Quinto año sin escuela para las chicas en Afganistán: "Escuché en silencio el llanto de mi prima"

KabulEl curso académico en Kabul comienza con el inicio de la primavera, porque en invierno hace tanto frío que es entonces cuando se hacen las vacaciones escolares. Antes de que las escuelas reabrieran el pasado 28 de marzo, mis colegas periodistas y yo preguntamos repetidamente a los portavoces talibanes qué pasaría este año con la educación de las niñas. Nunca recibimos una respuesta clara. A pesar de todo, teníamos una pequeña esperanza de que quizás este año sería diferente.

Pero por quinto año consecutivo, cuando el ministro de Educación de los talibanes hizo sonar la campana para marcar el inicio del curso académico, las niñas de más de doce años volvieron a ser excluidas de las escuelas. Mientras miraba el anuncio en la televisión, confiaba oír una frase que dijera que las restricciones se habían levantado. Pero no fue así. Sentí una tristeza profunda y abrumadora por un país que continúa excluyendo deliberadamente a la mitad de su población, la expulsa de la vida pública y la confina entre las paredes de su casa.

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En aquel momento, pensé en mis primas. Tengo seis. Tres están en edad escolar, pero ahora no pueden continuar con su educación. Tamkeen tiene dieciséis años, Husna catorce, y solo Asma, que tiene doce y está en sexto de primaria, todavía puede ir a clase. Pero solo durante este año.

Sentimiento de culpa y decepción

Aquel día las llamé. Pensé que quizás podría consolarlas. Contestó Husna y, en el momento en que sentí su voz, supe que la invadía la emoción. Intentó sonar normal, pero la voz le temblaba. Entonces me dijo: "Has tenido suerte. Tú has acabado tus estudios, has conseguido tus sueños".

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Su reflexión despertó en mí una especie de sentimiento de culpa y pensé que, si hubiera nacido solo unos años más tarde, mi vida podría haber sido exactamente como la suya. No tenía palabras para consolarla, ni podía decirle que tuviera paciencia. Solo escuché su llanto en silencio, el peso de su decepción.

La última vez que visité la casa de mis primas vi a Asma con el uniforme escolar preparándose para ir a la escuela con emoción. Quizás será el último año que lo llevará. Su madre me explicó que a veces se niega a quitárselo, como si llevándolo pudiera aferrarse a algo que le están quitando lentamente.

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Tamkeen, la hermana mayor, estaba ocupada con tareas domésticas. En el pasado soñaba con ser médica. Si las cosas hubieran ido de otra manera, si los talibanes no hubieran regresado o si simplemente hubieran permitido a las chicas continuar su educación, quizás se habría graduado este año. Ahora sus días los llena barriendo el suelo, lavando los platos o cocinando. Con los años se ha vuelto más silenciosa. No es difícil ver qué han supuesto para ella cinco años de exclusión de la escuela, de los amigos y del mundo exterior. Cuando le pregunté sobre la escuela, me contestó simplemente: "Los años que se suponía que debía estudiar ya han pasado. Ya no tiene sentido". Ahora ya no habla de sus sueños, sino de casarse.

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Recuerdo cuando yo tenía su edad. Me preparaba para los exámenes de acceso a la universidad, estudiando día y noche con la esperanza de ser aceptada en la Universidad de Kabul. Ahora su destino se reduce al matrimonio, a pesar de que quizás es una manera de escapar de un confinamiento para entrar en otro.

Husna, en cambio, todavía conserva la esperanza, a pesar de que ya no puede ir a la escuela. Un día me dijo que quiere ser periodista como yo. Cada vez que le llevo libros, pasa las manos por las páginas, hojeándolas una y otra vez. Dice que le encanta el olor. Siempre me pide que le lleve libros recién impresos. Pero incluso su mundo se está reduciendo. Su padre, profundamente temeroso de la situación actual, no permite que sus hijas salgan solas de casa. Nunca han ido a ningún sitio sin él. Sus vidas se reducen a cuatro paredes.

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A veces pienso en el pasado. Mañanas llenas de movimiento, risas, objetivos. La escuela fue una parte natural de sus vidas. Ahora, incluso hablar de ella les parece difícil. Pero esta no es solo su historia. Millones de chicas en todo Afganistán viven la misma realidad.

Silencio abrumador

Durante mucho tiempo pensé que quizás las cosas cambiarían. Pero hace pocos días, mientras preparaba un reportaje sobre la educación de las chicas, mi percepción cambió. Fui a hacer entrevistas a los barrios de Kabul donde en teoría la gente es de mentalidad más abierta y donde antes había los mejores centros educativos para chicas: los barrios de Macroryan, Shahr-e-Naw y Qala-e-Fathullah. Allí siempre era difícil encontrar a alguien contrario a la educación de las chicas.

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En la actualidad, la gente todavía quiere que sus hijas vayan a la escuela, pero ya no se atreven a decirlo. Pasé horas intentando grabar solo dos entrevistas. Todas las personas a quienes pedía su opinión admitían en voz baja que quieren que las escuelas vuelvan a abrir para las niñas. Pero cuando les pedía que dijeran eso mismo ante la cámara, se negaban. Argumentaban que tenían miedo. Un hombre me contestó: "No quiero problemas". Otro simplemente se marchó.

En ese momento entendí por qué no hay grandes protestas en Afganistán y por qué el silencio es tan significativo. No es aceptación, es miedo. Y con este miedo, la esperanza se desvanece lentamente.

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Los talibanes no se han vuelto ni más moderados ni más modernos. En cambio, la gente de Kabul se está adaptando lentamente a su manera de pensar. Y en medio de esta transformación silenciosa, las chicas son las que pagan el precio más alto.