Somos periodistas, pero nos tratan como a criminales
KabulAntes pensaba que el ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio era el peor del régimen de los talibanes. Los talibanes de este ministerio son los que gritan a las mujeres por la calle, cuestionan nuestra manera de vestir y nos tratan como si el hecho de existir y ser mujer fuera un delito. Pero el domingo pasado, cuando el servicio de inteligencia de los talibanes asaltó el medio de comunicación donde trabajo en Kabul, me di cuenta de que ellos todavía son peores.
Aquella mañana, hacia las once, nos confirmaron que dos de nuestros compañeros habían sido detenidos por el servicio de inteligencia de los talibanes. No conseguimos información, sin embargo, del lugar a donde los habían llevado ni de en qué condición estaban. Después de que los otros medios de comunicación afganos y las redes sociales publicaran la noticia, el miedo invadió nuestra oficina. Sabíamos que la difusión de la información podía tener consecuencias. Aun así, no esperábamos lo que pasó después.
Hacia las dos de la tarde, más de cuarenta talibanes del servicio de inteligencia irrumpieron en nuestra oficina. Llegaron armados, con la cara parcialmente tapada y vistiendo ropa local en lugar de uniformes militares. Entraron de forma violenta, gritando y apartando a los empleados. La redacción de repente se convirtió en un lugar de terror.
Yo estaba sentada detrás del ordenador y dos de mis compañeras me susurraron que los talibanes habían llevado a la oficina a uno de nuestros colegas detenidos. Incluso desde la distancia, vi que estaba muy mal. Tenía la cara pálida y la cabeza gacha, e iba con las manos esposadas y el pelo despeinado. Parecía roto. Sentí una pena inmensa por él.
Requisar los teléfonos móviles
Los talibanes entraron entonces en la sala donde trabajan los periodistas hombres, que está al lado de la nuestra. Podíamos oírlo todo a través de las paredes. Les exigieron que les entregaran los teléfonos móviles. Uno de mis compañeros se negó, y un talibán le dio tal bofetada que resonó en toda la oficina. Después de eso, nadie se resistió. Todos los periodistas renunciaron al objeto más personal que tienen: sus móviles.
En aquel momento, me di cuenta de que la situación era peor de lo que pensaba. Me apreté el pañuelo alrededor de la cabeza y me tapé la cara con la mascarilla. No sé por qué. Quizá por instinto. Quería sentirme protegida, aunque la ropa tampoco me podía proteger.
Entonces, dos talibanes entraron en la sala donde estábamos las mujeres. "Dadnos vuestros teléfonos y salid de la habitación", ordenaron. Nos encerraron en otra sala, mientras que a los hombres los hicieron salir al patio. A través de las ventanas, podíamos verlos. Los talibanes empezaron a golpear a muchos de ellos. A uno le chorreaba la sangre por la cara. Eran periodistas o trabajadores del medio de comunicación, pero los trataban como si fueran criminales.
En la sala donde estábamos nosotras, el aire se podía cortar con un cuchillo. Algunas chicas lloraban en silencio y todas estábamos blancas de miedo. Yo me puse a rezar en voz baja, una y otra vez, pidiendo a Dios que nos salvara.
Los talibanes exigieron que les diéramos las contraseñas de nuestros móviles. No hicieron preguntas, no explicaron nada. Simplemente cogieron los teléfonos, los conectaron a unos ordenadores que llevaban, y empezaron a buscar entre nuestras vidas.
La noche anterior, después de oír hablar de la detención de nuestros dos compañeros, lo había borrado casi todo de mi teléfono: correos electrónicos, mensajes, documentos de trabajo, contactos. Un instinto interior me había advertido que podía pasar algo malo. Pero incluso después de borrarlo todo, estaba aterrorizada. Mientras los observaba conectar nuestros teléfonos a sus ordenadores, me preguntaba: ¿me he olvidado de borrar algo? ¿Y qué pasará si recuperan los ficheros eliminados?
En el Afganistán actual, el miedo no es abstracto. El miedo se percibe físicamente. Se instala en el pecho, te hace temblar las manos, te deja sin aliento y a duras penas puedes respirar. Realmente creí que aquel día podía ser el final de mi vida. También pensaba constantemente en mi familia y en la posibilidad de que me detuvieran. Como mujer, también me perseguía otro miedo: si me arrestaban, perdería mi dignidad, mi reputación. En una sociedad como la afgana, una simple acusación ya puede ser suficiente para destruir la vida de una mujer.
Humillación e impotencia
Las horas pasaban lentamente. Los talibanes insultaban a todos: empleados, directivos, jefes de departamento. Nos hablaban como si fuéramos criminales pillados cometiendo un acto imperdonable. Nunca había experimentado tanta humillación, impotencia, peligro.
En un momento dado, una de las chicas preguntó si al menos podía llamar a su familia para que no se preocuparan. Un talibán respondió fríamente: "Si vuestras desvergonzadas familias se preocuparan por vosotras, no estaríais aquí". Después de sus palabras, se hizo el silencio. Afuera, la luz del día desaparecía lentamente. Adentro, el tiempo parecía congelado.
Hacia las siete de la tarde, finalmente a las mujeres nos permitieron marchar. Una hora más tarde aproximadamente, los hombres también fueron liberados. De camino a casa, ninguno de nosotros habló. Las calles de Kabul parecían normales, pero para nosotros ya nada era normal. ¿Qué pasará cuando vuelva a trabajar mañana o si encuentran algo en mi teléfono más tarde?, me preguntaba.
Cuando llegué a casa, mi familia estaba preocupada porque era muy tarde. Mi madre está enferma y no quería que se preocupara, así que mentí. Dije que los talibanes habían venido a la oficina para interrogarnos sin más, y que por eso me había retrasado. Sabía que la noticia se acabaría extendiendo de todas formas, así que no podía ocultarla completamente. Hay muchas cosas que oculto a mi familia. A veces me siento totalmente sola por eso. Llevo el miedo en silencio para que la gente que amo no tenga que llevarlo conmigo.
El regreso a la oficina
Al día siguiente, la oficina estaba casi vacía. La mayoría de los trabajadores no regresaron. Ya no parecía el lugar seguro que era antes, donde trabajábamos, reíamos, discutíamos posibles noticias y creíamos que el periodismo aún importaba. Ahora todo se ha desvanecido. Todos tienen el mismo miedo: que los talibanes puedan regresar en cualquier momento. Entonces también me enteré de que los talibanes se llevaron los ordenadores de los departamentos de finanzas, ventas, proyectos y recursos humanos.
Antes tenía miedo de informar de la violencia fuera de la oficina. Ahora soy consciente de que, incluso dentro de una redacción, ninguno de nosotros está realmente seguro. Seguimos sin noticias de nuestros dos compañeros arrestados. Este jueves las Naciones Unidas han emitido un comunicado expresando su preocupación por la detención.
Tampoco sabemos nada de la información que los talibanes sacaron de nuestros teléfonos. Y, además, ahora niegan todo lo que pasó: aseguran que solo siete hombres entraron en nuestra oficina y que nadie fue maltratado. Pero yo estaba allí, lo viví. Y a pesar de mi miedo, no puedo callar. Hablo porque el mundo sepa qué pasa en Afganistán y porque alguien, por favor, nos pueda ayudar.