250 años de la independencia de los Estados Unidos

Del 'Born in the U.S.A.' al 'Fuck off, America'

La percepción generalizada de los europeos y del resto del mundo del país y del presidente Trump es negativa o muy negativa

04/07/2026

LondresEl 23 de junio de 1985 vi a Bruce Springsteen en el polvoriento Richter Stadium de Montpellier. Era el undécimo concierto de la gira europea de Born in the U.S.A. y unas cuarenta mil personas llenamos el recinto y acompañamos la voz del Boss cuando arrancó con la canción que daba título a uno de sus álbumes más famosos de aquella década. El tema, malinterpretado como una exaltación patriótica a ultranza, era en realidad todo lo contrario: una denuncia de la manera como el país había abandonado a una generación de sus ciudadanos. El mismo Springsteen se quejó, muchos años después (2016), en su libro Born to run: "Born in the U.S.A. continúa siendo una de mis piezas musicales más importantes y, a la vez, una de las más malinterpretadas".

El show que el de Nueva Jersey llevó a Europa después de cuatro años de ausencia era made in America cien por cien. Tráilers enormes que venían de las carreteras de Estados Unidos, motos que parecían salidas de los aires de libertad de Easy rider, merchandising y ropa ad hoc imposible de encontrar en Barcelona. Todo ello daba envidia de no haber nacido allí y de no poder cantar, con derecho de nacimiento,Born in the U.S.A.¿Tengo hoy las mismas ganas de corear la canción?¿La admiración hacia los Estados Unidos, sin duda compartida por millones de europeos, tendría fecha de caducidad? No por Springsteen, que continúa siendo un ídolo y un espejismo antitrumista en un país que camina peligrosamente hacia el autoritarismo, sino porque Trump se ha quitado la máscara, y nos ha mostrado la cara más oscura del imperio.

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La canción del Boss se alejaba mucho de lo que sugería su sonoridad –un rock triunfal de aire épico– si te tomabas la molestia de escuchar la letra. Born in the U.S.A. contrappone una música exultante con la historia de un obrero enviado a matar soldados del Vietcong que después su propio gobierno abandonó a su suerte. Springsteen profundiza en una de las grandes heridas de la sociedad norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Como unos años antes había hecho Michael Cimino en El cazador.

Aquella clase trabajadora blanca que describían Springsteen y Cimino se ha continuado hundiendo durante décadas. La segunda temporada de The wire (2003) lo mostró a través de los estibadores de Baltimore; más recientemente, la amarga y oscarizada Nomadland ha retratado a los expulsados de la América postindustrial, condenados a una existencia itinerante. Las tres obras explican la historia de los perdedores de un modelo económico que alimentaría buena parte del apoyo electoral a Donald Trump. Explican, sin más, el fracaso del sueño americano.

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Paradójicamente, la capacidad de convertir las mismas contradicciones y demonios del país en productos culturales –literatura, música, cine, periodismo, televisión...– era una de las principales fuentes de admiración internacional hacia los Estados Unidos. Durante buena parte del siglo XX, al menos en la Europa Occidental surgida de la Segunda Guerra Mundial, los admirábamos no porque los consideráramos un paraíso sin mácula, sino porque parecían lo suficientemente seguros como para exponer sus heridas en público y discutirlas sin complejos. Como si practicaran una especie de creencia ciega en una de las citas más recurrentes de La democracia en América, de Alexis de Tocqueville: "La grandeza de América no reside en ser más ilustrada que ninguna otra nación, sino en su capacidad de corregir sus errores".

Había un ideal fundacional que superaba el contraste con la realidad. La declaración de independencia –que ahora cumple 250 años– proclamaba como una verdad evidente que "todos los hombres son creados iguales", y que el creador los había dotado de derechos inalienables, "entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad". El posible mal funcionamiento del sistema no eclipsaba la fuerza de la promesa. Al contrario, parecía proporcionar el patrón con el que los mismos norteamericanos medían sus propios incumplimientos.

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Por eso también admirábamos los Estados Unidos. No solo porque habían contribuido decisivamente a derrotar el nazismo y a reconstruir la Europa Occidental con el Plan Marshall –que también consolidó su hegemonía mundial–, sino porque eran el país del New Deal y del keynesianismo; de John Steinbeck y Arthur Miller; de la Generación Beat y de Truman Capote; de John Cheever y John Irving; de Bob Dylan y Bruce Springsteen; de Friends y Los Simpson; del New York Times (los papeles del Pentágono) y de Bob Woodward; de Carl Bernstein (el Washington Post: Watergate); del Jonathan Franzen, de Las correcciones, y del John Updike, de Corre, conejo.Cadáveres en el armario

Esto no quiere decir que Europa o los europeos ignorásemos los cadáveres en el armario de los Estados Unidos. El antiamericanismo no es ningún fenómeno nuevo atizado por las indignidades de Donald Trump. Para mencionar algunas de su segundo mandato, hay que recordar la humillación de Volodímir Zelenski en la Sala Oval, el afán por adquirir Groenlandia, el secuestro de Nicolás Maduro, la guerra contra Irán, la capacidad de despreciar a los líderes occidentales y elogiar a Vladímir Putin y Xi Jinping o la idea de hacer de Gaza un complejo turístico.

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Durante la segunda mitad del siglo XX, el mencionado antiamericanismo adoptó formas diversas, casi siempre vinculadas a la política exterior de Washington: las protestas contra la guerra de Vietnam, el despliegue de los euromisiles de Ronald Reagan durante los años ochenta del siglo XX o la invasión de Irak en 2003 movilizaron a millones de ciudadanos europeos que mostraron su desacuerdo.

Podíamos manifestarnos contra Reagan y Bush padre e hijo y, al mismo tiempo, queríamos estudiar en una universidad norteamericana, hacer la Ruta 66 y considerábamos Hollywood la gran fábrica de los sueños. Sin olvidar que, como ya dijo en 1951 el productor David O. Selznick, aquella maquinaria de ilusiones y propaganda ya la habían conquistado "un montón de contables", más interesados en la industria que en el arte.

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Tampoco ignorábamos las muchas derrotas morales del país. Desde la ejecución de Sacco y Vanzetti –el año que viene hará un siglo– hasta el maccarthismo; desde los golpes de Estado de la CIA en Irán o en América Latina, con Henry Kissinger convertido en símbolo de la realpolitik más descarnada, hasta la segregación racial y el terror del Ku Klux Klan. Más adelante, llegó la brutal paliza policial a Rodney King, en 1991, y casi tres décadas después, el asesinato de George Floyd (2020), que volvió a poner el racismo estructural en el centro del debate nacional. Hoy, las políticas migratorias de Trump y las redadas del ICE son su epígono: el veneno se esparce por todas partes.

¿Hasta qué punto aquel sueño en el que creían los padres fundadores, y que hemos tragado de una manera u otra, era real? Claire Ainslie, exasesora política del primer ministro británico, Keir Starmer, y actual directora del proyecto de renovación del centroderecha del Progressive Policy Institute, responde desde Washington con cautela: "Creo en el sueño americano más como un ideal inspirador que como una realidad literal". Su valor, añade, es "sobre todo moral", porque transmite la idea de que las personas y la sociedad pueden construir su propio futuro, una visión que Martin Luther King Jr. "identificaba con la libertad, la igualdad y la justicia para todos".

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"Daños estructurales importantes"

Otra pregunta pertinente es si los Estados Unidos del 2026 pueden sostener aquel ideal moral. También desde Washington, en una entrevista por correo electrónico, la investigadora alemana de la Institución Brookings Constanze Stelzenmüller, directora del Centro de los Estados Unidos y Europa, afirma que no hay un único motivo –"cultural, político o institucional"– para el cambio de percepción sobre los Estados Unidos que ha experimentado Europa y los europeos. Ya no es filosofía política, es geopolítica. Primero, aclara: "No creo que todos los Estados Unidos estén detrás de Donald Trump; muy al contrario". Y después, añade: "Lo que es nuevo en este período es que la derecha MAGA es un movimiento genuinamente revolucionario. Trump y sus partidarios quieren transformar no solo el orden internacional, sino también el orden constitucional de los Estados Unidos. Todavía no queda claro si lo conseguirán, pero sí que es evidente que ya se han producido daños estructurales importantes. Y en estos momentos no se puede decir si estos daños son reversibles".

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En todo caso, el cambio de percepción es medible. La encuesta internacional del Pew Research Center (2016-2018) constató que la confianza en el liderazgo de los Estados Unidos se desplomó en toda Europa durante la primera presidencia de Trump (2017-2021). Solo el 30% de los alemanes, el 25% de los franceses y el 14% de los españoles afirmaron confiar en su gestión, frente a más del 80% que expresaron su confianza en Barack Obama.

El desencanto se ha acentuado aún más en el segundo mandato del republicano, aunque no hay que olvidar que la política de Joe Biden en Gaza –no con Ucrania– no ha favorecido en absoluto la confianza en los demócratas. Los datos, en cualquier caso, confirman el deterioro causado por el Trump 2.0 sobre el que ha escrito Constanze Stelzenmüller. Según una encuesta reciente del Pew Research Center, publicada el 23 de junio, solo el 23% de la población en 36 países expresa confianza en el presidente en cuestiones globales. En muchos de estos países, este porcentaje ha caído respecto al año anterior. Las valoraciones generales de los Estados Unidos también han empeorado, con descensos de dos dígitos en Italia, Corea del Sur, Indonesia, Nigeria, Sudáfrica y Turquía.

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La percepción de los EE. UU. como socio fiable también se ha hundido. El caso más extremo es el de Canadá: del 83% en 2022 al 35% actual. Hay descensos importantes en aliados históricos de Asia-Pacífico. La imagen de los Estados Unidos como país que respeta las libertades individuales se ha derrumbado igualmente. En doce de los trece estados donde se tienen datos comparables desde 2021, y siempre de acuerdo con el Pew Research Center, ha habido bajadas de dos dígitos. Y en muchos otros países –Australia, Brasil, Italia, Países Bajos, Suecia, Corea del Sur, Sudáfrica– el porcentaje es el más bajo desde que se tienen registros.

Europa tiene un problema

Europa ya no ve a los Estados Unidos como el pilar institucional que había sido. Y esto ha tenido proyecciones prácticas. La autonomía estratégica europea ha dejado de ser una abstracción teórica para convertirse en una necesidad política. Una necesidad difícilmente alcanzable, en palabras de Stelzenmüller: "Sobre todo a causa de sus divisiones internas. Ahora bien, tanto los estados miembros como la misma Unión Europea están desarrollando capacidades que antes consideraban que podían dejar con toda tranquilidad en manos de los Estados Unidos."

El distanciamiento del amigo americano –a veces los ataques– no solo cuestiona su fiabilidad internacional, sino también el mismo ideal moral que el país proclama desde la declaración de independencia: aquella promesa que ha sostenido durante décadas el relato de su excepcionalismo, aunque solo fuera parte de un envoltorio con más sombras que luces.

Springsteen cantaba el desencanto de una generación que había creído en una promesa que el país no ha cumplido. Hoy, Europa experimenta una decepción similar. También es una ruptura emocional: el sueño americano, o la idea que teníamos los europeos del siglo XX, se ha convertido en la pesadilla trumpista.

Los críticos con tanta ingenuidad siempre podrán decir que aquella declaración de independencia es una pieza de hipocresía monumental, un texto que redactaron, en buena parte, propietarios de esclavos, mientras millones de personas continuaban sometidas a la servidumbre y los pueblos indígenas eran expulsados de sus territorios y exterminados en un proceso que muchos historiadores califican de genocidio. Desde este punto de vista, Donald Trump no ha hecho sino dejar al descubierto los peores monstruos de una contradicción original nacida en los Estados Unidos, "born in the U.S.A".