China-UE: una relación de contradicciones y necesidades mutuas

La guerra en Ucrania ha acelerado la erosión de la ya contradictoria relación entre China y la Unión Europea. Desde 2019, Bruselas considera al gigante asiático no solo como un “competidor económico”, sino también como un “rival sistémico” que promueve un orden global alternativo. Pero este orden alternativo también está evolucionando al ritmo de los cambios que viven China y el mundo. Después de 2001, con su entrada en la Organización Mundial del Comercio, China se convierte en el actor clave que “define la globalización y ahora también es quien definirá la desglobalización”, aseguraba el jueves Belén Romana, consejera del Santander, en unas jornadas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP).

El comercio bilateral entre la Unión Europea y China supone más de 1.500 millones de euros al día. Y esta dependencia mutua seguirá, incluso si China “se cierra al mundo”, como asegura la economista Alicia García Herrero. “No solo sus fronteras, también su mentalidad se está cerrando”, precisa esta experta de Natixis y del centro Bruegel, instalada desde hace tiempo en el continente asiático.

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Inversiones y gobernanza

La dualidad de las relaciones entre Pekín y Bruselas ha oscilado durante años entre la captura de inversiones bilaterales y la necesidad de mantener a China comprometida con la gobernanza global. Pero ya hace tiempo que este equilibrio imposible ha empezado a romperse. La preocupación por la situación de los derechos humanos en China ha vuelto a la mesa de negociación europea, de donde estuvo desterrada durante más de una década, sacrificada en favor de unas inversiones financieras que han multiplicado la capacidad de influencia económica, política y cultural china en todo la Unión Europea.

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Pero estamos entrando en un escenario de transformación de la globalización, en parte por la evolución del concepto de seguridad y la irrupción de la tecnología. La geopolítica se ha impuesto y la guerra de Ucrania se ha convertido en el frente bélico que acelera muchos de estos cambios. En un momento de incertidumbre global, la prioridad para Xi Jinping es la estabilidad de su sistema. A pocos meses del XX Congreso del Partido Comunista, donde el presidente chino tiene previsto dar un último golpe de fuerza que consolide todavía más su poder, las turbulencias –incluidas aquellas causadas por un aliado de conveniencia como Vladímir Putin– son un problema.

El modelo chino de “legitimación por los resultados” también tiene crisis internas y lo último que quiere Xi en estos momentos son tensiones sociales que amenacen la consolidación de su poder personal. “Ahora tenemos una China que se protege, pero no lo hace en solitario –explicaba Alicia García Herrero el viernes en la UIMP–. China se protege con el sur global porque cree que Occidente no le permitirá crecer y busca aliados”.

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Desde la distancia y la necesidad, la Unión Europea también ha ido readaptando la agenda de esta contradictoria relación bilateral. Nadie en Bruselas espera una mejora en las interdependencias con Pekín antes del congreso del Partido Comunista del otoño. Incluso después de esto, el camino para resolver la lista de problemas crecientes entre las dos potencias tampoco está nada claro. Pero si una cosa tienen en común China y la Unión Europea es que las dos quieren que la guerra en Ucrania acabe cuanto antes mejor.