Amor y odio entre la Mafia y la Iglesia en el sur de Italia

Los tres últimos papas han condenado el crimen organizado, y ahora el Vaticano estudia excomulgar formalmente

MilàEl 9 de mayo de 1993 Juan Pablo II realizó una histórica visita en Sicilia. Después de celebrar una multitudinaria misa en el Valle de los Templos de Agrigento, el Pontífice improvisó un discurso que marcarían un antes y un después en la ambigua relación entre la Iglesia católica y la Mafia. “Dios dijo una vez: ¡No matarás! La Mafia no puede pisar este derecho santo de Dios. Este pueblo siciliano, tan arraigado a la vida, no puede vivir siempre bajo la presión de la muerte. En nombre de Cristo crucificado y resucitado, me dirijo a los responsables: ¡Convertíos, un día llegará el juicio de Dios!”.

Pocos sabían entonces que apenas unas horas antes, Juan Pablo II se había reunido en privado con los padres de Rosario Livatino, el juez asesinado por la criminalidad organizada tres años antes. Livatino tenía sólo 38 años y llevaba más de una década al servicio de la magistratura siciliana cuando cuatro sicarios de la 'stidda', una mafia local paralela a Cosa Nostra, acabaron con su vida. Según testificó Gaetano Puzzangaro, uno de sus asesinos, cuando sus verdugos se presentaron ante él, Livatino les preguntó con una serenidad aplastante: “Muchachos, ¿qué mal os he hecho?”.

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El juez Rosario Livatino era un joven incómodo para la Mafia, defensor de la legalidad e incorruptible, a quien la Iglesia católica declaró “mártir de la justicia y de la fe” y elevó a los altares como beato el pasado domingo, coincidiendo con el aniversario de la visita del Pontífice polaco. Es el primer magistrado beato de la historia de la Iglesia. 

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La condena de Juan Pablo II a la Mafia fue un punto de inflexión en una Sicilia destruida por la guerra entre clanes y por la ofensiva que Cosa Nostra había declarado al Estado, con muertos y atentados casi a diario. “Aquel grito a la conversión de los mafiosos llegó como un trueno”, recordaba el arzobispo emérito de Agrigento, Carmelo Ferraro. Pero la Mafia, que no perdona, se vengó de las palabras de Wojtyla con atentados en iglesias y el asesinato a sangre fría del sacerdote Pino Puglisi, a quien cuatro meses después Cosa Nostra mató en Palermo el día de su 56 cumpleaños. Un año después, la Camorra napolitana ejecutó al sacerdote Peppe Diana. 

Después de Wojtyla, Benedicto XVI también cargó contra la criminalidad organizada en una histórica homilía. Y en junio de 2014, el papa Francisco anunció que los mafiosos no estaban en comunión con Dios. “Están excomulgados”, lanzó ante 200.000 personas en Calabria, un mes después del brutal asesinato de un niño de tres años y su abuelo durante un ajuste de cuentas de la 'Ndrangheta.

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Sin embargo, a pesar de la contundente condena de tres Papas, la relación entre la Iglesia y la criminalidad organizada ha seguido siendo ambigua. Por miedo, por interés o por la vocación de intentar convertir a los criminales, durante décadas muchos sacerdotes han sobrevivido en connivencia con quienes sembraban el terror en sus territorios. Todavía es habitual que en pequeñas poblaciones, sobre todo del sur del país, las procesiones se detengan delante de la casa del 'capo' local en señal de respeto. 

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Ahora el Vaticano quiere romper con esa peligrosa mezcla entre lo sagrado y lo profano, a veces apoyada por la creencia de que los mafiosos son profundamente religiosos, y ha creado una comisión de expertos para estudiar su excomunión formal y dejar claro que “no es posible pertenecer a la mafia y ser parte de la Iglesia”, explicó su portavoz, Vittorio Alberti. Su objetivo será “eliminar definitivamente cualquier posible compromiso de cierto catolicismo con las mafias”, añadió.

El grupo de trabajo está presidido por Michele Pennisi, arzobispo de Monreale. Entre sus miembros se encuentran, entre otros, el presidente del Tribunal del Vaticano, Giuseppe Pignatone; la ex presidenta de la Comisión Antimafia del Parlamento italiano, Rosi Bindi; y el fundador de la asociación Libera, el sacerdote Luigi Ciotti, probablemente el cura más protegido de Italia desde que en 2014 un pinchazo telefónico desveló como Totò Riina, considerado el último gran jefe de Cosa Nostra, encarcelado desde hacía más de 20 años, daba instrucciones desde la prisión para acabar con su vida. Riina murió en 2017 pero Ciotti sigue sin poder prescindir de sus escoltas. 

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“A la Iglesia le ha costado entender que la mafia y el Evangelio son incompatibles”, asegura a este periódico el sacerdote amenazado. “A esto se une el trágico malentendido de la religiosidad de los mafiosos. Una religiosidad que es instrumental, ficticia, y que ha llevado a algunos hombres de la Iglesia a ver en el mafioso a un presunto creyente olvidando al criminal. Ha sido necesaria la denuncia de tres Papas para terminar con la ambigüedad y la complicidad que, en realidad, no ha desaparecido completamente”, denuncia.

El teólogo Cosimo Scordato, que organizó la primera manifestación contra la mafia por las calles de Palermo hace 30 años, hoy no tiene ninguna duda: “La Iglesia no debe dar los sacramentos a los mafiosos porque no se puede ser cristiano y mafioso. La mafia es atea”.