A la espera del imprevisible pato Donald

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Donald Trump en un mitin en Kansas este domingo.
02/11/2026 - 17:29 h

Nos encontramos a las puertas del fin de la era Trump, y este martes los estadounidenses decidirán cómo quieren que sea este final. Si las encuestas aciertan, Donald Trump se convertirá en un “súper pato cojo”, como aseguraba hace unos días Nate Silver, gurú de pronósticos electorales que popularizó los modelos de análisis de datos en la predicción de resultados, en una entrevista al diario New York Times. Es decir, en un presidente sin capital político ni apoyo legislativo para el resto de su mandato. Incluso el Partido Republicano, bajo su firme control, podría empezar a darle la espalda.

Pero no se puede decir trigo hasta que no está en el saco y bien atado. Que las encuestas se equivocan es una historia ya conocida. Trump y el movimiento MAGA han sido subestimados muchas veces. Algunas veces con acierto moderado, como en 2020; otras con sorprendente desacierto, como en 2016 y 2024. Si los republicanos evitan este martes una derrota electoral –que podría llevarles a perder en bastiones conservadores como Texas, Kansas o Iowa– y consiguen mantener el Senado, Trump será un pato cojo a medias. Seguramente mantendrá su poder entre sus filas y evitará que el Congreso le haga de contrapeso.

En su conversación con Ezra Klein, periodista progresista conocido por su estilo pausado y analítico, Silver se mostraba más confiado en el pronóstico de este año porque las encuestas de las elecciones de medio mandato suelen ser mucho más precisas y porque Trump no está en la papeleta. Sin él, el votante ocasional se queda en casa, una abstención que en los últimos años ha favorecido a los demócratas. Otras webs de análisis electoral como The Cook Political Report o Sabato’s Crystal Ball coinciden en esta misma lectura, aunque son más cautos con el Senado porque los márgenes son más ajustados.

El precedente de Bush

Ante este escenario, se han hecho muchas comparaciones entre esta elección y la de 2006. Aquel año, con un George W. Bush muy desgastado por la guerra de Irak y por escándalos de corrupción, los republicanos perdieron las dos cámaras en una severa derrota. El presidente tenía entonces una aprobación alrededor del 38%, una cifra muy parecida a la de Trump ahora, que también arrastra una guerra impopular, la de Irán, y una creciente preocupación de los votantes por la corrupción.

Si a todo esto se le suma el coste de la vida, empeorado por los precios de la gasolina y de la vivienda, se entiende que muchos analistas vean a los demócratas como favoritos y que se empiece a hablar de Trump como pato cojo. Con las dos cámaras en sus manos, los demócratas podrían bloquear las partidas presupuestarias del conflicto con Irán, paralizar nominaciones judiciales o iniciar investigaciones de corrupción sobre el gobierno de Trump.

Ahora bien, nadie se cree que Trump termine sus días en la Casa Blanca como un pato cojo. No solo mantendrá el poder de veto para frenar cualquier iniciativa de la oposición y evitar que le descarrilen la agenda, sino que podría desatar aún más su uso imperial de la presidencia, ya liberado de la presión de las urnas. Así, puede expandir su poder mediante decretos ejecutivos, declaraciones de emergencia y normativas administrativas, consciente de la lentitud de la justicia y de que, en muchas ocasiones, la mayoría conservadora del Tribunal Supremo le ha firmado un cheque en blanco. Nos encontramos, una vez más, en un territorio imprevisible: los patos cojos todavía conservan mucho poder, y un líder como él, narcisista y herido por un batacazo electoral, podría volverse implacable.

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