Sin Benedicto XVI no hay Francisco

BarcelonaCuando el cardenal Joseph Ratzinger fue escogido en 2004 se habló de panzerpapa o de un pastor alemán. Todo apuntaba a una pura continuidad ortodoxa con Juan Pablo II. No en vano había sido su ejecutor doctrinal desde la Congregación de la Doctrina de la Fe durante más de veinte años. Pero no fue así. Fue el Papa que hizo pensar.

Ratzinger era un conservador bávaro. Que no quiere decir lo mismo que carca o facha, o dogmático. También era conservador Antoni Gaudí y nadie duda de la creatividad y la genialidad que tenía. Ratzinger era un genio de la teología. Además, con la edad, se fue formando una imagen de abuelo entrañable que le daba todavía más autoridad.

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Desde este conocimiento profundo, Benedicto XVI provocó dos cambios. El primero, la capacidad de discutir –sin palabras más altas que otras–, argumentar y debatir dentro de la Iglesia. Es el último Papa que había participado en los intensos debates del Concilio Vaticano II. Si el pontificado de Juan Pablo fue el del rearme interno y las consignas claras, el de Benedicto XVI fue el del diálogo. Quizás no llegó a las masas ni le dio popularidad, pero dejó un terreno sembrado para las reformas y la apertura de Francisco.

Una muestra de ello es la fortuna que hizo la expresión “atrio de los gentiles”, la Iglesia como lugar de encuentro y diálogo entre gente de dentro y fuera. También es el primer Papa que publica tres libros sobre Jesús aclarando que aquel texto no es magisterio. Es su visión. Y si el Papa puede tener una personal, quiere decir que otros también pueden tener la suya.

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Más conocido es el gran cambio que representa su renuncia. Si lo pudo hacer es porque nadie le discutía su alto nivel teológico. Si puede renunciar, el Papa deja de convertirse en un Dios o un emperador en la Tierra al que solo hay que obedecer.

En Catalunya será siempre el Papa que consagró la Sagrada Familia. Y seguramente, después de Pablo VI, el que más ha entendido la realidad catalana. Los gestos que hizo con el catalán durante la estancia en Barcelona lo certifican. Y a pesar de que después ha habido la sombra de un supuesto encubrimiento de abusos cuando era arzobispo de Múnich, fue el primero en admitir esta lacra dentro de la Iglesia. Quien tenga dudas de su contundencia contra estos delitos que lea la carta a los católicos de Irlanda escrita en 2010.

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Sin rupturas, los diez años de Benedicto XVI dieron paso a los cambios que ha promovido Francisco. Cuando haces pensar y dialogar, no hay más camino que la reforma, aunque sea conservando todo lo que haya que conservar.