Vivir en Taiwán con normalidad a pesar de la amenaza de una invasión china el año que viene
La tensión política crece en Taiwán, una isla en la que cada vez menos jóvenes se identifican como chinos
Taipéi (Taiwán)El verano de 2025 millones de taiwaneses vieron en la televisión cómo el ejército chino bloqueaba la isla y cómo esto provocaba pánico. Centenares de personas saqueaban los supermercados, internet dejaba de funcionar y unos cuantos aviones de guerra cruzaban el cielo de la capital. Era una ficción. La serie Zero day attack batió récords de audiencia mientras generaba un debate profundo en la sociedad taiwanesa: por primera vez la ficción imaginaba un ataque de la República Popular de China. Pero la posibilidad de este ataque no es una ficción, según un informe que el gobierno de los Estados Unidos ha hecho público recientemente, y en el que afirman que tienen indicios de la intención de China de invadir Taiwán en 2027.
La posibilidad de ser atacados por uno de los ejércitos más grandes del mundo forma parte del día a día en Taiwán. "La gente exagera, no creo que pase nunca nada", dice Benoît, un francés que hace décadas que vive en el país. Justo cuando lo dice, unos cazas del ejército del aire sobrevuelan el cielo de la ciudad de Tainan, en el sur. "Es normal, ejercicios rutinarios", dice.
Los taiwaneses van haciendo lo suyo, normalizando lo que sorprende a los visitantes, como los avisos por todas partes que indican la dirección de un refugio antiaéreo, ya sea en el metro de Taipéi, en un centro comercial o en un templo. Es normal ver buques de guerra en el puerto y aviones de combate sobrevolándote. Cada día las noticias recuerdan la excepcionalidad de este país, donde el primer ministro no deja de incrementar el presupuesto militar para defenderse si llega el ataque. Un día la noticia que abre los informativos es un dron chino que entra en el espacio aéreo taiwanés y al día siguiente, la detención de una periodista de la cadena CTi News acusada de trabajar para los servicios secretos de Pekín y de pagar dinero a exmilitares a cambio de información. Cada día la prensa informa con normalidad de la detención de alguien que practica "actividades poco patrióticas" a sueldo de Pekín.
La amenaza de la invasión por parte de China no es nueva. Tampoco la tensión con Pekín. Ambos países ya han vivido enfrentamientos armados violentos en el pasado, como las dos crisis del estrecho de Taiwán de 1954 y de 1958, con más de tres mil muertos en combate. Al sur del país, en la ciudad de Kaohsiung, una trabajadora bosteza en la exposición dedicada a la segunda crisis del estrecho. Este museo recuerda a los soldados taiwaneses que, con apoyo estadounidense, plantaron cara a unas fuerzas chinas muy superiores. Pero el museo está vacío. Nadie lo visita y la trabajadora se sorprende cuando los primeros visitantes del día son extranjeros.
A los jóvenes, aquella guerra les queda lejos. Ellos abren negocios, quieren visitar Europa por vacaciones y disfrutan de una vida cultural creativa. Pasan más tiempo hablando de noticias como la de el escalador estadounidense Alex Honnold, que escaló sin cuerdas el edificio más alto del país, que no debatiendo sobre una posible guerra con Pekín. Las últimas semanas el tema más comentado en las redes era el precio, muy caro, por ver en directo grupos de pop coreanos o japoneses.
Históricamente, Estados Unidos protege al gobierno taiwanés, pero con la Casa Blanca abriendo frentes en otros lugares, muchos taiwaneses tienen miedo de que Pekín lo aproveche para atacar. "Cuesta imaginar una guerra, pero, tal como va el mundo, quién sabe", explicaba en una conferencia Wu Ming-yi, un escritor taiwanés con eco internacional. "Lo más probable es que llegue el día en que los dos gobiernos pacten la reunificación sin armas, a cambio de garantizar un alto grado de autonomía a Taiwán", dice Benoît, el ciudadano francés. Porque, oficialmente, Taiwán no es un país. Se podría decir que es un "no país". "Nos preguntamos quiénes somos y qué somos. Y cada persona te responderá de manera diferente", afirma Ming-yi.
La única China oficial
Cuando hace años el prestigioso premio Booker Internacional escogió entre sus finalistas el libro Durante décadas, ambos gobiernos reclamaban ser China. Pero el paso del tiempo ha ido convirtiendo las guerras del pasado en un recuerdo lejano. Cuando en los años 80 y 90 llegó por fin la democracia a Taiwán –hasta entonces el Kuomintang no permitía hacer elecciones escudándose en el hecho de que había que mantener un estado de excepción para protegerse del enemigo–, la vida política fue cambiando. En los últimos años, la coalición verde que lidera el Partido Democrático Progresista (PDP) ha encadenado tres mandatos consecutivos sumando muchos votos entre los jóvenes. Y este partido ya no defiende que ellos son China: el PDP considera Taiwán un estado separado de China y promueve una identidad nacional propia. Un estudio del Pew Research Center afirma que el 67% de la población se considera solo taiwanesa y menos del 10% se considera china. Entre los menores de 25 años, el 83% se consideran principalmente taiwaneses.
"Taiwán es un estado independiente. Una realidad diferente –defiende Wu Ming-yi–. Culturalmente ligado a China, pero somos una realidad individual".
Por el contrario, China sigue defendiendo que Taiwán les pertenece y que, si es necesario, no descartará usar las armas para recuperar la isla. Además, el Kuomintang ha quedado en tierra de nadie, ya que la población taiwanesa no quiere la unificación, y después de ver cómo Pekín no respeta el autogobierno prometido en Hong Kong, poca gente quiere una unificación pactada. Cheng Li-wun, líder del Kuomintang, ha defendido estos días acercarse al gobierno chino para "evitar una guerra" en un encuentro con Xi Jinping, quien dejó claro que "no toleraremos el independentismo" en Taiwán. Un símbolo de todo ello es la tumba de Chian Kai-shek, que descansa en un cementerio menor y en una tumba pequeña: el padre del Taiwán moderno dejó por escrito su deseo de ser enterrado en el continente cuando, tal como él creía, el comunismo se desplomara y China fuera una de nuevo. Ironías del destino, si algún día como él quería es enterrado en el continente, debería ser gracias al gobierno comunista de Pekín.
Cuando hace años el prestigioso premio Booker Internacional escogió entre sus finalistas el libro The stolen bicycle [La bicicleta robada], de Wu Ming-Yi, este fue descrito como un "escritor taiwanés". Pero unos días después, la web del premio cambió la definición a "escritor de Taiwán, China". Detrás había presiones de Pekín. "No estaba de acuerdo, no me define", se quejó Wu Ming-yi. "Taiwán ya tiene una personalidad propia y no podemos olvidar nuestra historia, pero las presiones de Pekín son evidentes, también en el mundo de la cultura", dice ahora Ming-Yi. "Aquí aún quedan las poblaciones aborígenes, no lo podemos olvidar", añade en referencia a los pueblos que hoy apenas llegan al 5% de la población, pero que hacía siglos que vivían en Taiwán hasta que hace 400 años empezaron a llegar inmigrantes chinos. Y estos inmigrantes hablaban dos lenguas, el hoklo y el hakka. "Chian Kai-shek, al considerar que Taiwán formaba parte de China, impuso el mandarín, pero la población local hablaba especialmente hoklo", explica Ming-yi. De hecho, mucha gente llama "taiwanés" al hoklo, una lengua que también se habla en la China continental, donde ha sido perseguida. Potenciar lenguas como el hoklo, el hakka y las aborígenes ha permitido reforzar una identidad separada de Pekín.
Problemas de calle
En los últimos años, cada vez más jóvenes dicen que su principal preocupación es la economía, los sueldos bajos y los obstáculos para encontrar vivienda, algo que Pekín ha aprovechado para hacer llegar el mensaje de que ellos no tienen estos problemas y que tienen una economía fuerte.
Brian Hioe, un analista de Taipéi, escribía: "En Taipéi se dice que, para comprar un piso, tienes que pasar 15 años sin comer ni beber. Muchos jóvenes están decepcionados con el PDP porque la economía sufre, pero la oposición no lo ha aprovechado", como se vio en las presidenciales de 2024. Pero si hace dos años los taiwaneses consideraban que la economía era su principal quebradero de cabeza, ahora les vuelve a preocupar una posible guerra, según una encuesta del Instituto para la Investigación en Defensa y Seguridad Nacional de finales de 2025.
El productor de televisión Cheng Hsin-mei, creador de Zero day attack, explicaba en un artículo que hay "una amenaza inminente de guerra, hay que aceptarlo". De hecho, el actual presidente Lai Ching-te ha creado nuevos proyectos de formación de defensa civil para preparar a los ciudadanos en caso de ataque. "Para garantizar la seguridad de Taiwán, esperamos confiar no solo en las fuerzas armadas, sino también en las fuerzas de resiliencia defensiva en toda nuestra sociedad. De esta manera, podremos conseguir la paz a través de la fuerza", dijo el mandatario hace unos meses. Algunos actores, por cierto, no quisieron participar en Zero day attack, ya que, si lo hacían, se les podían cerrar las puertas al gigante mercado chino. Cuando una estrella musical o un actor triunfa en Taiwán, Pekín les deja visitar China si firman contratos afirmando que no harán declaraciones políticas contrarias a sus intereses.
Taiwán y China conviven así, en un frágil equilibrio. "Los jóvenes quieren vivir su vida, amar y soñar. Es imposible no pensar en una futura guerra, pero la gente se rebela intentando hacer vida normal", dice Hsin-mei. Y Taiwán pasa los años atrapado entre el pasado y el futuro. El partido gobernante no se atreve a declarar la independencia para no ofender a Pekín. Y la mayoría de la población ya ve bien que continúe este statu quo extraño, ya que buena parte de los jóvenes tienen otras prioridades. Como dice un personaje de la serie: "¿Qué me importa lo que pase en Taiwán si puedo estar contigo?"