Los ataques a las refinerías y el futuro de la guerra distancian a Trump y Netanyahu
Washington descarta desplegar tropas en Irán mientras Tel-Aviv dice que es necesario para derribar el régimen de los ayatolás
WashingtonLa espiral de ataques cruzados contra enclaves energéticos críticos en el Golf ha hecho aflorar las divergencias entre Israel y Estados Unidos sobre la guerra de Irán. Lo que empezó con las versiones contradictorias entre Washington y Tel-Aviv sobre si la Casa Blanca tenía conocimiento del bombardeo en South Pars acabó con Donald Trump asegurando que su socio Benjamin Netanyahu "a veces hace cosas que no me gustan", aunque después matizó que se llevan "de maravilla". El presidente estadounidense hacía esta afirmación durante el encuentro con la primera ministra japonesa Sanae Takaichi, que también se ha marchado sin ningún compromiso de ayudar militarmente a EEUU para escoltar petroleros por el estrecho de Ormuz. La petición a los nipones llega tras el rechazo europeo al plan del magnate.
El miércoles por la noche, Trump negaba que Washington tuviera conocimiento alguno sobre el bombardeo israelí que ha provocado las represalias iraníes contra otras refinerías de los países árabes de la región. Después de que Tel-Aviv atacara la parte del yacimiento de gas de South Pars que Irán controla, los ayatolás contestaron con nuevas ofensivas contra las infraestructuras energéticas de Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí. Muchas de estas instalaciones son clave para el mercado global energético, como es el caso de la central de gas licuado de Ras Laffan (Qatar). Ras Laffan produce cerca de 20% del suministro mundial. Según ha confirmado el delegado de QatarEnergy, los iraníes han dejado fuera de servicio el 17 por ciento de la capacidad de exportación de gas natural licuado del país, y han puesto en peligro el suministro a Europa y Asia.
Los ataques de los ayatolás contra las instalaciones árabes eran previos a la publicación que realizó Trump el miércoles por la noche en que negaba que Washington o Doha supieran nada del plan para atacar a South Pars. En ese mismo post en Truth Social, el magnate advertía a Teherán de que harían saltar por los aires el yacimiento de South Pars completo si había más ataques contra Qatar. Como ya se ha visto en otros momentos de tensión en la región, Trump aceptaba que los iraníes se cobraran su "ojo por ojo", pero quiere detenerlo aquí. Es por ello que, pese a negar la coordinación con Netanyahu en el ataque, el republicano aseguraba que a partir de ahora "Israel no atacará más a South Pars, salvo que Irán ataque Qatar". La escalada ha impactadoen los precios de la energía, que se han disparado este jueves.
El choque de intereses entre Washington y Tel-Aviv se ha ido haciendo más notorio a medida que iban pasando las horas. Mientras el secretario de Defensa, Pete Hegseth, recalcaba que Washington no sabía nada del ataque, funcionarios israelíes decían a la agencia Reuters que la acción sí había sido coordinada con Estados Unidos. Netanyahu les contradecía después: "Diré dos cosas. Primero, Israel actuó solo contra el complejo de gas. Segundo, el presidente Trump nos pidió que suspendiéramos futuros ataques y lo estamos haciendo", ha afirmado. Las contradicciones son evidentes.
En la rueda de prensa del Pentágono del jueves, Hegseth no quería concretar cuándo acabará la guerra. Un pequeño giro en la narrativa de la administración, que cuando arrancó la campaña militar en Oriente Medio estimaba que duraría unas "cuatro o cinco semanas". EEUU está a punto de entrar en la cuarta semana de guerra y parece querer borrar ahora el horizonte que ellos mismos se impusieron. En el Despacho Oval, Trump también recalibraba otro mensaje que ha estado enviando hasta ahora: la opción de desplegar tropas terrestres. Por primera vez, el presidente parecía cerrar la puerta a una posibilidad que él mismo había puesto sobre la mesa al inicio de la operación. "No desplegaremos tropas en ninguna parte. Ahora bien, si lo fuéramos a hacer, no se lo diríamos. Pero no desplegaré tropas", decía el magnate, amparándose en la recurrente ambivalencia con la que ha estado hablando sobre el conflicto.
Poco después de que Trump empezara a cerrar la puerta a esta idea, Netanyahu la volvía a poner sobre la mesa. En un discurso grabado, el primer ministro israelí decía que es necesaria una operación terrestre para derribar al régimen iraní: "No se puede hacer una revolución sólo desde el aire, se necesita una operación terrestre, también". Bibi volvía a poner presión sobre su socio, al igual que hizo el pasado mes de febrero en su viaje de urgencia a Washington para acabar de convencerle de que había que atacar a Teherán. Ahora, Netanyahu no quiere que Trump se encoge ante la posibilidad de enviar tropas. La dinámica es como la de una pareja de baile en la que Tel-Aviv marca el paso –sabe cuáles son sus objetivos– mientras EEUU fluctúa entre dejarse llevar y lidiar para marcar su propio compás, que parece que no tienen claro. Entre las filas republicanas crecen las voces críticas que lamentan que Trump sigue siendo arrastrado por Tel-Aviv en esta guerra.
Confesión de Gabbard
Pero mientras Trump y Netanyahu intentan equilibrios para mantener en superficie una imagen de alineación total, la directora de Inteligencia Nacional de EEUU, Tulsi Gabbard, ha sido mucho más rotunda. En la segunda jornada compareciendo ante el Congreso, Gabbard reconocía que los objetivos de Washington y Tel-Aviv "son distintos". Según la directora de inteligencia, "el gobierno israelí se ha centrado en incapacitar el liderazgo iraní y eliminar a varios miembros", mientras que los objetivos estadounidenses "son destruir la capacidad de Irán de lanzar misiles balísticos". Repreguntada por los congresistas, Gabbard aseguraba que no tenía una respuesta sobre por qué Israel decidió atacar la infraestructura energética iraní pese a la demanda de Trump de que estas instalaciones no fueran atacadas.
Las fisuras entre Washington y Tel-Aviv aparecen en un momento en que la presión económica sobre Trump no hace más que escalar. El presidente sabe que si el impacto económico de la guerra se alarga, podría repercutir gravemente en las elecciones de medio mandato. De hecho, una de las razones por las que era conveniente atacar ahora a Irán era por la distancia que todavía hay con las urnas. La discrepancia de la Casa Blanca también se produce en un momento en que el resto de aliados de EEUU comienzan a encogerse ante el conflicto ya tomar distancia. De momento, ni los europeos ni las monarquías del Golfo, ni los asiáticos se han comprometido con el presidente a escoltar a los petroleros por Ormuz.