La economía y las tensiones nacionales, los grandes retos de Londres después del acuerdo post-Brexit
Lo que está en juego es una concepción del futuro del Reino Unido basada en su pasado imperial
LondresDesde que Boris Johnson llegó a Downing Street (julio de 2019), uno de los juegos de palabras habituales del primer ministro británico al referirse al pacto comercial del post-Brexit ha sido que daba igual, que si la UE no cedía a las peticiones de Londres, el Reino Unido caminaría solo, como lo ha hecho siempre con la excepción de los 47 años de pertenencia a la Unión, y se regiría por un acuerdo del estilo del de Australia. Como, de momento, Australia no tiene ninguno con Bruselas, Johnson escondía que se trataba de una nueva relación no ad hoc sino basada en el patrón de la Organización Mundial del Comercio. Finalment este jueves por la tarde ha habido fumata blanca.
Los críticos con Johnson lo han tenido muy fácil para rebatir el argumento. “¿Cuántos camiones viajan cada día entre Australia y el Reino Unido?” Obviamente ninguno. Por el contrario, son no menos de 70.000 de media los que lo hacen semanalmente entre la Unión y el Reino Unido a través de los diferentes puntos fronterizos a la orilla del canal de la Mancha, sobre todo Dover. Ergo, resulta imposible que las condiciones de un país tan alejado de la UE como es Australia se puedan equiparar con las del Reino Unido.
Con acuerdo o sin él, lo que estaba en juego detrás del Brexit era una concepción del futuro del Reino Unido basada, en buena parte, en su pasado, en este caso uno imperial, y en una idea de lo que es la soberanía un poco estrecha de miras. Del mismo modo que los estados miembros mancomunados subrogan soberanía a un ente superior (UE), cuando cualquier estado soberano firma un tratado internacional -ya sea el Acuerdo del Viernes Santo, la integración a la OTAN o incluso un pacto comercial- cede una parte de su poder.
Ahora, con todo el poder ya en manos del Parlamento de Westminster, los retos del Reino Unido son, sobre todo, económicos, pero también políticos. En el primer capítulo, de acuerdo con todos los análisis de think tanks y del Banco de Inglaterra, también del mismo gobierno, la economía británica se contraerá. Solo hay que conocer el volumen de la caída y la duración: el 2,1% el próximo año, de acuerdo, por ejemplo, con el Instituto de Estudios Fiscales. El impacto del covid, una crisis que puede superponerse a otra, puede hacer todavía más difícil navegar por las aguas de la adaptación a la nueva y querida independencia. ¿Pero cómo hay que mirarla? De acuerdo con Ian Duncan Smith, exministro de Theresa May y uno de los más apasionados defensores del Brexit, solo hay una forma: “En definitiva, la gente votó para ser independiente, para ser soberana”. Unas declaraciones que Smith hizo a la BBC poco antes de que Johnson partiera hacia Bruselas para la última cena con Ursula von der Leyen. Al precio que fuera, pues.
Pero el precio, la cuantificación, puede ser importante. El mismo 9 de diciembre, horas antes del encuentro en Bruselas, el jefe de la cadena de supermercados Tesco, John Allan, advertía de que el precio de los alimentos podría subir hasta un 5% debido a la imposición de aranceles. En principio, ningún problema. Los británicos dejarían de comer queso brie, francés, que puede experimentar un aumento del 40%, para tragarse el nacional pero más enjuto cheddar. Ha habido acuerdo y en parte los aranceles se han evitado.
Por mal que vaya el Brexit o por caótico que acabe siendo en las primeras semanas o meses a partir del 1 de enero, y por mucho que se encarezcan los alimentos que vengan del continente solo por efecto de la burocracia extra que provoca incluso un divorcio y un futuro relativamente amistoso, este argumento y otros parecidos no serán utilizados por la oposición. Los brexiters han vendido muy bien la idea de que alejarse de la UE es la exaltación de la independencia. La libertad puede dar miedo y hay que pagar un precio. El Reino Unido post-Brexit es una nueva casa. Dejar la de los padres y entrar en un hogar desconocido choca al principio: habrá que hacer ajustes. Pero una vez os hagáis a la libertad, todo el mundo la disfrutará. Las voces críticas se apagarán. Será el razonamiento ante las dificultades hipotéticas o reales.
El otro gran reto de Londres es la relación con las naciones periféricas del Reino Unido. Porque el Brexit ha sido un fenómeno inglés, no escocés, no norirlandés y marginalmente galés. Ahora, este es el riesgo más grande para la estabilidad del estado que nace en 2021. El laborismo no señalará nunca a los culpables si la cosa se tuerce. Pero en Escocia, el independentismo lo tiene muy claro. Salen de la UE en contra de su voluntad y quieren hacerle pagar el precio a Johnson.