Trumpismo sin Trump?
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La derrota de Donald Trump del 2020 no enterró el trumpismo. Solo hizo que arraigara. Desalojado de la Casa Blanca por siete millones de votos de diferencia, pero por la mínima en un puñado de estados decisivos, Trump incitó a los suyos a la insurrección y, cuando el asalto de la multitud al Capitolio fracasó, se recluyó en su mansión de Mar-a-Lago para urdir su regreso extraordinario.
La violencia inédita de aquel 6 de enero de 2021 habría sepultado cualquier otra carrera política. Pero Trump no es ni ha sido nunca un político convencional. Aunque de entrada el partido le repudió, pronto le volvió a abrazar, consciente de que necesitaba el trumpismo para seguir ganando. Ante la fidelidad de las bases a su líder, los dirigentes republicanos dejaron que el movimiento engullera a la formación hasta convertirla en el partido de Trump.
Esta vez, sin embargo, el rechazo ha sido de otra magnitud. Los republicanos perdieron el voto popular por casi 14 puntos en las elecciones de medio mandato del martes pasado, un margen que supera el de las famosas revueltas conservadoras de 1994 y la del Tea Party de 2010, así como el revés del mismo Trump en 2018. El batacazo quedó cerca del tsunami político y moral de las elecciones de medio mandato de 1974, celebradas justo después del escándalo del Watergate y la dimisión de Richard Nixon, cuando los demócratas se impusieron por 16,8 puntos.
¿Estamos, pues, ante el fin del trumpismo? Si miramos los resultados abrumadores del martes, todo indica que sí o, al menos, que nos encontramos al principio de su final. Pero hay que ser prudentes, ya que hace solo dos años, cuando Trump ganó con claridad gracias al voto de los latinos y de los hombres jóvenes, muchos analistas se precipitaron a anunciar un realineamiento del electorado, es decir, un cambio profundo y duradero que redibujaría el mapa político durante generaciones, parecido al éxodo de los votantes blancos del sur hacia los republicanos a partir de los años sesenta, después de que los presidentes demócratas pusieran fin a la segregación racial.
Qué futuro tiene el movimiento MAGA?
A mi entender, el trumpismo se acaba con Trump. No se podrá presentar a las elecciones del 2028 y, hoy por hoy, nadie en el Partido Republicano tiene su estilo histriónico y de outsider, capaz de movilizar a millones de ciudadanos de la América rural y de las clases trabajadoras desencantadas, muchos de los cuales habían abandonado las urnas. ¿Qué pasará, pues, con los votantes del movimiento que se reunió bajo el lema MAGA y alrededor de un culto a su personalidad?
Trump no se irá como un pato cojo. El nombramiento de Stephen Miller como nuevo jefe de gabinete es una señal clara de que plantará batalla a la nueva mayoría demócrata en el Congreso y que intentará mantener su influencia en el partido. Pero si sigue más pendiente de su sala de baile en la Casa Blanca que del precio de la gasolina y de la cesta de la compra, sus bases empezarán a ignorarlo y a buscarse otro referente.
El bloque MAGA, además, ya no es homogéneo. Una parte de sus bases considera que Trump les ha traicionado: le reprochan la guerra con Irán, que contradice de lleno su política de América primero; el aumento de la deuda pública, y que no haya cumplido la promesa de hacer públicos todos los papeles de Epstein. Para estos sectores, la lección del martes no es volver al centro, sino radicalizarse, y miran hacia figuras como el comunicador Tucker Carlson; el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y el vicepresidente J.D. Vance. Los republicanos cansados de Trump, en cambio, preferirán perfiles más moderados como Ron DeSantis o Marco Rubio.
La derrota del 2020 hizo arraigar el trumpismo. Esta se lo llevará. Y, de rebote, el movimiento MAGA probablemente se romperá y abrirá una guerra por la sucesión entre las facciones más moderadas y las más radicales del Partido Republicano.