Platos rotos en la Casa Blanca
El rey Carlos III hizo gala del clásico humor británico durante su visita oficial a la Casa Blanca. Con una sutileza cargada de ironía, el monarca comentó la remodelación del ala este impulsada por Donald Trump y la comparó con el incendio del edificio que provocaron las tropas británicas en el año 1814 durante la guerra de 1812: “Nosotros, los británicos, ya hicimos nuestro propio pequeño intento de reurbanización inmobiliaria de la Casa Blanca en 1814”. El chiste arrancó una sonrisa de Trump, aunque al día siguiente algunos analistas y humoristas dudaron que el presidente hubiera captado realmente la referencia histórica.
Actualmente, las obras del nuevo edificio están en un limbo jurídico desde que un juez las paralizó por falta de un aval del Congreso. A pesar del parón inicial, el gobierno de Trump ha conseguido una reanudación temporal de los trabajos a través de un recurso, alegando que son indispensables para la seguridad del presidente y su familia. Cuando se derribó el ala este, también se desmanteló el búnker de emergencia histórico que había debajo.
Este tira y afloja seguirá el 5 de junio en los tribunales, cuando el tribunal de apelaciones tendrá que pronunciarse. Si la decisión no es favorable a los intereses de la Casa Blanca, tendrá que recurrir al Tribunal Supremo o al Congreso para evitar un parón definitivo de las obras. Ante esto, algunos legisladores republicanos ya han movido ficha por si la vía legal fracasa y buscan aprobar una autorización legislativa que también destinaría dinero público al proyecto. Esta maniobra rompe con la promesa de Trump de financiar con fondos privados su gran salón de baile, una "monstruosidad" según sus críticos por su tamaño desproporcionado.
A raíz del tiroteo en la cena de la Asociación de Corresponsales de hace una semana, los líderes republicanos repiten como loros en la cadena conservadora Fox News que la construcción del salón es ahora una “necesidad de seguridad nacional”. Con esta nueva narrativa, esperan conseguir apoyo para justificar este gasto ante unos contribuyentes que están ahogados por el aumento del precio de la gasolina y de los alimentos.
Esta situación recuerda el dicho estadounidense de “Si lo rompes, te lo quedas” (You break it, you own it). Con la destrucción del ala este, Trump tiró por la calle de en medio sin permisos ni fondos asegurados. Ahora, con la Casa Blanca “rota”, obliga a todos sus conciudadanos a pagarla. Vaya, lo que en castellano diríamos "pagar los platos rotos".
Y también disturbios en Teherán
El ala este no es el único plato que ha roto Trump. Lo mismo podría decirse de su política con Irán. En 2018 hizo añicos el acuerdo nuclear, que se había logrado tras dos años de negociaciones del gobierno de Barack Obama con la ayuda de las potencias mundiales, sin ninguna alternativa. Durante los años siguientes, el régimen de los ayatolás reanudó el enriquecimiento de uranio hasta alcanzar una pureza del 60%, un nivel que los sitúa cerca de la creación de un arma nuclear.
Ahora el presidente intenta imponerse por la fuerza con bombardeos y sin una clara estrategia de lo que quiere y cómo lo quiere hacer. Algunos de sus asesores y su aliado Israel creyeron que Irán se hundiría con el asesinato de su líder, pero la realidad geopolítica es terca. Las fuerzas iraníes cerraron el estrecho de Ormuz, la principal arteria del petróleo mundial, lo que ha provocado una escalada de los precios de la energía. Trump ha contraatacado con un bloqueo naval total para cortar tanto la salida de su petróleo como la entrada de suministros y alimentos. Así, espera que el país acabe claudicando por asfixia económica y social. Ambos bandos se encuentran ahora en un peligroso juego del gallina donde nadie se atreve a frenar primero y que pone en jaque la economía global.
La guerra de Irán devuelve a la escena política el dicho popular estadounidense de los platos rotos que Colin Powell utilizó para advertir al entonces presidente George W. Bush sobre la invasión de Irak en 2003 y para acuñar la ley de la tienda de porcelana, querecuerda que Estados Unidos debe asumir las consecuencias de las guerras que lanzan en terceros países. Del mismo modo que Trump será responsable de un solar en ruinas si no consigue reconstruir el ala este antes de que termine su mandato, también lo será del desenlace en Irán y en Oriente Próximo. Trump se ha convertido en el único propietario de una guerra para la que no ha pedido permiso al Congreso ni espera hacerlo.
Resulta irónico que, en pleno 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos, un rey británico le dé una lección sobre la necesidad de poner límites al poder absoluto, y que lo haya hecho precisamente ante el Congreso, la casa de su propio pueblo.