsto construir un tercer campo de golf. Ahora quieren convertirlo en un parque. "Lechería es una burbuja dentro de Venezuela. Incluso fuera del complejo, tampoco hay barrios extremadamente pobres", dice Sergio Ramos, miembro de la junta directiva de la Asociación de Propietarios del Complejo Turístico El Morro.

Ante la expectativa de suculentas inversiones extranjeras, cuando hacía poco más de dos semanas que habían detenido a Nicolás Maduro, el alcalde de Lechería, el opositor Manuel Ferreira, aprobó conceder incentivos fiscales a las empresas con el objetivo de convertir Lechería en “el nuevo hub energético de Venezuela”, en competencia clara con Barcelona. El problema es que en Lechería apenas quedan terrenos para construir. En Barcelona, en cambio, sí.

Aumento del precio de los inmuebles

En Lechería, sin embargo, energéticas como Chevron y Repsol ya tienen allí su sede administrativa, es decir, su centro de operaciones. Además, después de la reunión de Donald Trump con los ejecutivos de las petroleras más grandes del mundo en la Casa Blanca en enero, el valor de los inmuebles de alta gama ubicados dentro del complejo turístico El Morro se disparó, según explica Juan Carlos Hernández, presidente de la Cámara Inmobiliaria de Anzoátegui y vicepresidente de la Cámara de Construcción regional.

“Pasaron de costar 40.000 dólares a elevarse hasta los 120.000”, detalla. Los compradores eran venezolanos, colombianos, españoles, argentinos, y también algunos norteamericanos de origen latino. Asimismo, empresarios mexicanos del sector del petróleo han comenzado a comprar oficinas allí. "El 62% de las operaciones inmobiliarias de Anzoátegui se concentran en Lechería. En Barcelona, solo el 14%", añade.

Una escultura cerca de la sede central de la empresa Petróleos de Venezuela (PDVSA), en Caracas.

La reforma de la ley venezolana de hidrocarburos a finales de enero abrió la puerta a la llegada de inversores extranjeros, porque redujo del 33% al 20% el porcentaje de beneficio que las empresas deben pagar al gobierno venezolano por cada barril de crudo y porque las compañías ahora pueden recurrir a tribunales internacionales en caso de conflicto de intereses. Aun así, la producción petrolera continúa a años luz de lo que fue en el pasado. En 1998 llegó a los 3,5 barriles diarios, antes de la llegada de Chávez al poder. Actualmente es de 1,1 barriles.

"Por muy buena que sea una ley, no es suficiente si no va acompañada de señales que indiquen una cierta estabilidad política y económica del país. Nadie invertirá en un lugar donde haya riesgo", explica Rafael Quiroz, economista petrolero y profesor de la Universidad Central de Venezuela, que justifica así que de momento las empresas internacionales hayan mostrado poco interés. Con todo, sí que ha habido un cambio: desde enero Venezuela ya no exporta petróleo a Cuba, ni tampoco a China desde el 1 de abril. Ahora buena parte de la producción va a Estados Unidos.

Cortes de electricidad

Otro inconveniente añadido es que, por mucha burbuja que sea Lechería, la localidad no se escapa de algunas lacras del país. Por ejemplo, los cortes eléctricos, que son recurrentes: de repente se puede ver cómo los semáforos de la población dejan de funcionar. En Barcelona aún es peor, porque también hay problemas de agua: solo hay suministro cada tres días. En algunas zonas, cada quince.

Algunos vecinos de Lechería tienen grandes generadores eléctricos, pero eso tampoco soluciona el problema del todo, porque es muy difícil conseguir gasolina para que funcionen. De hecho, una de las cosas que llama la atención durante las casi cinco horas que dura el viaje de Caracas a Lechería por carretera es que cada dos por tres te encuentras un montón de camiones parados en el arcén, uno detrás de otro, esperando que haya gasolina en alguna estación de servicio. Dentro de Caracas también se forman largas colas de vehículos: cada día decenas de autobuses, autocares, taxis, e incluso coches de bomberos y ambulancias esperan hasta tres horas para llenar el depósito. Desde la costa de Lechería se puede divisar a lo lejos, en el horizonte, petroleros que también esperan mar adentro, pero en este caso para llevarse el crudo a otros países.

Cola de autobuses esperando para llenar el depósito en Caracas, la capital de Venezuela.
Una gasolinera de PDVSA donde la gasolina vale medio dólar el litro.

En Venezuela, donde el gobierno chavista pretendía fomentar la igualdad entre clases sociales, ahora hasta hay diferencia de clases para comprar gasolina. Hay tres tipos de estaciones de servicio. El primer tipo, las subvencionadas por el estado, donde la gasolina solo vale 11 bolívares el litro –un céntimo de euro–, pero para llenar el depósito hay que registrarse en la web del gobierno y armarse de paciencia porque las existencias son muy limitadas y enseguida se acaban. El segundo tipo de gasolineras, que es donde van la mayoría de los venezolanos, es mucho más caro: 91 octanos. Y el tercero, de precio aún más elevado, la gasolina es de más calidad, de 97 octanos, pero cuesta un dólar el litro y hay que pagar con dólares en efectivo. "Yo pongo quince litros de la muy cara, y veinte de la que es un poco más barata", dice un conductor, que se acaba de comprar un coche nuevo y está llenando el depósito en una de estas gasolineras superpremium.

Anderson es pescador y cuenta un fajo de billetes que, a pesar de que parezcan mucho dinero, no suman ni 50 euros.

Anderson tiene 37 años, se ha dedicado toda la vida a la pesca y vive en Lechería, pero su casa no está dentro del complejo El Morro, sino al lado de la playa, en una zona humilde que no está ni pavimentada. Acaba de terminar la jornada laboral y está contando un fajo de billetes que, aunque parezcan mucho dinero, no suman ni 50 euros. "Antes exportábamos pescado a otros países, o venía una persona con dinero y te compraba una caja entera de pescado de golpe. Ahora no pasa nada de eso", lamenta. Él no aspira a trabajar en el sector petrolero, ni a hacerse rico con las empresas extranjeras, ni mucho menos a comprarse una mansión en un lugar selecto, pero afirma: “Que vengan los americanos o quien sea, pero que venga alguien”.

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